miércoles, 13 de febrero de 2008

Iré a un lugar donde el cielo no esté arañado por cables y por bocinas. Donde el viento no esté poblado por pasitos de oficinistas, y por las motos de los deliverys perdiéndose en la noche.
Iré a un lugar donde la tierra sea acariciada por ríos y arroyos y no por subtes y colectivos. Donde las estrellas no sean castradas por la oscuridad de la ciudad.
Iré a este lugar y volveré. Nos leemos en 15 días y monedas.

lunes, 11 de febrero de 2008

Atrapado en un espiral de ecos

Redefinir el mar implica, sin dudas, redefinirse. Siempre dije que acá se despliegan las crónicas de aquellos desdichados que esperan hasta las cuatro de la mañana para irse a pernoctar al albergue transitorio vecino. Pero son casi las cinco menos diez y ella entra al barcito de la YPF. Ella, mi amor imposible. Cecilia. Y entra sola.
De repente, mi corazón es demasiado grande para las modestas dimensiones de mi pecho y, con cada latido, me empuja las costillas para afuera. Con cada paso que ella da hacia el mostrador, sola, por primera vez sola, aparece un amigo dándome ánimos.
–¡Vamos, viejo!- alienta el primero.
–Está bárbara, tenías razón. ¡Vamos Donato, viejo y peludo! ¡Vamos que vos podés!- apoya el segundo.
–Suerte.- anima el tercero. El tercero es Facundo, un pibe de pocas palabras pero buen pibe.
–¡Póngale huevo mi querido Donato, porque si no la agarrás yo te mato!- tararea el cuarto.
El quinto se le suma y levanta la mano mientras canta. –Olé olé, olé olá, Donato hoy va a ganar. Olé, olé, olé olá, Donato hoy—
Pero mi corazón da otro burdo latido y le pego sin querer un costillazo. Cae desmayado al suelo. Y ella no deja de venir hacia mí mientras el mundo de la música se conmociona al enterarse que los míticos Simon & Garfunkel se reconcilian en un barcito de una YPF en la Argentina a las cinco de la mañana de un domingo, nada menos que con la hermosa canción Cecilia. En medio de este desconcierto, ella me dice algo pero no logro escucharla. Después de todo, el barcito está lleno de amigos míos cantando canciones de cancha, de científicos perplejos por mi corazón gigantesco, por paramédicos atendiendo a mi amigo desmayado, por Simon & Garfunkel que ahora pasaron a tocar Mrs. Robinson entre los flashes de los fotógrafos y las preguntas ansiosas de los periodistas que no tienen el decoro de esperar a que termine el recital y algún que otro gritito histérico de unas señoras de cincuenta y tantos años y, finalmente, los de Guiness que quieren medir mi corazón para incuirlo en su lista de récords.
–Pastillas de frutilla.- repite ella, con esa voz tan dulce que podría derrumbar a una ciudad entera.
Sonrío. –¿Te gustan?
Ella me mira. Yo quiero tomar veneno, quitarle el seguro a quince granadas y ponerlas en mis bolsillos para acostarme debajo de una guillotina. Cecilia, en cambio, frunce la nariz. –Sí, me gustan. Ese el fin de comprar algo, ¿no?
–Es que no puedo… Es que siempre comprás…- balbuceo- Pero nunca...
–¿Nunca qué?- ayuda ella, y creo amarla por eso.
–Nunca viniste sola.- completo.
Cecilia sonríe y señala a un coche en la estación de servicio. –Hoy salí con las chicas.
Individualizo el coche y asiento con la cabeza. –Ah, bien, muy bien. ¿Por dónde?- pregunto. Ella me dice el nombre del bar y la mitad de mi cerebro me sugiere contarle que no sé dónde queda y la otra mitad me recomienda decirle que sé cuál es, porque para una mujer como ella un hombre sin experiencia, sin noche, no es hombre. Como siempre me pasa cuando estoy nervioso, escucho al lado más imbécil. –Ah, lo conozco. Está bueno.- miento.
–Ah, ¿sí?
–Sí. ¿Y la pasaron lindo?- desvío.
–Sí, pero había que cargar gas y, bueno, pastillitas de frutilla.
–Pastillitas de frutilla.- repito, sonriente, con todo mi instinto, desde adentro, pateándome la boca para adelante, para besarla.
Ella gira hacia la estación de servicio. –Creo que ya terminaron.
–Ya terminaron, sí…- confirmo. Por dentro me estrangulo gritándome que soy un imbécil, que como no sé qué decir me limito a ser el eco de sus palabras.
Cecilia guarda las pastillas en su cartera. –Bueno, nos vemos.
–Nos vemos.- digo, atrapado en un espiral de ecos.
–Nos vemos, Donato.- agrega, hermosa.
–Cecilia…- me apuro a despedir.
Y se va, llevando por los hombros a mi alma. Paso el trapito por el mostrador cuando la certeza me llega tarde, traicionera y dolida. El bar al cual había ido ella queda a treinta cuadras. Hay seis estaciones de servicio entre ahí y acá. Simon & Garfunkel tocan ahora The sound of silence. Apropiado.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Redefino al mar.

