miércoles, 10 de septiembre de 2008

Darkness my old friend

Escucho unos pasos. Alguien se acerca. El sonido de metal oxidado deslizándose sobre otro metal oxidado irrumpe en el silencio. Una luz apuñala a la oscuridad. Me arrojan un plato con comida en mi celda. Otra vez, ese sonido rápido y desgarrado. Y, de nuevo, estoy entre la oscuridad y el silencio.
Tanteo en el piso y me arrastro hasta ahí. Llego al plato. Empiezo a comer, desesperado. No tengo idea qué es lo que estoy comiendo pero no importa.
Unos pasos. Se acercan. Mierda. Nunca hay unos pasos tan rápido.
–Me vienen a sacar el plato.- gruño. Trago todo lo que puedo. Abren la puerta. La luz me ciega. Cierro los ojos. –¿Qué… qué pasa?
–Quiere hablar con vos.- me dice una voz.
Dos manos me levantan y me arrastran por el pasillo verde por el cual me habían traído. Me dejan sobre una silla. Aún me cuesta abrir los ojos. Pero, así y todo, puedo reconocer quién está delante de mí.
–Donato.- me recibe, fumando. No lo puedo ver pero puedo sentir el olor a tabaco impregnando al aire.
Una esperanza empapa a mi pecho. –¿Me vas a dejar ir?
–Donato, es sencilla mi propuesta.
Niego con la cabeza. –No.
Siento el ruido del fuego consumiendo el tabaco. –¿Todo este tiempo y no la volviste a considerar?
–Por favor, dejame ir.
–Donato, Donato… Es sencillo. Vos mismo lo dijiste una y otra vez. Las parejas que ves en ese barcito son anémicas. No saben de qué hablar. No saben confiarse sus deseos. Creen estar juntos pero están a kilómetros. La mesita de los quinientos kilómetros, ¿te acordás? Van al bar a bostezar antes de entregarse a la pasión, lo cual hacen sólo por el compromiso que eso requiere en una pareja. Porque te aseguro que preferirían terminar de dormirse. No pido mucho, Donato. Sólo te pido que a esos anémicos les dejes mi tarjeta. Les estoy haciendo un favor.
Quizás lo que estoy por decir se traducirá en otra temporada encerrado en esa celda oscura. Pero inflo el pecho. –No voy a volver ese barcito en una franquicia del Infierno, en un lugar donde puedan cambiar almas por pasión. Quiero creer que estamos llegando al fin del gris, al fin del tedio, y todo va a explotar. La gente va a despertar.
Sus labios esbozan una sonrisa. –Donato, Donato… Una lástima.
–¿Vuelvo a la oscuridad?
El Diablo asiente con su cabeza. –Sí, volvés a la oscuridad.
Dos manos me agarran y me arrastran por pasillos y escaleras. Me arrojan en una vereda. Cierran la puerta. Me paro. Sacudo mi ropa. Ahí está el barcito. Veo, a través de la ventana, a una pareja bostezando mientras miran aburridos a sus gaseosas. –Sí, volvi a la oscuridad.