miércoles, 30 de abril de 2008

La inesperada (II)

Todas las posibilidades se retuercen en tan sólo un instante.
Que esta mujer quiere dinero. Que quiere que deje de escribir. Que quiere acostarse conmigo. Que quiere vengarse porque narré su historia injustamente. Aunque no recuerdo haberlo hecho. Una mujer así es imposible de olvidar. Que quiere destruirme. Que quiere amarme. Que quiere algo que seguramente yo no quiero.
Las posibilidades siguen desplegándose y desplegándose. Pero ella es, lo dije y lo repito, la inesperada.
–¿Chantajearme?- pregunto.
Ella asiente con la cabeza. –Chantajearte.- corea- Tengo impresos tus textos y pienso ir dándoselos pareja por pareja. Si a una no le gusta darse cuenta algunas cosas de su novio, ¿pensás que le gustaría que medio mundo sí lo haga?
Me rasco la nariz. –Bueh, medio mundo… Tanta gente no entra al blog.- comento, para desviar la atención y ganar tiempo.
La mujer no cae en la trampa. –Donato, yo quiero—
–No sé tu nombre.- interrumpo, ingenuo, creyendo que el hecho de conocernos y generar confianza demolería cualquier posibilidad de chantaje.
Ella sonríe. –Nadia.- se presenta- Ahora sí, Donato…- reitera- Lo que quiero es sencillo.
Las posibilidades siguen estrangulándose en mi cerebro.
–¿Sí?
–Sí.- responde- Quiero estar acá.
Quiere estar acá.
Suspiro. –¿Y eso vendría a ser…?
Su rostro adopta cierta timidez. –Quiero que escribas sobre mí.- me confía.
Asiento con la cabeza lentamente para terminar encogiéndome de hombros. –¿Y no te podías aparecer con un novio y sin chantaje de por medio?
–No entendés. Quiero ser tu musa.
–Mi musa.- repito.
Ella sonríe. –Quiero aparecerme en tus relatos. Que escribas sobre mí. Así como escribís sobre esa Cecilia. Que, dicho sea de paso, no me gusta ni un poco.
Golpeo a mi paladar con la lengua. –Mirá, no te puedo prometer nada pero seguro que si venís acá con tu novio…- insisto- Aunque sería como forzar la situación—
–No quiero eso.- retruca.
–Yo tampoco quiero forzar nada.
Nadia ríe. –No. No quiero venir acá con mi novio. Imaginátelo. Seguro podrás hacerlo. Y seguro lo vas a hacer. O todos acá se van a enterar de lo que hacés mientras pretendés limpiar el mostrador. Y yo creo que te van a linchar, Donato. Y que te van a despedir.- increpa, con una dulzura que contradice sus palabras. Levanta sus cejas y esos ojos grandes me devoran. –¿Qué pensás?
–¿Qué pienso…?- balbuceo mientras me rasco el mentón- Pienso que tenés serios problemas.
–¿Problemas?
Asiento con la cabeza. –De vanidad. Y de inseguridad. Pienso que tenés la fantasía de ser la minita de Titanic que posa desnuda ante un hombre que la pinta, que la venera. Querés subirte a un pedestal. Y a un pedestal inmaterial, aparte. Un pedestal cómodo, seguro, distanciado. Sin la posibilidad que te vean, que te toquen. Sin la posibilidad de sentirte vulnerable. Porque lo que querés sentir es ser objeto de deseo pero de un deseo imposible de concretar. Porque lo inconcretable permanece inalterable. Permanece eterno. Lo inconcretable no te descarta, no te rechaza. Tu mundo es meramente masturbatorio. Y ni siquiera sos original en esta estupidez. El mundo está saturado de voyeuristas inversos. Eso pienso.
Ella permanece en silencio. Me pide unas pastillas de frutillas pero no respondo con ningún movimiento. Tan sólo la miro. Da un paso hacia atrás, y luego otro. Y luego otro. Hasta salir del barcito.
Suspiro. –Creo que decir lo que se piensa realmente sirve.- musito.
Y entonces la veo, afuera, en la ventana. Saca una hoja y la pone contra el vidrio. De un tachito le tira encima algo que pareciera engrudo y la presiona fuerte. Las parejas que están adentro giran hacia ella, confundidas. Empiezan a leer. Salgo corriendo, desesperado.

domingo, 27 de abril de 2008

La inesperada

Mientras finjo limpiar el mostrador para escucharlos me imagino que ella debe estar asintiendo con la cabeza, quizás no muy convencida. –Está bien.- dice la mujer al fin.
El hombre debe estar refregándose las manos, como un niño en los minutos previos a Navidad. Aunque seguramente su sonrisa es mucho menos inocente.
La mujer, tal vez, se muerde una uña. –¿Y qué le digo?
Él se echa atrás en la silla. –Que estás estudiando, que querés saber cómo le va en el casamiento. No sé, sacale charla.
Me imagino que ella vuelve a asentir. –No sé porqué te calienta tanto que hable por teléfono con mi novio mientras lo hacemos.
El hombre, sin dudas, sonríe de nuevo. –¿Me vas a decir que a vos no te calienta?
–Unas pastillas de frutilla, por favor Donato.- contesta la mujer.
No, no es su voz.
Unas pastillas de frutilla.
Pero tampoco es la voz de ella. De mi amor perdido.
Por favor, Donato.
Sabe mi nombre.
Subo la mirada lentamente, desconfiado. Y, a la vez, queriendo que sea ella.
Pero no lo es.
Es la inesperada.
Una morocha con aire de interminable en la mirada, y en el escote. Una mujer que parece perfumada de noche y de océano. Una mujer que, eufemismos aparte, evoca en nuestro cuerpo el instinto criminal de saltar por encima del mostrador para hacerla nuestra. He generalizado para sentirme menos violador, sepan entender.
–No me acuerdo tu nombre.- balbuceo. Imbécil, como siempre imbécil.
Ella sonríe. –No tendrías porqué. Nunca te lo dije.
–¿Pero vos me conocés…? Me dijiste Donato.
La mujer asiente. –Conozco tu nombre, y tu blog.
Empalidezco. Hay algo en su sonrisa que me hace empalidecer. Algo poco inocente, como en la sonrisa de aquel hombre que se refregaba las manos.
Ella señala al papelito que está pegado en el mostrador. –Un carnaval ignorado no es un carnaval. ¿No?- dice, sonriente. Desde donde está parada no se puede leer. Tan sólo quiso demostrar que sabe de lo que habla.
Yo, apenas, asiento con la cabeza. Un enanito pesimista sobre mi hombro izquierdo me asegura que esta mujer trae intenciones macabras. Un enanito optimista sobre mi hombro derecho me alienta que me buscó, tal vez, por amor.
La mujer levanta sus cejas. –¿Me podés creer que fui de telo en telo buscando cuál tenía una YPF al lado? Supuse igual de qué zona eras...- me confía.
El enanito optimista sonríe, engreído.
–Todo un esfuerzo.- reconozco- ¿Y se puede saber por qué?
Ella se me acerca y me mira con esos ojos grandes. –Porque te quiero chantajear, Donato.
El enanito pesimista prende su diminuta pipa y echa, complaciente, una bocanada de humo al aire.

miércoles, 23 de abril de 2008

El pacto sexual

–¿Cuál es tu obsesión con eso?- dice ella, echándose atrás en la silla.
Él busca retenerla. Intenta agarrar sus manos pero la mujer se las quita. Entonces las palmas de él recorren la mesa, tal vez para no evidenciar el rechazo que sufrieron. Se detienen en el tarrito con sobres de azúcar. Agarra uno y lo estruja. –¿Y cuál es tu obsesión con lo otro?- increpa.
La mujer sonríe. Lleva una mano a su pecho. –¿Mi obsesión?
El hombre asiente. –Ajá, ajá.- murmura, para darle cuerda al reclamo que espera en su garganta. El sobrecito de azúcar pide como puede auxilio a sus compañeros en el tarrito, que lo miran con una aterrada inmovilidad. El hombre respira profundo. Intenta, tal vez, calmarse. –Porque vos también venís una y otra y otra vez con lo mismo.
El rostro de la mujer se remonta a las geografías demoníacas y asesinas de Johnny Deep en el final de Sweeney Todd. –Pero yo no propuse ese pacto sexual.- dice apenas.
El hombre deja el sobrecito de azúcar a un costado. Sus compañeros del tarrito, cuando creen que la pareja no los está mirando, van a socorrerlo. –¡Una ambulancia!- grita uno.
–¡Una ambulancia!- corea otro.
El sobrecito se percata de la escolta de granitos de azúcar que está dejando atrás. Sabe que no llegarán a tiempo para una transfusión. Sabe que nunca realizará su sueño de endulzar el café de una chica parecida a Amelie. Sabe que no le queda otra más que rendirse ante la noche.
–¿Querés saber algo?- increpa el hombre- Si propuse ese pacto sexual, como vos decís, es porque quiero hacerte feliz.
La mujer asiente. –Hacerme feliz con un pacto sexual así, con un intercambio.- dice. Sus dedos se mueven arrítmicamente. Contiene el impulso de estrangularlo. Los sobrecitos de azúcar, que ahora se echaron sobre la mesa cuando el hombre bajó la mirada, contemplan a esos dedos con un inmóvil terror. La mujer contiene el impulso acariciando su propio cuello. –Una entrega me hace feliz. No una entrega por intercambio. No que lo hagas sólo para poder satisfacer esa obsesión que tenés.
El hombre resopla. –¡Vos también tenés una obsesión, por favor!- se indigna- Que el dedo en la cola, que el dedo en la cola. Y no me gusta que me metas el dedo en la cola.
–Es por un prejuicio machista, que si te relajás—
–No es no.- interrumpe él- No me gusta.
Ella agarra finalmente un sobrecito. Lo recorre con su pulgar de un costado al otro, moviendo el azúcar que tiene adentro. El sobrecito, entre estrujón y estrujón, pide que le digan a Laurita que la ama. La mujer lo pone en la mitad de la palma de su mano y la cierra con toda sus fuerzas. Tal vez imagina que el sobrecito es el testículo de su pareja. –Y vos te pensás que me gusta.- dice, irónica, arrojando el inerte sobrecito a un costado- Pensás que disfruto tragándotela.
Él sonríe. –Es un prejuicio feminista, si te relajás—
–Es un asco.- se adelanta ella, ni un poco divertida por el retruque.
El hombre se encoje de hombros. –Por eso te decía del pacto. Vos hacés eso, yo me dejo lo otro.
La mujer niega con la cabeza. –No me gusta así, preacordado. No me gusta ni un poco.
Las uñas del hombre arañan a la mesa, marcando un ritmo alocado. El terror vuelve a desplegarse entre los sobrecitos. –¡Por favor!- grita uno.
–¡Por favor, escúchense el uno al otro! Reconozcan sus deseos, y sus límites. Y estén dipuestos a dar un pasito más por su pareja. Entréguense a ella. Pero sólo si así lo sienten. Experimenten. No se castren de experiencias. Y den el pasito juntos ya que nada debería ser forzado. ¡Escúchense! ¡Amense! ¡Basta de asesinarnos!- clama otro, de por cierto más elocuente.
Pero el hombre lo agarra y lo destroza sobre la mesa. Sus granitos de azúcar se desparraman por todas partes. La mujer y el hombre se miran en silencio. Sienten que un océano los separa en esa mesita. La dulzura yace asesinada ante ellos.