Mi padre decía que a nadie le gusta el mar. Lo que nos atrae, sostenía él, es el sonido de las olas rompiendo, la arena escurriéndose entre los dedos, el olor, ese olor mordaz y calmo, los vaivenes de las tonalidades, el sol, a veces pícaro y a veces jazzero, y las gaviotas, aquella pareja abrazada sin decirse una palabra, y el niño haciendo un castillo, el sentimiento de que una ola estalle un metro arriba de uno, que nos arrastre, y la espuma abandonada en la costa como si fuera los restos frágiles de un ser inacabable.
Mi padre decía que no podemos lidiar con lo inmenso. Nos involucramos, de esta manera, a través de las particularidades de lo que nos resulta descomunal. Fragmentamos para poder tolerarlo, para poder aprehenderlo. A nadie le gusta el mar, insistía él; nos gustan estas pequeñeces que paren en nuestro pecho al mar.
Uno fragmenta para entender, para delimitar. No por nada las cosas tienen nombres y no andamos señalando acá y allá. Si llamo a la roca como roca tengo cierto dominio sobre ella. Es parte de mi lenguaje y deja de ser algo ajeno a mí. Uno fragmenta para entender y para dominar, dos términos que pueden ser tanto sinónimos como antónimos.
Y eso es lo que me paso haciendo acá, atrás del mostrador. Fragmentando a la miseria, al deseo y la angustia humana mientras las parejitas esperan a las cuatro de la mañana. Los veo y fragmento, como acto reflejo. Gays, lesbianas, heterosexuales, aburridos, de trampa, insípidos, un viejo con una pendeja, un trío, sadomasoquistas, hippies, oficinistas. Lo que sea. Los veo, prejuzgo por dos o tres elementos, y los ato a estas denominaciones. Es el acto reflejo surgido por estar toda la vida llamando roca a la roca.
Pero mi padre también decía que, de vez en cuando, un fragmento –ya sean las gaviotas o la espuma abandonada en la costa– puede contener al mar entero dentro de sí mismo. Y al contemplar a este fragmento uno redefine al mar.
Hoy redefino al mar.
Esperan en la mesa del fondo una mujer y un hombre sin brazos. A mi mente no le queda otra para lidiar con la inmensidad de esta imagen más que ponerse a fragmentar.
Lo primero que me surge hacer es preguntarme quiénes son. Me digo que ella es una prostituta. Después se me ocurre que eran novios desde hacía bastante y él sufrió un accidente en el cual perdió los brazos. Pero creo que estas posibilidades son nefastas. Son las primeras que se me ocurrieron. Son sentido común. Pero el sentido común es una construcción y mi arquitecto debe ser un desalmado. Debe serlo. Ambas posibilidades postulan que el hombre sin brazos no puede ser amado, ya que até a la mujer primero a la prostitución y, luego, al pasado de ese hombre.
Me pregunto, entonces, no quiénes son sino qué pasará por sus cabezas cuando son. Qué pensarán cuando ella lo abraza y él cierra los ojos. Cuando él se encorva y gira y se repliega para explorar el cuerpo de ella con su boca.
Pero algo en mí me advierte que sigo llamando roca a la roca. Que me detengo en la particularidad. Y que este hombre fragmentado no puede ser fragmentado. Que en el abrazo de ellos dos pueden existir todos los abrazos juntos. De la misma manera que no. De la misma manera que puede ser un tipo y una mina más. Así como el océano puede invocar un sentimiento de hogar, de poesía y de noche, o puede ser mucho agua junta nomás. A veces, creo, la roca se ve limitada porque la llamamos roca y a veces la roca es porque la llamamos roca.

lunes, 4 de febrero de 2008

Todo comunica.