miércoles, 16 de abril de 2008

Por qué

Ella abre sus ojos. –Me encontraste.
–Te encontré.
–¿Me podés decir qué carajo estás haciendo acá?
La mujer guarda silencio, con sus ojos aún bien abiertos, como si mentalmente revisara todas las respuestas posibles y ninguna la convenciera, como un pez que, fuera del agua, se ahoga.
El hombre mira al otro hombre y la mira a ella. Resopla. –¿No te sale la palabra?- insiste- Cagándome. Eso estás haciendo. Cagándome.
El otro tose. –Pará, tranquilicémonos un poco.- pide.
–Esto no es con vos, flaco.- retruca el hombre para girar hacia ella- ¿Me podés decir por qué?
La mujer se incorpora en la silla y, como si temiera desatar una tempestad con apenas un puñado de palabras, lo pregunta de todas maneras. –¿Cómo por qué?
–¿Por qué? Porque estamos casados. Porque tenemos un hijo. Porque querés sentirte mujer y no madre y esposa. Porque te aburrís. Porque no la pasás bien conmigo. Porque no te digo las mismas cosas que él. Porque no te hago las mismas cosas que él. No sé. ¿Por qué?
Ella respira profundo. Baja la mirada.
El hombre se rasca el mentón. Quizás en esa acción reprime el impulso de agarrar la mesa y arrojarla por la ventana. Mejor, probablemente perdí al amor de mi vida por lo que no tengo ganas de barrer vidrios rotos.
Él resopla. –¿Venías y me dabas un beso después de no sé qué asquerosidad habrás hecho con él? ¿Y a Facundo también?
–No lo metas en el medio.- pide ella.
–¡Está en el medio!- grita él- ¿Por qué? Decíme por qué.
Ella lo mira. –El cuerpo no tiene porqués. Tiene cómos.
–¿Sí? ¿Sí? A ver cómo se te termina entonces.
En tan sólo un instante, mientras lleva su brazo adentro del saco, me digo que tendré que barrer algo más que vidrios rotos.

lunes, 14 de abril de 2008

En él, ella

Mis ojos vuelven a ella. Mi mirada se arrastra, una y otra vez, hacia esa mujer de sonrisa desgarradoramente dulce. Y, cada vez que lo hace, la noche se despereza entre mis costillas. Ella es como la luna que, al despuntar en el cielo, no sólo ilumina sino que erotiza a la oscuridad. Supongo que lo que siento en el pecho es la angustia de no besarla.
Aunque duele, y tiene el sabor a cuando uno tiene algo en la punta de la lengua. Esa sensación a represa constantemente en el instante previo a estallar.
Se para y viene caminando hacia el mostrador. Mi mundo se vuelve más y más angosto con cada paso que da hacia mí. Ella sonríe y es entonces cuando comprendo lo que es el dolor. Se acomoda un mechón de pelo detrás de la oreja y me pide unas pastillitas de frutilla. Se las doy y me pregunta cuánto están. Finjo buscar en una carpeta tan sólo para demorarme en su perfume. Le balbuceo, al fin, el precio y por dentro me estrangulo, gritándome que a una mujer tan cautivadora no se le dice algo tan anémico como unos simples números. No. Se le asegura que desnudaría al cielo de estrellas para hacerle un collar, que hurgaría en lo más profundo de los océanos para encontrar la más perfecta perla, que haría invariablemente la cucharita con ella haga frío o no.
Y es entonces cuando lo veo. Escrito en un papelito, en mi propia letra. Un carnaval ignorado no es carnaval. Respiro profundo y, cerrando los ojos, dejo que las palabras surjan. Dejo estallar la represa. Sin censura. Sin estrategia. Sin nada. –Podría amarte.- susurro, nervioso.
Ella sonríe. –¿Podrías amarme?- repite, divertida. Mira hacia atrás, hacia su pareja que bosteza aburrido en la mesa del barcito, para girar hacia mí. Me señala las pastillitas de frutilla y sonríe con una sonrisa que podría desterrar la noche más oscura. –¿Te acordás el bar que te dije la otra vez?- desliza, como si fuera un secreto.
Frunzo el ceño, confundido. –No. ¿Otra vez? ¿Cuál…?
–No te hagas.- dice- Te espero mañana ahí. Voy con una amiga, por si le querés decir a alguien.
Después de la represa colapsada otra represa aún más grande me circunscribe. Me siento estallar. –¿Qué bar?- insisto.
–Donato, si una no siente que persiste en el cuerpo, en la mente y en la piel del otro no vale la pena sentir.- postula, para girar hacia su pareja. Mientras camina hacia él agita en el aire las pastillas de frutilla.
Quiero gritar. Y desgarrarme en el grito. Pero respiro profundo y me digo que no va a haber noche a la cual treparse para robar estrellas. Ni océanos que hurgar. Habrá ciudad y, en ella, un bar y, en él, ella.

viernes, 4 de abril de 2008

La puerta del bar que se abre

No he muerto. Tan sólo he ido al Infierno.
En el trabajo dije que me encontraba enfermo ya que dudo me dieran unos días por esta excusa metafísica. Luego de cortar el teléfono con semejante mentira, descendí por las escaleras de la línea E del subte que conducen al Abismo.
Una vez ahí, busqué al Diablo. Él me recibió, cordial, en su oficia. Me senté. Me sonrió. –¿Qué puedo ofrecerte, Donato?
Mi vocecita temió salir. –Hay una mujer.
Sus labios se replegaron. –Siempre la hay.- dijo, apacible. Prendió su pipa y me señaló con ella. –La de pastillitas de frutilla.
–Cecilia.- individualicé.
Él asintió con la cabeza. –Cecilia.
Respiré profundo y me animé a ser cursi ante el Diablo. –Esa mujer carnavalea por todo mi cuerpo, aunque lo ignora.
Abrió la boca sin pronunciar palabra alguna. Tan sólo un ballet gris emergió de la misma, danzando lánguidamente antes de entregarse al olvido. Sonrió. –El mundo está poblado de carnavales ignorados.
–Mi deseo no es original pero es auténtico.
Él aceptó asintiendo con la cabeza. –Y ella, Cecilia, si no me equivoco, hace bastante que no se aparece por el barcito de la estación de servicio.
–Exacto. Me desangro en su ausencia.- confesé, ferviente en mi empresa de ser cursi ante la oscuridad.
El Diablo le dio una pitada a su pipa y me recorrió haraganamente con la mirada. –Donato, tenés en claro que soy Lucifer, la voz de Dios. No puedo poner palabras mías en bocas ajenas. Aunque todos hacen eso conmigo.
Me rasqué la ceja, confundido. –¿Cómo?
Resopló, algo malhumorado. –¿Descendiste hasta acá para contarme que Cecilia no frecuenta el bar o para hacerme un trato?
–Un trato, un trato.- apuré, avergonzado por mi confusión.
Él asintió con la cabeza. –A eso me refería. ¿Por qué no me contás qué querés?
Entrelacé mis dedos. –Bueno… Es que me desangro en su ausencia y, como dije, mi deseo no es original pero es auténtico.- balbuceé, disculpándome de antemano.
–Querés el amor de ella a cambio de tu alma.- se adelantó.
Negué con la cabeza. –No, no. Sería muy facilista y egoísta de mi parte.- retruqué- Quiero que vuelva, al menos, una vez más al bar.
Él le dio una pitada a su pipa y, nuevamente, un ballet gris danzó entre nuestras miradas. –¿Y a cambio qué ofrecés?
–Lo más preciado que tengo: el recuerdo de ella.
El Diablo se echó atrás en su sillón. –Mucha gente escribe poesía. Pocos la entienden. Menos la viven.- observó, con un tono casi paternal.
–¿Es un trato justo?
Sonrió. –Es un trato hermoso.
Estrechamos nuestras manos. Firmé unos papeles. Y subí por las escaleritas de la línea E del subte que conducen a la ciudad.
Ya lo puedo sentir. De a poco me abandona el carnaval. De a poco dejaré de desangrarme en su ausencia. Di todo para verla otra vez. Aunque sea como la vez primera.
Mientras su recuerdo me huye, busco en el mostrador del barcito y agarro un papel y una lapicera. Un carnaval ignorado no es carnaval, escribo. Miro el papel. Un carnaval ignorado no es carnaval, está escrito. Lo debo haber garabateado antes de faltar estos últimos días. Me digo que me gusta la frase. La pego en un costado y giro hacia la puerta del bar que se abre.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Qué lástima

Él la mira y la mira y la mira para, luego, mirar a su novia.
–No me estás escuchando.- advierte ella, apretando el sobrecito de azúcar.
Él le saca el sobrecito y le besa la mano. –Sí que te escucho.- le aclara- Me decías que no te gusta pintarte.
La mujer se rasca la nariz, tal vez dudando si creer en su novio o si insistir con que no la escucha, con que él apenas repite lo último que ella dijo, o tal vez se rasca porque le pica la nariz. –Sí, no me gusta pintarme.- concede.
–Es que me gustaría que—
–¿Qué?- interrumpe ella- ¿Que sea una modelito toda pintadita y arregladita? No soy así. No me siento así.
Él le besa la mano mientras escoge las palabras apropiadas. Entre beso y beso mira a la mujer del fondo. La devora con los ojos y envidia al hombre que está con ella para, luego, volver su atención a su novia. –Es que me gustaría que fueras, no sé, un poco más femenina.- confiesa a media voz, para quedarse besando al aire y darse cuenta que las palabras no fueron las apropiadas.
–¿Más femenina?- se indigna la mujer, retirando su mano- ¿Soy más femenina si estoy con las uñas y la cara pintada, si estoy depilada? ¿Soy más femenina o más artificial? ¿O es lo mismo en tu mente retorcida?
El hombre se encoje de hombros. –Es que… no sé…- balbucea, con la cabeza gacha y jugando con los botones de su camisa como un niño que fue retado- Me preguntaste qué me gustaba y ahora me atacás. Vos querés el pan y la torta a la vez.- acusa.
–¿Pensás escaparte de la artificial feminidad de la mujer al decirme que soy histérica?- retruca ella.
Él niega con la cabeza, mira a la mujer del fondo y al reloj que advierte que falta media hora para las cuatro y suspira. –No. Dejá.
Ella suspira también. Frunce los labios. –¿Como quién?
Su novio entrecierra los ojos. –¿Cómo?
–Claro. ¿Como quién te gustaría que fuera? ¿Quién de acá?
Él niega con la cabeza. –No sé.
–Dale, decime. ¿Como quién?
El hombre sigue negando con la cabeza. Se echa hacia atrás en la silla. –No sé. No me gusta esto.
–¿Por?
Él agarra el sobrecito de azúcar, mira a la mujer del fondo y vuelve a negar con la cabeza. –Me incomoda. No sé. No me gusta que te andes comparando con otras. Lo sabés.
Ella se sonríe. –Todas las mujeres nos comparamos con otra. Dale, ¿como quién te gustaría?
–¿Por? ¿Te pintarías así?- se interesa el hombre.
–No siempre. No va conmigo. Lo sabés. Creo que es artificial y, para serte sincera, algo enfermo, hasta pedófilo—
–Bueno, bueno. Aflojá.- interrumpe él.
–Pero alguna vez lo haría por vos.
–¿En serio?
–¿Quién no goza con el goce del otro?
Él mueve la cabeza de un lado para el otro, tal vez tomando coraje. Se acerca a su novia y cierra el puño, desplegando lentamente su dedo índice. –Como ella.- señala al fin.
–¿Ella?- pregunta su novia, girando para ver- ¿Te gusta ella?
Él acepta bajando lentamente los párpados. –Es femenina. Es delicada.
Ella asiente con la cabeza. Sonríe. –Está maquillada. Está arreglada. Tiene las uñas pintadas. Ay, qué lástima.
–¿Qué lástima? ¿Por? ¿Qué pasa?
–Una lástima. Un detalle nomás. Tan cuidadita que parecía.
–Vos siempre buscando lo que no hay, ¿eh?- se indigna él- ¿A ver? ¿Qué no te gusta de ella?
Ella sonríe. –Las manos.
–¿Las manos?
–¿Le ves las manos?
Él entrecierra los ojos. –No puede ser.
–Sí. Es un travesti.

lunes, 10 de marzo de 2008

Burlándose de fantasmas

A veces las metáforas caminan. Y a veces vienen a parar a este barcito.
Él entrelaza sus dedos largos, pálidos y delgados con los de ella, gordos y cortos. Le besa la mano, esa mano hinchada, y le convida una sonrisa desde su rostro breve y huesudo.
Sin dudas, al menos físicamente, se complementan. Él, escuálido. Ella, obesa.
El barcito se puebla de ellos dos. Burlas, miradas curiosas y discriminantes recorren a cada una de las parejas que esperan a las cuatro de la mañana.
–Lo aplasta. Si ella se sube arriba de él, lo aplasta.- bromea una mujer de pelo morocho y enrulado.
–Lo quiebra.- varía un pelado.
–Deben tener problemas glandulares.- teoriza una petisa, a media voz.
–¿Qué habrá visto en esa lechona?- dice el pelado.
–¿Qué habrá visto en ese espantapájaros?- dice la de rulos.
Y así es nomás: la constante de la humanidad es la inconstancia de humanidad.
–Que le pase un par de kilos al flaco.- propone una mujer de treinta años vestida como si tuviera veinte.
–Quizá el tipo la embarazó y ella después engordó y engordó y quedó así… Esas cosas pasan.- amplió la petisa, a media voz.
–El flaquito ese no es ningún gil.- opina un hombre a su pareja- Con lo caro que está la carne se va a hacer una fortuna con esa gorda.- rió, para mirar a la mujer que lo acompaña y diluir su risa en una sonrisa y a esta, de a poco, en la mueca de aquel que se percata de haber quedado mal parado aunque no comprende del todo porqué- Es… grandota.- agrega, con la voz ahogada, replegada y expectante, anticipando la reacción de su pareja. La mujer, en cambio, toma un sorbo de café.
–¿Cómo se puede calentar con esa gorda?- se indigna el pelado.
–¿Qué habrá visto en ese espantapájaros?- reitera la de rulos.
–Quizá son amigos y nada más y vinieron acá porque es más barato que ir a un café o un bar.- desexualiza la petisa, a media voz- No, no. Le besó la mano.- se corrige mientras su pareja bosteza mirando por la ventana.
–Cinco veces. Esa mujer debe ser cinco veces lo que ese pibe.- calcula el pelado.
–¿Qué habrá visto en ese espantapájaros?- insiste la de rulos.
El espantapájaros, en cambio, se levanta y le tiende su mano delgada a su pareja. Ella entrelaza sus dedos redondos con los de él y se van del bar.
–¿Me habrán escuchado?- se pregunta la petisa, casi en un susurro.
El flaquito y la gorda se fueron pero, así y todo, perduran en el barcito. Como fantasmas. Sus presencias siguen recorriendo a cada conversación.
–¿Hubo un terremoto recién o fue la gorda caminando nomás?- bromea un hombre y su pareja toma un sorbo de café.
–Ese pibe no era ningún gil.- dice el pelado.
–¿Por qué?- se interesa su novia.
Él sonríe. –Las gordas, en la cama, compensan su gordura.
La mujer lo mira sin entender.
–Yo creo que se conocieron en un centro de ayuda o contención para personas con problemas glandulares.- sostiene la petisa, volviendo a su primera hipótesis y cruzándose de brazos, satisfecha.
–Aunque esos dos teniendo sexo deben ser más ridículos que un elefante y una iguana cojiendo.- bromea el pelado.
–¿Qué habrá visto en ese espantapájaros?- reitera la de rulos.
Frunzo los labios. No sé qué le habrá visto, me digo. Por lo pronto, ellos fueron los únicos dos que se dieron cuenta que son las cuatro de la mañana. Y se fueron nomás, a entregarse, a complementarse, mientras el resto se queda burlándose de fantasmas.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Los viejitos

El hombre debe tener sesenta y tantos años pero ni bosteza ante la proximidad de las cuatro de la mañana. En cambio, revuelve el café, toma un sorbito y mira hacia fuera. –Flor de tormenta se viene, ¿no?
–Flor de tormenta.- repite la vieja, hojeando un diario- Estaba pensando…- continúa, dejando el diario al costado- ¿Qué querés comer? ¿Querés que te prepare fideos o pastel de carne?
–Pastel de carne.- elije el viejo tras otro sorbito de café. La mujer retoma el diario y se lo pone a hojear. El viejo deja la tacita. –¿Qué pasa?
La vieja sigue hojeando. –Nada, nada…
–Te conozco.- insiste el viejo.
–Es que yo quería fideos.
El viejo resopla. –¿Y entonces para qué preguntás?
La viejita da vuelta la página. –Por cortesía.
Las parejas que esperan a que sean las cuatro de la mañana para ir a pernoctar los observan confundidos. –Estos están seniles.- arriesga uno.
–Callate.- censura su novia.
–¿Pero no viste que le preguntó qué quería para comer? Deben pensar que son las tres y media de la tarde y no de la madrugada.
La mujer se encoje de hombros. –Quizá salieron a dar una vuelta.
El hombre niega con la cabeza. –No hay teatro ni cine ni nada por acá más que el telo. Están seniles te digo.
Ella los mira como con miedo. –¿Y qué hacemos?
–Nada.
–¿Cómo que nada?- se indigna ella- Mirá si tienen que tomar una pastilla o no saben cómo volver a su casa.
Su novio frunce los labios. –¿Pero qué querés hacer?
–¿Qué se yo…? Que nos digan el nombre de algún hijo que los venga a buscar o algo.
Él se echa atrás en la silla. –Dejalos tranquilos.
–¿Qué los deje tranquilos o que los ignore? ¿Vos me vas a ignorar cuando yo llegue a esa edad?
El hombre traga saliva, arrinconado e incómodo. Para desviar la atención de su persona, y librarse de responder, gira hacia los viejitos. Su novia hace lo mismo.
–Flor de tormenta se viene.- dice el viejito.
La viejita levanta su mirada por encima del diario. –Está bien. Puedo hacer pastel de papas y fideos si querés.
–Quizá no están seniles.- dice el hombre.
–Lo están.- contradice su novia.
–No hablan como—
–Lo están.- interrumpe ella- No trates de desligarte de esto.- critica, parándose- Yo voy.- anuncia.
–Esperá, esperá, ¿qué vas a hacer?- la intercepta el novio.
–Le voy a preguntar si tienen un hijo que los pueda venir a buscar.- aclara, para dirigirse hacia ellos- Disculpen…- empieza, dubitativa.
–¿Sí?- le ayuda la viejita, sonriente.
–Con mi novio nos preguntábamos si los conocíamos de algún lado.- miente- ¿Puede ser que conozcamos a su hijo?
El viejito infla el pecho. –Puede ser. Salió una nota en La Nación sobre él. Es un científico muy respetado.
–Respetadísimo.- dice la viejita- Le dieron un premio hace poco.- agrega, orgullosa.
–También hicieron hace poco una nota sobre él en el New York Times.- suma el viejito, en un inglés deplorable.
–Respetadíismo.- insiste la viejita.
La mujer se rasca el antebrazo, incómoda. –¿Saben dónde está?- empieza.
El viejito asiente lentamente. –Sí. En nuestra casa.
–Se vino a vivir con nosotros hace un tiempo. Aparentemente ser respetadísimo no alcanza para vivir.
El viejito sonríe picaronamente. –Así que nos vinimos acá a esperar hasta las cuatro para pernoctar y tener un poco de privacidad.- explica y se arrima, como quien va a soltar un secreto- A ella le gusta gritar.
–¡Alberto!- se indigna la viejita.
–¿Ves?- se ríe el viejito.
–Perdón, perdón. Me habré confundido.- dice la mujer, para volver avergonzada a la mesa.
El novio sonríe. –Tenías razón. Tenían que tomar una pastilla: el Viagra.
–Bueno, sí, sí...- acepta la mujer, aún ruborizada- Tenías razón.- concede- No estaban seniles.
–No. Es la realidad la que está senil.

lunes, 3 de marzo de 2008

Equitativos

Son las tres de la mañana y en esta última hora de agonía, una pareja ahorca con sus miradas al reloj.
–Basta.- dice ella- Paguemos un turno más y después el pernocte.
Él se pasa la mano por la cara. –No es barato.- observa.
–No es el telo más caro…- acusa ella.
Él contiene un grito. Gira hacia el reloj, suplicándole en silencio que haga lo inverso que tantos viejos le ruegan. –Es caro.- musita, con su mirada distraída en los hielos que juegan a ser icebergs en el oceanito negro y burbujeante de su vaso de plástico.
–No sé.- insiste ella, esta vez más módica al percatarse de las mandíbulas apretadas de su pareja.
Su respuesta fue mínima. Pero mínima puede ser la grieta que demuela a un dique. –La puta madre, vos trabajás también.- larga el hombre, con esa voz ahogada de quien retuvo algo por demasiado tiempo.
–Sí, ¿y qué—
–Y que vos también tendrías que pagar.- se adelanta él- Los dos vivimos con nuestros viejos. Los dos laburamos. Los dos deberíamos pagar el telo. ¿Porqué yo? ¿Por qué siempre tengo que ser yo el que lo paga? ¿Vos no disfrutás? Porque ni una vez, ni una vez te digo, amagaste a pagar. Y la verdad que no entiendo.- continúa, rápido, acribillando al aire para no permitir una respuesta- La verdad que no entiendo cómo me dejás a mi solo pagando siempre. ¿No te das cuenta que es un vagón de plata coger dos veces por semana en un telo? No, no te das cuenta. ¿Por qué nunca pagás? Si no es que sos una prostituta. Somos los dos. ¿O pensás que es de caballero pagar? Es estúpido eso. Es como si te desligaras de todo esto. Y esto es algo de los dos. De los dos.
La mujer lleva su mano al pecho. El hombre vuelve su mirada a los hielitos que siguen jugando a ser icebergs. –Perdón… lo debía tener desde hace tiempo dando vueltas.- dice él, mientras devora a uno en la mitad de su juego y lo tritura entre los dientes. El hielo grita pidiéndole ayuda a sus compañeritos que, ahora, se mecen en un inquietante silencio en la Coca Cola.
La mujer frunce los labios. –Es cierto…- acepta- Esto es algo de los dos.
–Es lo que te decía.- asiente el hombre- Habría que ser equitativos en los gastos.
Ella sonríe maliciosamente. –Y en los orgasmos.
Él se sume en el mismo silencio inquietante de los hielitos.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Iré a un lugar donde el cielo no esté arañado por cables y por bocinas. Donde el viento no esté poblado por pasitos de oficinistas, y por las motos de los deliverys perdiéndose en la noche.
Iré a un lugar donde la tierra sea acariciada por ríos y arroyos y no por subtes y colectivos. Donde las estrellas no sean castradas por la oscuridad de la ciudad.
Iré a este lugar y volveré. Nos leemos en 15 días y monedas.