Todo comunica. La expresión recorre, ineludible, a nuestros cuerpos, a cada una de nuestras muecas, miradas, palabras y los tonos con las que las pronunciamos e, incluso, recorre a nuestros silencios. Porque, allá, esos dos, sentados lejos en esa mesita de la esquina, no puedo escuchar qué están diciendo pero no me hace falta para saber de qué están hablando.
Ella le agarra las manos y le confiesa que quiere hacer el amor toda la noche. Él sonríe, divertido, para besarle las manos y mirar hacia otro lado, consciente de la imposibilidad de satisfacer aquel deseo. Ella insiste, casi enamorada. Porque no quiere tener sexo. Quiere que le hagan el amor, diferencia. El hombre, en cambio, suspira. –Veremos…- dice, fingiendo un aire de misterio que finalice la conversación.
–Quiero eso.- reitera la mujer, quizás con un tonito aniñado.
Él se suena el cuello. O, al menos, eso intenta. Se dice que a ella no le alcanza con que la haya invitado al cine y a cenar. Que no le alcanza con ir, hacerlo y a dormir como corresponde. No. Siempre quiere algo más. Maldito complejo de castración, musita, tal vez recordando alguna clase de Psicología del CBC. Porque el pibe tiene pinta de estudiar eso. Letras o algo así sino. Ella insiste y él le pasa la mano por la mejilla, casi paternalmente, mientras asiente con la cabeza. Es propio del hombre querer darle el mundo a su mujer y es propio de ella desear el universo.
–Veremos…- vuelve él- Veremos.
Ella sonríe y su rostro se ilumina. –Toda la noche.- insiste, con esa dificultad que tienen algunas mujeres para acabar, dificultad que llevan a la conversación para girar una y otra vez sobre lo mismo.
–Pero eso no depende tanto de mí.- retruca él, abandonando el aire misterioso de esa única palabra repetida como en un encantamiento.
La mujer frunce el ceño. –¿Cómo?
Él mira el reloj. Calcula el tiempo que los aparta de las cuatro de la mañana. Analiza si es viable decírselo y empezar a discutir. Se pregunta cuánto tiempo tendrán para plantearse el tema y hacer las paces antes de que den las cuatro. Se dice si valdrá la pena. Suspira y decide arriesgarse. –Que tenés que buscarme. Eso. Sino, se complica.- balbucea, con la mirada huidiza.
Ella lleva una mano a su pecho. –¿No… no te caliento?
Él se suena el cuello. O, al menos, eso intenta. –Sí… Pero también tenés que hacer algo.
–¿Cómo? ¿Qué hago mal?
Mira hacia la ventana, buscando coraje. –Es que no hacés nada. Esperás que uno se baje los pantalones y listo.
Ella se le acerca. –Yo hago otras cosas…- dice, con una sonrisa algo pícara.
–Si yo te hago hacerlas.- observa él- Y no funciona así. No es como te venden esas revistas que leés y ese feminismo adolescente que no es otra cosa más que un machismo contrapuesto. La misma estupidez pero invertida. No es así. No es que la sexualidad del hombre es instantánea y burda. Que la sexualidad de la mujer es una obra de arte y la del hombre, apenas funcional. Que el hombre debe erotizar besando, acariciando, tocando y susurrando al oído mientras que la mujer debe erotizar sólo con su cuerpo desnudo, o tal vez con algo de lencería.
Ella frunce el ceño. –Pero… ¿No la pasás bien conmigo?- pregunta, confundida.
–Sí, sí. Pero al pensar y tratarme como que soy funcional me volvés funcional. Uno y a dormir. Te tengo novedades: así no va a ser toda la noche.
La mujer levanta las cejas. –Esas no son novedades.
–¿Pero qué querés? Si no hacés nada para buscarme.- retruca él- Esa es la verdad. Y no te pasa a vos sola. No pienses mal.- tranquiliza- Si me preguntás, esto pasa por poner a la mujer como único objeto de deseo multitudinario. Porque así es como te comportás, y como se comportan muchas. Como un objeto al cual debo desear. No como alguien sexual. Sino como la finalidad de lo sexual. Algo a lo cual se debe llegar. Que el chamuyo y el juego previo sean encarados por el hombre para llegar a la mujer es un claro ejemplo. No me digas que no. Y te juro que, en determinado momento, irrita. ¿Vos tenés idea la cantidad de monosílabos que me decías mientras nos conocíamos por MSN? Miles. Yo sólo preguntaba. Yo sólo proponía temas de conversación. Yo sólo avanzaba. Pero, bueno, son las reglas del juego. Uno debe insistir y subir todos estos escaloncitos hasta llegar a ustedes en ese estúpido pedestal en el que están. Así que, si me querés pedir toda la noche, es tu turno bajarte del pedestal y ensuciarte un poco.
Ella frunce sus labios. Los mismos pueden contener un insulto, una aceptación o una nueva postura. La miro. La miro cuidadosamente. Sus labios se pliegan, anticipando la primera palabra. Pero un hombre gordo se para delante de ella y no puedo verla. Todo comunica salvo la censura.
Me inclino hacia un costado, pero el hombre es en verdad enorme y la sigue tapando. –Maldita comida chatarra.- insulto.
Cuando el gordo termina de incorporarse, se va del barcito. Miro al reloj. Ya son las cuatro. Miro a la pareja. Permanecen en silencio. Intento buscarle un sentido a su silencio cuando giran hacia el reloj. Se levantan y salen del local.
Nunca sabré cómo terminó esa conversación sobre lo esquizofrénica que es nuestra sexualidad, sobre las multitudes que hay entre dos personas en la cama. Nunca sabré, tampoco, si hablaron de estas cuestiones o si hablaron de lo bueno que estaba un capítulo de Alf.