lunes, 11 de febrero de 2008

Atrapado en un espiral de ecos

Redefinir el mar implica, sin dudas, redefinirse. Siempre dije que acá se despliegan las crónicas de aquellos desdichados que esperan hasta las cuatro de la mañana para irse a pernoctar al albergue transitorio vecino. Pero son casi las cinco menos diez y ella entra al barcito de la YPF. Ella, mi amor imposible. Cecilia. Y entra sola.
De repente, mi corazón es demasiado grande para las modestas dimensiones de mi pecho y, con cada latido, me empuja las costillas para afuera. Con cada paso que ella da hacia el mostrador, sola, por primera vez sola, aparece un amigo dándome ánimos.
–¡Vamos, viejo!- alienta el primero.
–Está bárbara, tenías razón. ¡Vamos Donato, viejo y peludo! ¡Vamos que vos podés!- apoya el segundo.
–Suerte.- anima el tercero. El tercero es Facundo, un pibe de pocas palabras pero buen pibe.
–¡Póngale huevo mi querido Donato, porque si no la agarrás yo te mato!- tararea el cuarto.
El quinto se le suma y levanta la mano mientras canta. –Olé olé, olé olá, Donato hoy va a ganar. Olé, olé, olé olá, Donato hoy—
Pero mi corazón da otro burdo latido y le pego sin querer un costillazo. Cae desmayado al suelo. Y ella no deja de venir hacia mí mientras el mundo de la música se conmociona al enterarse que los míticos Simon & Garfunkel se reconcilian en un barcito de una YPF en la Argentina a las cinco de la mañana de un domingo, nada menos que con la hermosa canción Cecilia. En medio de este desconcierto, ella me dice algo pero no logro escucharla. Después de todo, el barcito está lleno de amigos míos cantando canciones de cancha, de científicos perplejos por mi corazón gigantesco, por paramédicos atendiendo a mi amigo desmayado, por Simon & Garfunkel que ahora pasaron a tocar Mrs. Robinson entre los flashes de los fotógrafos y las preguntas ansiosas de los periodistas que no tienen el decoro de esperar a que termine el recital y algún que otro gritito histérico de unas señoras de cincuenta y tantos años y, finalmente, los de Guiness que quieren medir mi corazón para incuirlo en su lista de récords.
–Pastillas de frutilla.- repite ella, con esa voz tan dulce que podría derrumbar a una ciudad entera.
Sonrío. –¿Te gustan?
Ella me mira. Yo quiero tomar veneno, quitarle el seguro a quince granadas y ponerlas en mis bolsillos para acostarme debajo de una guillotina. Cecilia, en cambio, frunce la nariz. –Sí, me gustan. Ese el fin de comprar algo, ¿no?
–Es que no puedo… Es que siempre comprás…- balbuceo- Pero nunca...
–¿Nunca qué?- ayuda ella, y creo amarla por eso.
–Nunca viniste sola.- completo.
Cecilia sonríe y señala a un coche en la estación de servicio. –Hoy salí con las chicas.
Individualizo el coche y asiento con la cabeza. –Ah, bien, muy bien. ¿Por dónde?- pregunto. Ella me dice el nombre del bar y la mitad de mi cerebro me sugiere contarle que no sé dónde queda y la otra mitad me recomienda decirle que sé cuál es, porque para una mujer como ella un hombre sin experiencia, sin noche, no es hombre. Como siempre me pasa cuando estoy nervioso, escucho al lado más imbécil. –Ah, lo conozco. Está bueno.- miento.
–Ah, ¿sí?
–Sí. ¿Y la pasaron lindo?- desvío.
–Sí, pero había que cargar gas y, bueno, pastillitas de frutilla.
–Pastillitas de frutilla.- repito, sonriente, con todo mi instinto, desde adentro, pateándome la boca para adelante, para besarla.
Ella gira hacia la estación de servicio. –Creo que ya terminaron.
–Ya terminaron, sí…- confirmo. Por dentro me estrangulo gritándome que soy un imbécil, que como no sé qué decir me limito a ser el eco de sus palabras.
Cecilia guarda las pastillas en su cartera. –Bueno, nos vemos.
–Nos vemos.- digo, atrapado en un espiral de ecos.
–Nos vemos, Donato.- agrega, hermosa.
–Cecilia…- me apuro a despedir.
Y se va, llevando por los hombros a mi alma. Paso el trapito por el mostrador cuando la certeza me llega tarde, traicionera y dolida. El bar al cual había ido ella queda a treinta cuadras. Hay seis estaciones de servicio entre ahí y acá. Simon & Garfunkel tocan ahora The sound of silence. Apropiado.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Redefino al mar.

Mi padre decía que a nadie le gusta el mar. Lo que nos atrae, sostenía él, es el sonido de las olas rompiendo, la arena escurriéndose entre los dedos, el olor, ese olor mordaz y calmo, los vaivenes de las tonalidades, el sol, a veces pícaro y a veces jazzero, y las gaviotas, aquella pareja abrazada sin decirse una palabra, y el niño haciendo un castillo, el sentimiento de que una ola estalle un metro arriba de uno, que nos arrastre, y la espuma abandonada en la costa como si fuera los restos frágiles de un ser inacabable.
Mi padre decía que no podemos lidiar con lo inmenso. Nos involucramos, de esta manera, a través de las particularidades de lo que nos resulta descomunal. Fragmentamos para poder tolerarlo, para poder aprehenderlo. A nadie le gusta el mar, insistía él; nos gustan estas pequeñeces que paren en nuestro pecho al mar.
Uno fragmenta para entender, para delimitar. No por nada las cosas tienen nombres y no andamos señalando acá y allá. Si llamo a la roca como roca tengo cierto dominio sobre ella. Es parte de mi lenguaje y deja de ser algo ajeno a mí. Uno fragmenta para entender y para dominar, dos términos que pueden ser tanto sinónimos como antónimos.
Y eso es lo que me paso haciendo acá, atrás del mostrador. Fragmentando a la miseria, al deseo y la angustia humana mientras las parejitas esperan a las cuatro de la mañana. Los veo y fragmento, como acto reflejo. Gays, lesbianas, heterosexuales, aburridos, de trampa, insípidos, un viejo con una pendeja, un trío, sadomasoquistas, hippies, oficinistas. Lo que sea. Los veo, prejuzgo por dos o tres elementos, y los ato a estas denominaciones. Es el acto reflejo surgido por estar toda la vida llamando roca a la roca.
Pero mi padre también decía que, de vez en cuando, un fragmento –ya sean las gaviotas o la espuma abandonada en la costa– puede contener al mar entero dentro de sí mismo. Y al contemplar a este fragmento uno redefine al mar.
Hoy redefino al mar.
Esperan en la mesa del fondo una mujer y un hombre sin brazos. A mi mente no le queda otra para lidiar con la inmensidad de esta imagen más que ponerse a fragmentar.
Lo primero que me surge hacer es preguntarme quiénes son. Me digo que ella es una prostituta. Después se me ocurre que eran novios desde hacía bastante y él sufrió un accidente en el cual perdió los brazos. Pero creo que estas posibilidades son nefastas. Son las primeras que se me ocurrieron. Son sentido común. Pero el sentido común es una construcción y mi arquitecto debe ser un desalmado. Debe serlo. Ambas posibilidades postulan que el hombre sin brazos no puede ser amado, ya que até a la mujer primero a la prostitución y, luego, al pasado de ese hombre.
Me pregunto, entonces, no quiénes son sino qué pasará por sus cabezas cuando son. Qué pensarán cuando ella lo abraza y él cierra los ojos. Cuando él se encorva y gira y se repliega para explorar el cuerpo de ella con su boca.
Pero algo en mí me advierte que sigo llamando roca a la roca. Que me detengo en la particularidad. Y que este hombre fragmentado no puede ser fragmentado. Que en el abrazo de ellos dos pueden existir todos los abrazos juntos. De la misma manera que no. De la misma manera que puede ser un tipo y una mina más. Así como el océano puede invocar un sentimiento de hogar, de poesía y de noche, o puede ser mucho agua junta nomás. A veces, creo, la roca se ve limitada porque la llamamos roca y a veces la roca es porque la llamamos roca.

lunes, 4 de febrero de 2008

Todo comunica.

Todo comunica. La expresión recorre, ineludible, a nuestros cuerpos, a cada una de nuestras muecas, miradas, palabras y los tonos con las que las pronunciamos e, incluso, recorre a nuestros silencios. Porque, allá, esos dos, sentados lejos en esa mesita de la esquina, no puedo escuchar qué están diciendo pero no me hace falta para saber de qué están hablando.
Ella le agarra las manos y le confiesa que quiere hacer el amor toda la noche. Él sonríe, divertido, para besarle las manos y mirar hacia otro lado, consciente de la imposibilidad de satisfacer aquel deseo. Ella insiste, casi enamorada. Porque no quiere tener sexo. Quiere que le hagan el amor, diferencia. El hombre, en cambio, suspira. –Veremos…- dice, fingiendo un aire de misterio que finalice la conversación.
–Quiero eso.- reitera la mujer, quizás con un tonito aniñado.
Él se suena el cuello. O, al menos, eso intenta. Se dice que a ella no le alcanza con que la haya invitado al cine y a cenar. Que no le alcanza con ir, hacerlo y a dormir como corresponde. No. Siempre quiere algo más. Maldito complejo de castración, musita, tal vez recordando alguna clase de Psicología del CBC. Porque el pibe tiene pinta de estudiar eso. Letras o algo así sino. Ella insiste y él le pasa la mano por la mejilla, casi paternalmente, mientras asiente con la cabeza. Es propio del hombre querer darle el mundo a su mujer y es propio de ella desear el universo.
–Veremos…- vuelve él- Veremos.
Ella sonríe y su rostro se ilumina. –Toda la noche.- insiste, con esa dificultad que tienen algunas mujeres para acabar, dificultad que llevan a la conversación para girar una y otra vez sobre lo mismo.
–Pero eso no depende tanto de mí.- retruca él, abandonando el aire misterioso de esa única palabra repetida como en un encantamiento.
La mujer frunce el ceño. –¿Cómo?
Él mira el reloj. Calcula el tiempo que los aparta de las cuatro de la mañana. Analiza si es viable decírselo y empezar a discutir. Se pregunta cuánto tiempo tendrán para plantearse el tema y hacer las paces antes de que den las cuatro. Se dice si valdrá la pena. Suspira y decide arriesgarse. –Que tenés que buscarme. Eso. Sino, se complica.- balbucea, con la mirada huidiza.
Ella lleva una mano a su pecho. –¿No… no te caliento?
Él se suena el cuello. O, al menos, eso intenta. –Sí… Pero también tenés que hacer algo.
–¿Cómo? ¿Qué hago mal?
Mira hacia la ventana, buscando coraje. –Es que no hacés nada. Esperás que uno se baje los pantalones y listo.
Ella se le acerca. –Yo hago otras cosas…- dice, con una sonrisa algo pícara.
–Si yo te hago hacerlas.- observa él- Y no funciona así. No es como te venden esas revistas que leés y ese feminismo adolescente que no es otra cosa más que un machismo contrapuesto. La misma estupidez pero invertida. No es así. No es que la sexualidad del hombre es instantánea y burda. Que la sexualidad de la mujer es una obra de arte y la del hombre, apenas funcional. Que el hombre debe erotizar besando, acariciando, tocando y susurrando al oído mientras que la mujer debe erotizar sólo con su cuerpo desnudo, o tal vez con algo de lencería.
Ella frunce el ceño. –Pero… ¿No la pasás bien conmigo?- pregunta, confundida.
–Sí, sí. Pero al pensar y tratarme como que soy funcional me volvés funcional. Uno y a dormir. Te tengo novedades: así no va a ser toda la noche.
La mujer levanta las cejas. –Esas no son novedades.
–¿Pero qué querés? Si no hacés nada para buscarme.- retruca él- Esa es la verdad. Y no te pasa a vos sola. No pienses mal.- tranquiliza- Si me preguntás, esto pasa por poner a la mujer como único objeto de deseo multitudinario. Porque así es como te comportás, y como se comportan muchas. Como un objeto al cual debo desear. No como alguien sexual. Sino como la finalidad de lo sexual. Algo a lo cual se debe llegar. Que el chamuyo y el juego previo sean encarados por el hombre para llegar a la mujer es un claro ejemplo. No me digas que no. Y te juro que, en determinado momento, irrita. ¿Vos tenés idea la cantidad de monosílabos que me decías mientras nos conocíamos por MSN? Miles. Yo sólo preguntaba. Yo sólo proponía temas de conversación. Yo sólo avanzaba. Pero, bueno, son las reglas del juego. Uno debe insistir y subir todos estos escaloncitos hasta llegar a ustedes en ese estúpido pedestal en el que están. Así que, si me querés pedir toda la noche, es tu turno bajarte del pedestal y ensuciarte un poco.
Ella frunce sus labios. Los mismos pueden contener un insulto, una aceptación o una nueva postura. La miro. La miro cuidadosamente. Sus labios se pliegan, anticipando la primera palabra. Pero un hombre gordo se para delante de ella y no puedo verla. Todo comunica salvo la censura.
Me inclino hacia un costado, pero el hombre es en verdad enorme y la sigue tapando. –Maldita comida chatarra.- insulto.
Cuando el gordo termina de incorporarse, se va del barcito. Miro al reloj. Ya son las cuatro. Miro a la pareja. Permanecen en silencio. Intento buscarle un sentido a su silencio cuando giran hacia el reloj. Se levantan y salen del local.
Nunca sabré cómo terminó esa conversación sobre lo esquizofrénica que es nuestra sexualidad, sobre las multitudes que hay entre dos personas en la cama. Nunca sabré, tampoco, si hablaron de estas cuestiones o si hablaron de lo bueno que estaba un capítulo de Alf.

miércoles, 30 de enero de 2008

Voyeurista histórica.

Una multitud celebraría el hecho, pero no las personas que lo encarnan. Dos mujeres se están besando. Dos mujeres de escasa belleza. Al menos, de esa belleza socialmente aceptable, ese paradigma cruel de cuerpos tersos, breves y lampiños que vomita los medios de comunicación. Quizá mi definición sea peyorativa. Quizá sea una postura no sólo estética sino ética. Y quizás todavía estoy dolido porque una piba me sacó una foto cuando yo iba caminando por la calle y pasé al lado de un afiche de David Beckham. –Son como el Ying y el Yang.- rió ella.
La atención de todo el barcito reposa sobre las lenguas y respiraciones de estas dos mujeres que se entrelazan. –Viste que las lesbianas no son como en los videitos esos que mirás.- codea una piba a su novio.
–No miro videitos.- retruca él, imitándole la voz en la última palabra.
Ella frunce los labios. –Cada vez que en tu compu trato de entrar a Yahoo me aparece abajo YouPorn.- advierte, para llevar el vaso de Coca Cola a sus labios.
Él no responde. Tal vez piensa que, si la realidad es sólo consciencia, con ignorar algo deja de existir. En cambio, viste con su mirada a la pareja de lesbianas. Concilia, como todos los hombres del barcito, la estigmatizada fealdad de esas mujeres con el celebrado ejercicio del lesbianismo. Busca, arriesgo, volverlas únicas y malditas en sus desproporciones y, de esta manera, mantener intacta su fantasía.
–Yo no entiendo porqué los hombres se obsesionan tanto con las lesbianas.- insiste la mujer, dejando su vasito de Coca Cola sobre la mesa.
El hombre se encoje de hombros. –Si te gusta el chocolate, el doble chocolate te va a encantar. Es así.
Ella se acomoda en la silla, clara señal de que no piensa conformarse con la explicación. –Pero las lesbianas son así. No te digo que todas las tortas son feas pero tampoco son esos modelitos que te muestran en The L World o en esos videitos que mirás.
–Bueno, no sé, a mí me gustan.- apura él, para desviar la atención del asunto de los videos.
La mujer agarra el vaso de Coca Cola. –¿Esas dos te gustan?- pregunta, tomando un largo sorbo que le permite ocultar su rostro en el vaso y, desde ahí, espiar la reacción honesta de su pareja.
Él, asqueado, niega con la cabeza. –Muy machonas, muy—
–Claro.- interrumpe ella, dejando el vaso en la mesa- Te calientan mientras sean esas modelitos a las que estás acostumbrado. Te calienta una sexualidad que en verdad no existe, que te la inventan.
Él se encoje de hombros. –Puede ser, no sé.
Ella hace girar el vaso en la mesa, con su mirada perdida en aquellas dos mujeres. –¿Sabés lo que me gustaría?
–¿Encamarte con una mina?- se emociona él.
Ella sonríe. –No. Me gustaría tener una máquina de tiempo.
–Una máquina de tiempo.
–Una máquina de tiempo, sí.
Él resopla. –Con qué cosas salís, ¿eh? Tu cabecita es un misterio.- dice, para acomodarse en la silla- ¿Y cómo es eso de la máquina, a ver…?- curiosea, ya que a esta hora de la madrugada ningún tema de conversación debe ser desaprovechado.
–Me gustaría viajar en el tiempo y ver la primera vez que dos mujeres estuvieron juntas, y que dos hombres. Sin toda la obsesión y la censura que hay hoy en día al respecto. Y también me gustaría ver el primer trío. La primera orgía. La primera relación incestuosa, ¿por qué no? Y la vez que hubo mayor diferencia de edad, o de status social. Ver la primera vez que hubo sexo oral, y anal. La primera vez que una mujer tragó, y que escupió. Eso me gustaría. Ir de almanaque en almanaque, como una voyeurista histórica, observando las primeras veces, viendo a cuerpos sin historia uniéndose por primera vez en la honestidad plena del deseo. Sin pasado en esa unión. Sin prejuicios. Eso me gustaría.
El hombre asiente con la cabeza, lentamente. Mira al reloj. Sin dudas, está deseando tener una máquina del tiempo para avanzar hasta las cuatro de la mañana. –Interesante.- dice apenas.
–Claro que sí.- se ensalza ella- Sin ir más lejos, mirá todo el mambo que tenemos atrás nosotros dos que andamos mirando y espiando y criticando a dos que se dan un beso sólo porque las dos son minas feas. A veces siento como si fuera un pecado que una mujer sea fea. Como si esperaran de nosotras femineidad y delicadeza y belleza siempre en cualquier momento. Algo que si lo pensás es bastante macabro. ¿No?
El hombre pasa una mano por su pelo. –No sé.- musita, para luego bostezar.
–¿Cómo que no?
Él agarra el vaso de Coca Cola de ella y toma un trago. –No sé.- reitera, algo fastidiado- Es más sencillo ver los videitos, sacarse las ganas y listo, antes que andar preguntándose todo esto.
–O sea que preferís calentarte con algo falso, que no existe.- retruca ella, quitándole el vasito- Con una imagen esquizofrénica. No una persona sino un objeto, un objeto ficcional moldeado sólo para—
–Sí, sí.- interrumpe el hombre- Sí.
Ella toma un sorbo de Coca Cola. Lo mira lapidariamente. –Quiero creer que somos iguales. Que hombres y mujeres tenemos las mismas virtudes y defectos, con nuestras particularidades claro está. Pero es inevitable, cuanto más hablo con hombres me doy cuenta. Por más que tenga mi máquina del tiempo voy a encontrar que es así en todas las épocas: el erotismo de la mujer es sutil y delicado como la canción Lady in red y el erotismo del hombre es burdo y accesible como el verdulero diciendo Baratitas las sandias.

lunes, 28 de enero de 2008

Así es la música.

Elijo con cuidado las palabras mientras una gota de transpiración me delata. –Siempre fui una persona más bien tímida.- arranco- Siempre atragantándome con lo que quiero decir y, cuando finalmente abro la boca, pasa esto.
El policía me mira.

Cuando el aburrimiento y la desesperación arañaban a las parejas del barcito de la YPF entró un hombre con una piba bastante menor y, de repente, todos tuvieron algo de qué hablar.
–Viejo verde.- sentenció, casi con admiración, un flaco que apuraba unas medialunas entre traguitos de café.
Una mujer negaba con la cabeza. –Podría ser su hija.- se indignó.
La pareja sobre la cual se posaban todas las miradas del barcito vino caminando hacia el mostrador. –¿Se puede fumar acá?- preguntó el hombre.
–Se puede.- contesté.
Él señaló hacia los cigarrillos. –Un Lucky de diez, entonces.- pidió, para girar hacia la piba- Y vos, hija, ¿qué querés?
–Una Fanta, pa.- individualizó ella con una sonrisa.

El policía frunce los labios. –En boca cerrada no entran moscas.- me retruca al fin.
–No hay moscas por acá.- contesto, sin entender bien porqué. Creo que quería decirle que no sucede nada extraño. Que hasta luego y buenas noches.
El policía clava su mirada en mis ojos. –Las moscas revuelan sobre la mierda y acá, pibe, acá hay mierda.

El padre y la hija se fueron a sentar. Él abrió su paquete de Lucky y sacó un cigarrillo. Lo encendió mientras ella tomaba un sorbo de Fanta, con la mirada perdida en la estación de servicio. Se sentaron lejos, por lo que no podía escucharlos. Sólo llegaban a mí las conversaciones de las mesas que los miraban con indignación y envidia.
–Para mí que él es un amigo de su viejo.- se equivocaba un hombre, con ese instinto entre telenovelero y chusma que nos puebla- Y se la trinca a escondidas y en el cumpleaños del viejo ella lo toca por abajo de la mesa. Como en las películas, ¿viste? A alguien esas cosas le tienen que pasar.
La mujer a su lado se indignaba. –¿Vos te acostarías con una mina a la que le llevaras tantos años?
El hombre afiló su mirada pero no su lengua. –Si está tan buena como ella, seguro.
–¿Por qué no los podrán dejar tranquilos?- me dije- ¿Por qué esta obsesión por el morbo? Es el papá con su hija después de haber ido al cine nomás.
Ella puso su mano sobre la de él.

–No hay mierda, no hay mierda.- me apuro a negar, nervioso, pensando que estoy a punto de ser arrestado.
El policía me mira. –¿Cómo que no? Padre e hija, pibe, padre e hija…

Él agarró la mano de la hija y la llevó hasta su boca para besarla. Mientras la recorría con sus labios a mí me envolvía un escalofrío. Desvié mi mirada hacia otro lado, aunque todo mi cuerpo me gritaba que siguiera mirando. Giré. Ella agarraba un dedo del padre y se lo pasaba entre los labios.
–Esto no está bien. Esto no está bien.- me dije- La puta madre, esto no está bien.

Decido arriesgarme y preguntarlo. –¿Me van a llevar…?
–¿A dónde?
Me siento un nene. –A la comisaría.
El policía entrecierra los ojos. –No. Ya te tomé la declaración.
Me siento más nene. Nene y en La familia Ingalls y doblado al español en una voz ñoña. –O sea que no estoy en problemas.
–Los problemas los tienen ellos.

El dedo del hombre pasó la frontera de los labios para entrar a la boca de la hija, que no dejaba de mirarlo a los ojos.
–La puta madre.- repetí- Es la hija… es la hija…- me indigné mientras me rascaba la nuca, nervioso. No sabía qué hacer. Algo en mí me gritaba que tenía que ir ahí y separarlos. Pero algo en mí me recordaba que soy un cobarde. Me sentía incómodo, muy incómodo, más incómodo que cuando vi La secretaria con mis padres y yo, acostado con jogging, intentaba disimular mi erección para no ser considerado un perverso. Los miré. Ella seguía chupándole el dedo. Agarré el teléfono. Disqué el número de la policía. –Hola, sí, no sé si ustedes se encargan de esto…- empecé, con la voz temblorosa.

–Los problemas los tienen ellos.- repite el policía, mirándome. O disfruta revolcándose en la suciedad o quiere una disculpa.
–No sé si hice bien en llamarlos, si tenía que llamarlos a ustedes o…- digo al fin, inconcluso.
–Sí, pibe. Hiciste bien. ¿Cómo ibas a saber...? Lo único es que le cagaste un poco la noche a ellos.
Frunzo los labios. –O quizá no.
–O quizá no.- acepta- Ahora, ¿a vos te parece? Encamarte con una pendeja que está tan buena, con las tetas tan paradas y el culo tan duro y andar por ahí jugando que es tu hija. Y ella también. Una cosa es que ande gimiendo papi y otra, papá.
Niego con la cabeza. –Cada loco con su tema, ¿no?
–Pero no lo entiendo, pibe. Los cuerpos encajan así como están para andar con tanta boludez.
Me encojo de hombros. –Y... así es la música.- digo- Doce notas y un infinito de canciones.

miércoles, 23 de enero de 2008

Epa.

–Epa.
Ella entrecierra los ojos. –¿Cómo?- me dice.
Su voz. Su voz intimidaría a un amanecer. –¿Cómo…?- repito. Es la última palabra que escuché y es la única que recuerdo. Mi vocabulario entero ha desaparecido de mi mente. Todo, de hecho, ha desaparecido de mi mente. Tan sólo existe ella; ella, su mirada y su perfume. Y aquella palabra que acaba de pronunciar, desplegándose, solitaria, en mi lengua. –¿Cómo…?- insisto, creyendo que si repito algo que estuvo en su boca podré sentir sus labios en los míos.
Ella, mi amor nunca anunciado, busca en su cartera. –Si tenés pastillas de frutilla.- aclara.
–Te amo.
–No se lo voy a decir.- le retruco, por lo bajo, al diminuto viejo chusma sobre mi hombro.
Él me pega un bastonacito en la nuca. –Te amo, ¡decíselo!
–Pastillas de frutilla.- reitero, mientras las señalo como un cavernícola aún no acostumbrado a nombrar un objeto.
Ella me paga. Nuestros dedos se rozan, apenas. Y en un instante de un centímetro de pieles que llegan a tocarse creo adivinar suavidad, bondad y elegancia. Ella, ajena al descubrimiento que me hacer vibrar enteramente, guarda las pastillas en la cartera y vuelve a la mesita con el pelotudo de turno.
El diminuto viejo chusma sobre mi hombro me da un bastonacito en la nuca. –Quien se atraganta de silencio no llega a ningún lado.- observa.
Lo miro. Lo miro detenidamente. –¿Quién sos vos para dar consejos?- retruco- ¿Cuán lejos llegaste para estar parado sobre el hombro de un cobarde en el barcito de una YPF a las tres de la mañana?
El viejo lleva la punta de su bastoncito a sus labios y los golpea, apenas, como instándolos a pronunciar la respuesta apropiada. Pero pronto lo baja, se apoya sobre el mismo, y me la señala con la mirada. –¿No pensás hablarle?- desvía.
No le contesto. Porque él sabe que sí, que pensé en hablarle. Él sabe que mientras la miro desde el mostrador pensé miles de conversaciones elocuentes, de confesiones y piropos elegantes y entrelazados como si bailaran el tango. Pensé en cómo se sentiría besarla, en cómo se sentiría abrazarla muy fuerte, susurrándole al oído que no se vaya, que se quede a mi lado. Pero estas fantasías se desvanecen con la agonía de aquel que sueña a la mujer ideal y no la encuentra a su lado cuando despierta.
–Nadie construye un puente con sólo imaginárselo.
Miro al viejito chusma sobre mi hombro. –¿Estás leyendo libros de autoayuda?- le pregunto.
Me pega otro bastonacito en la nuca. –Escuchá, maleducado. Para la gentucha como vos es más fácil angustiarte con la lejanía de un beso que con la cercanía de una negativa. Entonces te quedás, cómodo en tu cobardía, añorando un beso por el cual nunca te esforzaste.
–Pero—
–¡Pero nada, señorito!- interrumpe el viejo, tras otro bastonacito en mi nuca- A veces la vida te clava la mano acá, acá adentro- me dice, golpeándome con el bastón en el pecho- y hurga, hurga, como una vieja buscando un tomate bueno.- compara, con una sonrisa en su rostro. Se pasa la lengua por los labios. –El tímido como vos- continúa- se queda con la incomodidad de tener una mano enterrada en el pecho. Y se la pasa así. Por más que le resulte difícil abotonarse una camisa. El tipo se la pasa así. Pero el que se arriesga está dispuesto a apostarlo todo y que la vida saque la mano de su pecho, llevando consigo lo que tenga que llevar. Y, no sé vos, pero para mí esa mujer merece arriesgarse por ella.
Lo miro. –Estás leyendo libros de autoayuda.
El viejo va a pegarme un bastonacito en la nuca cuando se detiene. Sigo su mirada. Y ahí está. Ella. Viene de nuevo al mostrador. –Pastillas de frutilla.- pide.
Una multitud de piropos y chistes y observaciones jocosas corre hacia mi garganta. Atascadas en mi timidez, apenas tres palabras logran salir. –Pastillas de frutilla.- repito.
–Nadie come tantas pastillas de frutilla en tan poco tiempo.- observa el viejito chusma de mi hombro- Es su excusa para hablarte.
Ella me paga. Yo le cobro. Otra vez aquel diminuto roce que despliega un cosquilleo por toda mi espalda. El cosquilleo sube por mi espalda, sube hasta mi cuello para darle, desde adentro, una patada a mi boca. –Eh… disculpá.- balbuceo.
–¿Sí?- dice, delicada, como si su voz bailara ballet en el aire.
Trago saliva. –Siempre te veo acá y no sé tu nombre y—
–Cecilia.- interrumpe.
–Cecilia.
Sonríe. –Cecilia.
–Cecilia.
El viejito me da un bastonacito en la nuca. –Tu nombre, decíle tu—
–Donato.- me adelanto.
–Donato.- repite.
–Donato.- reitero.
Ella levanta las cejas, contrayendo sus labios. Yo paso mi mano por el mostrador, mientras me maldigo por el mutismo que me puebla. Ella encoje sus hombros y, muy de a poco, se da vuelta. Vuelve hasta su mesita.
El viejo me da un bastonacito en la nuca. –¿A eso le llamás una conversación inundada de piropos elegantes y entrelazados, como si bailaran el tango? Eso fue una charlita fugaz nomás.
La miro. Me sonríe. Le devuelvo la sonrisa. –Cuando se desea como deseo no hay nada fugaz.

lunes, 21 de enero de 2008

La mesita de los quinientos kilómetros.

Él revuelve el café y toma un sorbo breve. Deposita su mirada en la ventana, buscando tal vez desentenderse de su pareja. Pero el paisaje de la estación de servicio vacía con un empleado bostezando no le ofrece excusa alguna para capturar su atención. Entonces el hombre vuelve su mirada a su mujer y suspira. –¿Por qué tenés que insistir con eso?- desliza, fastidiado.
Ella recorre con sus manos, cuidadas y tersas, a la mesa. –Siento que acá, en esta mesita, hay quinientos kilómetros separándonos.
El hombre busca alrededor con la mirada y, al no encontrar ningún cartel que prohíba fumar, saca un cigarrillo. Lo prende, arrojando una pastosa bocanada de humo al aire. –Tengo la cabeza en otras cosas, no es nada.- niega, escueto en explicaciones.
La mujer toma un trago de su Coca Cola y deja el vaso de plástico sobre la mesa con una frialdad ártica. –Esta va a ser la última vez, ¿no?- insiste.
Otra bocanada. Esta vez, más extensa. Como si al prolongar un acto ínfimo pudiera lograr que se acorte el tiempo que los separa de las cuatro de la mañana. Y de esa discusión. –¿Por qué decís eso?
Ella, femenina en sus movimientos, agita su mano delicada en el aire para aguar al humo que se dirige hacia su bello rostro. –Es lo que siento.- sigue ella- Siento que me vas a dejar. Que vamos a hacer el amor por última vez y me vas a decir que esto ya fue mientras te vestís.
Él sonríe. –Esas cosas sólo pasan en los policiales negros.
–La realidad imita al arte.
El hombre mira alrededor, se levanta, agarra el cenicero de otra mesa y vuelve a sentarse. Deja el cigarrillo sobre el mismo. –Son las tres de la mañana de un sábado. Si bien es claro que no tenemos mucho de que conversar, ¿podríamos no hablar de nuestras carreras?
–Te convendría eso, ¿no?- retruca la mujer- Claro, si gracias a estudiar filosofía te puedo decir que mediante el sistema deductivo llegué a la conclusión que te encamás con la minita del corto ese que estás dirigiendo.
Él le da una pitada al cigarrillo, deslizando luego el humo entre sus labios. –No toda distancia se debe a terceros.- replica con el último aliento gris, ahogando el cigarrillo en el cenicero.
La mujer –hermosa, por cierto– se echa hacia atrás en la silla, pasando sus manos por los quinientos kilómetros de aquella mesita. Lo cual puede significar dos cosas: piensa apartarse de la conversación o piensa elevar su voz. –Claro, no se debe a terceros. Claro. ¡Porque en tu caso seguro que hay cuartas y quintas!- agranda, optando sin dudas por la opción de incluir a todos lo concurrentes del barcito en su conversación. Básico instinto ante el rechazo: la víctima, antes de consolidarse como tal, busca volver al victimario en víctima para privarse del dolor.
Él busca en el paquete de cigarrillos pero está vacío. Lo estruja en su mano. –No soy mujeriego.
–No. Sos un hijo de puta. Eso es lo que sos. ¡Un hijo de puta! ¡Más de la mitad de los contactos en tu teléfono son de minas!- grita, señalando al celular que está, vulnerable, en la mesita de los quinientos kilómetros al lado del cenicero aún humeante.
El hombre mira alrededor, recorriendo las miradas que tiene adheridas a su carne. –¿Sabés qué…?- dice, con la respiración agitada- ¿Sabés qué…?- repite, mientras mira alrededor y, de a poco, su respiración se tranquiliza- Sí. Es eso. Eso es lo que soy. Un hijo de puta.
La mujer se levanta, lentamente, evidenciando su por demás generosa anatomía y su buen gusto para vestirse. Puede defenestrarlo con salvajismo. Pero no. No. Se mantiene quieta, como una dama. Apenas lo demuele con la mirada y se va del barcito, en un silencio asfixiantemente contenido. El hombre camina tras ella. Pero no la sigue. Se detiene en el mostrador y me pide un paquete de cigarrillos.
Siento un pequeño bastonazo en mi nuca. Giro y sobre mi hombro tengo a un diminuto viejo chusma. –Preguntale qué le iba a decir después de ese ¿Sabés qué…?
–No.- contesto, por lo bajo.
Otro bastonacito. –Preguntale. Iba a decir algo más. Vos lo sabés. Él lo sabe.
–Si no abrió la boca es por algo.- insisto, mientras le cobro al hombre.
Otro bastonacito. –Quien contiene algo muere, por dentro, por desembucharlo.
–Gracias.- me dice el hombre.
–Disculpá…- se me escapa, tras otro bastonacito.
–¿Sí?- me pregunta él.
Me le acerco. –Perdón por la indiscreción, pero sentí que detrás de tu ¿Sabés qué…? iba a haber algo más. ¿Puede ser? Porque, y de nuevo perdón por la indiscreción, pero hay que tener mucha necesidad para andar engañando a una mina tan linda con esa.
Él sonríe. No sé si va a contestarme o hundirme su puño en mi cara. Pero sonríe. Sonríe y me la señala. –¿La ves?- me dice, mientras me la indica, aún en la estación ella, llamando a alguien en el celular para que seguramente la pase a buscar- Así como la ves, prolijita, linda y coqueta, tiene una insospechable obsesión por que la mee encima.
–¿Qué?
Él abre el paquete de cigarrillos y lleva uno a su boca. –Eso. Que le haga pis encima. La vuelve loca y me vuelve loco hasta que logro hacerlo.
–¿Y vos…?
–Algo, algo.- apuró él, incierto- Pero me costaba y la verdad que me dejaba medio mal.
La miro. Tan hermosa, tan frágil. Lo miro a él, mientras larga, rústico y sin cortesía, el humo en mi cara. La vuelvo a mirar. –No te lo puedo creer.
Él le da una pitada larga al cigarrillo. –Que ella se quede con la excusa de la mesita de los quinientos kilómetros y que todos acá se queden con que soy un hijo de puta.- distingue, golpeando apenas con sus nudillos al mostrador, para retirarse sin un adiós.
El diminuto viejo chusma en mi hombro se deleita con lo escuchado. –Cosa de no creer, ¿eh?- me dice, dándome un bastonacito en la nuca.
Paso un trapito por el mostrador. –Los cuerpos son surcados por los más insospechados deseos y miserias. Así estamos siempre a una mesita de quinientos kilómetros de distancia de cualquiera.
El viejo levanta su bastón al aire. –El mundo está loco. La dama que es perversa y el hijo de puta que es caballero.
–Así estamos siempre a una mesita de quinientos kilómetros de distancia de cualquiera.- reitero, mientras paso el trapito y la veo entrar al barcito. A ella. Ella. Mi amor imposible que ha vuelto a frecuentar el barcito con otro pelotudo.
El viejo me da un bastonacito en la nuca. –Vos dejá de buscar excusas para no hablarle.
–No. Yo sólo decía—
–Sólo decías que no decís.- interrumpe- El amor distante e ideal es facilismo. Así que cambiá esta mesita de quinientos kilómetros que hay entre ella y vos por un puñado de palabras o me voy a habitar el hombro de alguien que no sea un cobarde.
Ella viene hacia el mostrador, sola. El viejo me da un bastonacito en la nuca. Lo ignoro y la veo venir. Mi alma se atora en mi garganta. Pero sólo escapa una palabra, apenas una palabra, propia de mi niñez. –Epa.

miércoles, 16 de enero de 2008

La viejita.

A veces creo que esa viejita es la reencarnación de una amante despechada. Viene a la noche a acosar a otros que sí pudieron encontrar el amor. Viene a hacerles la vida imposible.
Se la pasa de mesa en mesa, vendiendo florcitas. Insistiendo. Porque la viejita, si logra una venta, es debido a su inhumana capacidad de insistir. No acepta negativas. Permanece, encorvada, con esa sonrisa que se detiene en algún punto entre la maldad y la hijaputez. Quietita, quietita se queda. –¿Una flor para la señorita?- propone, en ese tono de fingida bondad- ¿No…? ¿Una flor?- presiona- ¿Por qué no le compra una florcita, caballero? ¿La señorita no se merece una flor? Dos pesitos. Está dos pesitos nomás. ¿No gastaría dos pesitos en ella…?- desliza, siempre con esa sonrisa que despierta el odio entre los hombres.
Porque no exagero. Un odio interminable y mudo se despereza entre los hombres al verla venir. Contemplan su asesinato, un asesinato lento y cruel, mientras niegan una y otra y otra y otra vez con la cabeza. Algunos ceden, sí. Pero otros, la mayoría, perduran en su rechazo por una cuestión de principios. Creen que quedarán mal en caso de aceptar después de haber negado tantas veces. Creen que sus mujeres opinarán que compraron la flor para evitar la incomodidad y no por deseo de obsequiarles algo bonito. Y que esa flor que le están dando es nada menos que la encarnación de su falta de caballerosidad, de masculinidad. Que ellas sentirán que no le están dando una flor sino, en cambio, sus testículos aún sangrantes.
A veces creo que la viejita trabaja con el Diablo. Recorre las mesas insistiendo hasta el hartazgo. Perdura hasta que un hombre, desesperado, se diga que está dispuesto a dar lo que sea con tal que ella se vaya. Y entonces aparece el Diablo, con un contrato sospechosamente espontáneo pero completo en el cual se detalla que la viejita desaparece a cambio del alma del desgraciado en cuestión.
A veces creo que la viejita es nada menos que el Diablo en persona. El Diablo que recorre las mesas de los bares, como los revolucionarios franceses de antaño. Y que con esa fachada de la viejita que vende flores predica con sutileza la crueldad del mundo donde una flor se compra, y donde las parejas deben esperar hasta el desalmado horario de las cuatro de la mañana para entregarse al deseo y luego al sueño.
A veces creo que la viejita es simplemente una viejita malparida. Pero cuando pasa por el mostrador, por la dudas, busco no cruzar la mirada con ella. La dejo que siga de largo hasta las mesas para que haga lo que sea que hace acá, ya sea vender flores o predicar la miseria de Dios, ya sea ganarse unos pesitos o advertir que incluso en un abrazo en verano puede habitar el silencio y el frío.

lunes, 14 de enero de 2008

La verdad del feo.

No sé cómo hace. La verdad que no lo sé. Se sienta lejos del mostrador, allá, en la esquina. Por lo que nunca pude escuchar las conversaciones que mantiene con las diversas y hermosas mujeres que trae al barcito de la YPF mientras espera el pernocte.
No sé cómo lo hace. La fealdad de su rostro linda con el cubismo. Además el tipo es petiso, gordo, y su vestimenta no es la más elegante. Pero las mujeres que trae son inquietantes. Tan sólo sentir su perfume es comparable con deambular en el Edén o con desempatar en el último minuto jugando de visitante. Y el muy turro no se contenta con sentir su perfume. No. Las hace reír. Las besa. Las mima. Y luego se las lleva para hacerles el amor.
Es la envidia de todos los hombres del barcito. Pero el tipo no parece creérsela. Deja pasar a la belleza de turno mientras le abre la puerta, como un caballero, y con un gesto sutil le indica la mesa de la esquina. No mira a las otras parejas. No draga buscando miradas de codicia. No. El tipo no aparta sus ojos de los de la mujer con la que está. Ni de su sonrisa. Porque no sé qué les dirá pero el turro las hace reír.
–Qué pareja despareja.- comenta, dulcemente, una piba.
El hombre a su lado apura un trago de café. –La verdad.- acota modesto. Pero no hay nada modesto en el carnaval de envidia y deseo que estalla en su pecho. Porque en el fondo desea desesperadamente a la belleza que le está succionando el dedo al feo. Desea y adivina el tacto de su piel, su perfume, sus gemidos, su cuerpo arqueado antes del orgasmo y de ese grito final que deviene en abrazo y en la necesidad de perderse en el cuerpo del otro.
La mujer insiste. –Siempre uno ve parejas desparejas pero esta es…
–Extrema.- completa el hombre.
Ella asiente con la cabeza. –¿La tendrá muy…? Ya sabés…- arriesga, incompleta en su timidez.
El hombre sonríe. –Quizá lo que tiene muy grande es la billetera.
–No. Sino no estaría acá.- observa la mujer.
El hombre bebe un trago de su café para ocultar que se sintió dolido por el comentario. –Fueron amigos. Amigos íntimos.- empieza- Y cuando ella estaba vulnerable- dice, señalándola con el café- porque se le murió el perrito, o alguna boludez, el tipo, ese bagayo- vuelve a señalar- se le acercó con que sentía cosas por ella. Y se la trincó.
La mujer quedó en silencio un momento. –Como vos hiciste conmigo.
Él deja el café sobre la mesa y le agarra las manos para besárselas. –¿Me vas a decir que te arrepentís?
–No, no. Pero dicho así… no sé. No suena bien.
–Siempre buscándole el pelo al huevo.- protesta él.
Mientras tanto, el feo se levanta y viene hacia el mostrador. La mujer en la mesa que está cerca lo recorre con la mirada. Se detiene en su entrepierna. –No parece que la tenga muy…- opina, aún incompleta, susurrándole el hallazgo al novio.
–¿Y vos qué mirás, naba?- retruca este.
El feo, que de cerca es feo como si hubiera chupado un limón, feo como si hubiera visto a Samara, me pide unas pastillas de menta. Se las doy y le cobro. Antes que se vaya tengo que animarme. Tengo que saber la verdad del feo. –Maestro, disculpá.- le digo.
–¿Sí…?- pregunta él, mirando el vuelto, pensando tal vez que hubo una equivocación.
–Prócer…- elevo- ¿Cómo hacés?
–¿Cómo hago con qué?
–Siempre te veo con mujeres hermosas, hermosas. ¿Cuál es tu secreto?
Me sonríe, mostrándome la aleatoria negrura de su sonrisa. Sí, encima le faltan un par de dientes. –Sé hacer algo que muy pocos hombres saben hacer bien.
–¿Qué cosa?
Se me acercó como quien va a revelar un secreto. –Hablar.

miércoles, 9 de enero de 2008

Puchos y preservativos.

Lo dije y lo repito. He visto todo.
He contemplado a cualquier variación de cuerpos que puedan unirse en el acto sexual. Cuerpos viejos. Cuerpos tersos, gordos, embarazados. Cuerpos aparentemente incompatibles, de edades y anatomías distantes. Cuerpos de un mismo sexo. Cuerpos ansiosos y cuerpos aburridos de sus parejas. Cuerpos que se unían en la espera del pernocte, entrelazando los dedos. La mano de uno con un anillo de casamiento. La del otro, no.
Pero nunca he visto esto.
Un cuerpo. Uno sólo. Una chica que toma su segundo café mientras mira por la ventana. Son las tres de la mañana de un sábado y esta chica, una linda piba, de veinte años, está en el barcito de una YPF. Sola.
Vendo puchos y preservativos mientras la observo. Me digo que la acaba de dejar su novio y que ella está acá, escudando la angustia antes de volver a acostarse sola.
Pero no. No. Doy el vuelto y me doy cuenta que no. Su lenguaje corporal no expresa pena. Recorre a su piel cierta tensión reprimida, propia del momento antes de dar el primer beso o de que se abran las puertas del subte en Constitución.
Esta piba, sin dudas, está inquieta. Estoy seguro. Así como estoy seguro que con el hambre que había en la depresión de New York en los años 30 se mandaron una interminable parrillada con el cadáver de King Kong.
Ella mira por la ventana. Aprieta el sobrecito de azúcar. Lo deja con los otros. Golpea con sus nudillos a la mesa y vuelve su mirada a la ventana. Vendo puchos y preservativos y me digo que está embarazada y no sabe cómo decírselo al padre. Quizá ni sepa quién es el padre.
Pero no.
No.
Algo no cierra. Su mirada no sopesa posibilidades. Sus labios no se fruncen en incertidumbre. La totalidad de su lenguaje corporal es la de la espera. Me digo que de tanto vender puchos y preservativos busco atar a esta mujer en algún contexto sexual. Y no es así. Ella está sola en este barcito ordenando en su cabeza una novela que quiere escribir. O tal vez está decidiendo si deja la facultad. Quizás analiza la oportunidad de irse a vivir afuera por unos años para juntar plata y volver y comprarse una casa recién cuando sea demasiado grande como para poblarla con una familia.
Una pareja viene de la calle y me piden puchos y preservativos. La chica se levanta y viene hasta ellos. Agarra al hombre del brazo. –Lo sabía. ¿Qué mierda hacés acá?- protesta.
El hombre empalidece. –Esperá, hija…- balbucea.
La chica sale del barcito y el hombre tras ella. La mujer me mira. La miro. Frunzo los labios, alzando las cejas. –¿Los querés igual?- le pregunto, señalando a los puchos y preservativos.
Ella paga sin decirme nada y se sienta en una mesa. Abre el paquete de puchos y empieza a fumar.
Ahora sí, lo dije y lo repito. He visto todo.

domingo, 6 de enero de 2008

Las macanas del hablar.

Es complicado ser gótico con 36 de sensación térmica.
Wilfredo Rosas.

Por primera vez todas las miradas del barcito no están monopolizadas por el reloj que demora insoportablemente el momento en el cual sus agujas den las cuatro de la mañana.
Hay una parejita de góticos.
Toman Coca Cola. Ella se seca el sudor con un kleenex, apenas, para no alterar la base blanca y las líneas negras a lo Dave McKean que pueblan su rostro. Él contempla, compenetrado, a la gaseosa en su vasito de plástico. Quizás está poetizando que entre sus manos tiene a una noche burbujeante. Tal vez lamenta no haber pedido Fanta. Lo concreto es que gira el vaso como si se tratara de un whisky y toma un trago rápido y decidido. Desvía su mirada a la ventana. Lo está mirando un grupo de amigos, en la estación de servicio, mientras esperan afuera del coche a que cargue el gas. Uno de ellos ríe. Otro se agarra un mechón de pelo y lo lleva hacia arriba, intentando burlar el peinado del gótico que desafía a la gravedad. El hombre del peinado a lo Burton frunce los labios y vuelve a contemplar el vasito de plástico.
Un pibe, en el barcito, ve a los de afuera y esboza una sonrisa. Mira a la parejita gótica como si fueran de otro mundo, como si se tratara de una pareja de lombrices en una multitud de pulpos. Su novia bosteza a su lado mientras juega con el celular. Pero el pibe sigue mirándolos. Complacido, quizás, de que están ahí. De que haya alguien tan diferente, tan ajeno. Y que en esa distancia él pueda imprimir cierta tranquilidad. La tranquilidad de sentir que él pertenece y ellos no.
Aunque algo me dice que ellos también deben transpirar ese alejamiento. Que ellos también deben sentir que no pertenecen. Que su mundo es noche y océano y no es el calor y el asfalto. Pero insisten, más allá de la injusta circunscripción de geografías y almanaques que les tocó vivir. Insisten. Se ponen sus borceguíes negros, sus pantalones de cuero, sus camisas, maquillajes y piercings y salen a darle el pecho a lo que a nosotros nos es tan cotidiano y a ellos, tan distante.
Se levantan. Caminan hacia mí. Un escalofrío me recorre. Es la estupidez del instinto que, luego de tantas películas de vampiros, me advierte que vienen a tomar mi sangre.
–Un Prime. Los Warming, esos.- me pide el hombre.
Los miro. Él ya busca en su billetera mientras la mujer está parada un paso atrás suyo, acariciándole la espalda con esa hermosa timidez que tienen algunas mujeres cuando su pareja compra preservativos. Por más que sé de memoria dónde están, me cuesta encontrar a los Prime Warming. Sin dudas estoy confundido. Todo esto me resulta extraño. Digo, que estén a unos metros, pidiéndome los últimos preservativos del mercado. Es casi como imaginarse un delivery de pizza en un castillo la Suecia medieval. Pero se los doy. Él me los paga.
Están apunto de irse cuando se los digo. No sé porqué ni para qué pero se los digo. Quizás es porque les agarré simpatía mirándolos. Tal vez sea la complicidad del que alguna vez también se sintió ajeno. Y porque, justamente, quiero arrimarles de alguna manera mi afinidad. –Disculpá.- arranco, respetuoso- Te lo pregunto de curiosidad nomás.- agrego, para evitar malentendidos- ¿Abrieron algún bar gótico por acá o algo por el—
–No, no.- me interrumpe el hombre, con una sonrisa.
La mujer se acerca al mostrador. –Venimos de una fiesta de disfraces.- me explica.
No sé qué decir. Por lo que simplemente asiento con la cabeza. Ellos se van, abrazados. Ya son las cuatro de la mañana, después de todo. Lástima, me gustaban más cuando eran góticos. Son las macanas que, a veces, tiene el hablar.

jueves, 3 de enero de 2008

El síndrome.

Tengo el síndrome. El síndrome del documentarista que quiere impedir que el león se zampe a la cebra. Lo tengo. Es esa necia vanidad de creerse Dios. Como si el hecho de estar observándolos detrás del mostrador me diera autoridad sobre ellos.
Tengo el síndrome, les digo. Más de una vez quise ir en puntitas de pie hasta aquella mujer y susurrarle al oído que no se conforme con él. O acercarle una servilleta a ese pibe con cara de tan poco vivido para que, cuando la abra, lea que la mina con la que está no lo ama, que lo está usando y que por unos instantes de placer pagará desvelos de dolor.
Pero sirvo café, vendo puchos y preservativos y contengo esta necia vanidad de creerme Dios. Aunque, seamos honestos, a veces el síndrome se encarna en algo más próximo y a la vez más cercano que Dios. Ella.
Ella.
Ella. No conozco su nombre. Apenas conozco su voz, y la sonrisa que las mortecinas luces de este barcito tienen el descaro de besar. Es petisa, de pelo largo, lacio y morocho, con unos ojos inquebrantablemente negros. Una piel tersa, firme, vestida por un enormemente apetecible, sutil y casi imperceptible vello dorado. La clase de mujer por la que vendería mi alma si ya no la hubiera vendido la última vez que le ganamos a los de Nacional.
Vino unas siete veces acá. Cuatro con el mismo tipo. Y tres flacos distintos luego. Todos pelotudos. Porque te das cuenta cuando alguien es un pelotudo. Por más que no lo escuches hablar. Te das cuenta. Cómo se sienta, cómo gesticula. Cómo sonríe. Cómo revuelve el café. Es más, cómo le pone azúcar al café. Mirá lo que te digo. Pero es así. Pelotudos todos.
Y ahí está ella ahora, revolviendo su cafecito, con una sonrisa a medias, como para mostrar algún interés en las pelotudeces que le está diciendo el pelotudo de turno, mientras ella pierde su mirada en la calle. Y yo quiero dejar de vender puchos y preservativos e ir hasta ella, tomarla de la mano y decirle que la amo.
Pero no. No. Se levantan los dos y mi atención se individualiza en mirarla. En recorrer su cuerpo entero. Esta puede ser, me digo, la última vez que la vea.
Vienen hacia mí. Mi corazón late, por más que ella no me mire. El pelotudo me dice algo. No lo entiendo. Mis sentidos están aturdidos por la belleza de esa mujer. Incluso siento su perfume. La puta madre. Quiero gritarle que la amo. De a poco se recuperan mis sentidos y siento el eco de lo que me pidió el pelotudo de turno.
–¿Texturados dijiste?- pregunto, por las dudas.
–Texturados, sí.
Agarro el paquete. Le doy los prservativos. Él me paga. Se van del barcito. Finjo pasar un trapito por el mostrador pero sólo cierro los ojos y busco desentenderme de la angustia de haberle vendido preservativos y me pierdo en el perfume de ella.

domingo, 30 de diciembre de 2007

Sólo.

La voz de una mujer despunta entre los bostezos, las cucharitas que golpean contra las tazas de café y el tic tac del reloj que viste todas las miradas del lugar. –Sos un asco.- opina ella.
El hombre se incorpora en la silla. –¿Un asco yo?- se indigna- ¡Claro, claro…! Yo soy un asco. Claro. El asco soy yo.- repite, cambiando el orden de la frase al no saber qué responder pero al encontrarse en la necesidad de decir algo.
–Sí, un asco.- insiste la mujer.
El hombre golpea a la mesa con un sobrecito de azúcar mientras busca las palabras adecuadas. –Claro, claro… yo, un asco.- reitera, infértil en inspiración.
–Sí, vos. ¿O ahora me vas a decir que soy yo?
Él deja el sobrecito con los otros. –¿Y qué querés que te diga…? Si a vos nada te calienta.- retruca.
Ella lleva una mano a su cuello para agarrar al grito antes que se le escape. Logra atraparlo entre sus dedos cuando ya estaba a punto de estallar en insultos en su garganta. Desliza su mano por el cuello, hacia abajo, hasta su pecho, y, desde ahí, habiendo atrapado al grito entre sus costillas, deja la mano sobre la mesa. Suspira, diplomática. –Es que a vos se te ocurre cada cosa…
Él vuelve a agarrar el sobrecito de azúcar. –¿Cómo qué?- pregunta mientras golpea con el mismo a la mesa- A ver… Decíme. ¿Cómo qué?
–Como lo de los dedos.- individualiza ella.
Frunce el ceño. –¿Qué dedos?
–Los dedos. De mandarme un mensajito de texto diciéndome que todavía sentís mi olor en tus dedos.
El hombre estrangula al sobrecito de azúcar en su mano. –¿Y qué? Medio mundo hace eso. ¿O no te parece, no sé, caliente, íntimo, no sé, que yo esté con—
–Es un asco.- interrumpe ella- Me mandás el mensajito una semana después de haber tenido sexo. ¿No te lavás las manos…? ¿O insinuás que tengo mucho olor?
Él sonríe. –Pero—
–Pero nada.- apura ella- O meterme la mano entre las piernas sin siquiera besarme el cuello o decirme chanchadas de la nada y esperar que yo me caliente con eso. Y no. No. Tenés que entender que cada cuerpo tiene su lenguaje.
El hombre aprieta el sobrecito de azúcar. –¿Y qué te dice tu lenguaje?
Gira hacia el reloj. –Que para estar a las cuatro menos cuarto en el barcito de una YPF con vos estoy desesperada.
El hombre deja el asesinado sobrecito de azúcar con los otros y se levanta. –Bueno, vamos entonces.- resigna.
–¿A dónde?- dice la mujer.
–Te llevo a tu casa.
La mujer, aún sentada, lo agarra de la mano. –Seamos honestos. Los dos estamos desesperados. Ya casi son las cuatro.
El hombre asiente con la cabeza. –¿Qué proponés?
–No hablar y sólo gemir.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Otra vez.

Son poco máas de las tres y media de la mañana y ella lo dice por cuarta vez. –No me vas a filmar.
Él deja el celular con camarita sobre la mesa. Entrelaza sus dedos con los de ella. –Pero pensé que—
–Pensaste mal.- interrumpe la mujer.
El hombre suspira y lleva la mano de ella hasta sus labios. Le besa cada nudillo mirándola a los ojos. –¿Puedo saber por qué no?- insiste.
Ella se echa hacia atrás, sin soltarle la mano. Suspira. –Wanda Nara.- desliza apenas, como si con la mención de ese nombre se volviera claro su argumento entero.
Y así es nomás. El hombre entendió. Desvía su mirada hacia la ventana y hacia la calle, vestida de noche y de coches que vomitan un reggaeton ridículamente fuerte. Se pasa la lengua entre la juntura de los dientes. –No voy a subir el video a la Internet.
–Nunca se sabe.- sostiene ella- Le pasó a Wanda Nara y a esa París Hilton.- amplía, para tomar un sorbo de café- Ah, y a Pamela Anderson.- agrega, dejando la taza sobre el platito.
El hombre le vuelve a besar los nudillos. Oculta la sonrisa. El sinvergüenza oculta la sonrisa. Quiere decírselo. Quiere decirle que la gordita esa con la que está no tiene ni un codo, ni un dedo, parecido a aquellas bestias engendradas por un Dios lascivo y por unas cuantas cirugías estéticas. Pero, con diplomacia, calla el comentario y sigue besando sus nudillos. Parece aceptar la fealdad de su compañera, y la propia. Pero, por algún motivo, parece que lo que no está dispuesto a aceptar es aquella negativa. Sigue besando sus nudillos. Lo hace ahora con la compenetración suficiente como para justificar su demora. Pero piensa. Entre beso y beso el hombre piensa. Se nota que se está reagrupando bajo otro estandarte. El tipo pasó la pelota para atrás. Y no lo hizo por cansancio o porque no se animó a enfilar hacia delante. No, viejo. El tipo la pasó para atrás para frenarla, recambiar el aire, ver la cancha entera y definir la jugada.
La mira a los ojos. –Con esto estás diciendo que no confiás en mí.- lanza.
El torpedo estalla dentro de las costillas de la mujer. –No, amor—
–No confiás en mí. Es así.- insiste, soltando su mano y perdiendo su mirada en la calle.
Ella busca nuevamente entrelazar sus dedos con los de él. –No es así. Es que me da cosita.
El hombre la mira a los ojos. Vuelve a besarle los nudillos. Suspira. Teatral el muchacho. –Siempre va a haber cosas que nos den cosa.- postula, con una elección de palabras algo chapucera- Pero la idea es hacerlas juntos. Entre nosotros. Para nosotros.- agrega, levantando un poco la puntería.
–No sé…- flaquea ella.
El hombre sonríe. –Aparte sabés que yo no… que… bueno… que lo mío no es algo para estar orgullosos…
–Ay, tonto.- ríe ella.
Otro nudillo, otro beso. –No me voy a quemar en Internet.
Ella mira su reloj. Él la imita. Yo también. Son las cuatro de la mañana. Como con un acuerdo implícito los dos se levantan de la mesa. El resto de las parejas empiezan a pararse también, rescatadas del fastidio de la espera. La mujer agarra el celular con camarita de la mesa. –Prometeme que sólo vamos a ver el video nosotros dos.- pide ella.
Él la besa, pero esta vez en la boca. –Lo prometo.- le dice para agarrarla de la mano y caminar los dos hacia la puerta. Y así es nomás cómo la habitación de un telo va a ser habitada, otra vez, por gemidos y mentiras.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Esperando el pernocte.

Yo, que he visto en lo profundo de la miseria y de la virtud humana, yo que he descubierto al aburrimiento y al deseo agarrados de la mano, yo que atiendo al barcito de una YPF que está al lado de un telo, yo, digo, he visto todo.
Y cuando digo todo, créanme, digo todo.
Las parejas esperan acá, desesperadas, a que el reloj dé las cuatro de la mañana. Sus conversaciones insostenibles se invaden de bostezos. Sus caricias ya los molestan. Pero siguen acariciando al cuerpo del otro, toscos, aburridos. Creo que lo hacen para mantener el ambiente. Si me preguntan a mí, no sé qué ambiente pueden mantener en el barcito de una YPF. Muchos se quedan dormidos esperando, sin ir más lejos. Y mejor tampoco vayamos más cerca porque esos dos gordos putos me están mirando con cariño.
Sí. Dos gordos putos. Nunca una pareja de lesbianas suizas dolorosamente atractivas puede mirarme con cariño. No. Tienen que ser siempre esos dos gordos putos. Jetones, encima. Pero, bueno, calculo que es lo que me corresponde. Si yo tuviera simetría en la cara o en las ideas no estaría atendiendo un barcito de una YPF a las tres de la mañana los fines de semana.
No estaría viendo cómo las parejas miran, con fingido disimulo, a otras parejas, deseando y apiadándose de lo que no tienen. No estaría observando con atención. No estaría recompilando sus historias. Porque este, damas y caballeros, es el diario del peor momento de dos personas. Tres, si la hicieron bien. Este es el diario de aquellos pobres desgraciados que esperan al pernocte. Estas son sus historias.
Vuelos Madrid Ámsterdam