jueves, 28 de agosto de 2008

Diálogo

–¿Yo te gusto?
–¿Cómo?
–Si yo te gusto.
–Claro que me gustás.
–Físicamente digo.
–Claro. ¿Por qué preguntas?
–Quiero que me digas la verdad.
–Te la estoy diciendo.
–Mirá que no me enojo.
–Te digo que te estoy diciendo la verdad.
–¿En serio?
–En serio. ¿Por qué preguntás?
–No, nada. Una tontera.
–No es una tontera eso.
–Sí, dejá.
–Decíme por qué.
–Nada, te vas a enojar.
–No me voy a enojar.
–Es que te vi mirando…
–¿Cómo?
–Te vi mirando.
–¿Cómo que me viste mirando?
–Sabés lo que digo.
–Me viste mirando.
–Y mucho, aparte. No me gusta eso.
–No sé. La verdad que no me di cuenta.
–Por eso, ¿yo te gusto?
–Sí que me gustás.
–¿Y por qué mirás?
–No sé.
–Bueno, está bien.
–No sé, no me di cuenta te digo.
–Bueno, yo si me di cuenta.
–No sé a qué querés llegar.
–No te hagas.
–No me hago.
–Sí, no te hagas la víctima.
–¿A qué querés llegar?
–Que no me gusta que estés conmigo y andes mirando así.
–¿Así cómo?
–Como antes me mirabas.

jueves, 21 de agosto de 2008

Pushing Daisies

A veces me gusta creer que ciertas fantasías se trasladan a la realidad. En especial, las más agradables. Dudo que nos agrade que extraterrestres asesinos nos acechen o gigantes iracundos aterroricen nuestro barrio. Pero, en el fondo, siempre me hubiera gustado encontrar a ciertos personajes. Escuchar esa musiquita de fondo. Esa elegancia en los decorados y la vestimenta. Esa ocurrencia en los diálogos.
Cuidado con lo que deseas, clama un conocido refrán, porque te lo pueden cobrar.
Y ahí están nomás, ellos dos. Me froto los ojos una y otra vez. Pero permanecen en el bar. Finalmente pasó. Finalmente una fantasía agradable se permeó en la realidad.
Se trata del hombre y la mujer de Pushing Daisies. Serie maravillosa si las hay. Aventura fantástica que une a Amelie con Tim Burton, a los cuentos de hadas con las series forenses, al género de policial negro con el género musical.
No está, como en la serie, ese maravilloso narrador con su elección peculiar de palabras, contándonos intimidades de los personajes, a veces en verso y a veces no. No está esa musiquita a lo Amelie de fondo. Pero están ellos dos. Ned y Charlotte.
Ned, es un pastelero que de niño descubrió poseer un extraño don. Si toca a alguien fallecido, lo revive. Si lo toca de nuevo, vuelve a estar muerto. Y esta vez es para siempre.
Un detective de mala muerte descubre su peculiar habilidad y decide usarlo para resolver casos. Sencillo el asunto. Tocan al fallecido, les preguntan quién los mató y los devuelven a la muerte. Si no lo hacen, alguien más morirá en su lugar.
En esta carrera Ned da con el cadáver de Charlotte. Su amor de la infancia. Con una leve caricia en su mejilla la revive y, entonces, revive él todo lo que había sentido por ella tiempo atrás. Se rehúsa a tocarla de nuevo. Charlotte, por ende, permanece con vida.
Y se enamoran, perdidamente, como cuando eran niños. Dos enamorados que no pueden tocarse. Ni un beso. Ni una caricia o abrazo. Pues el más mínimo roce la devolvería a la muerte.
Y ahí están. En el barcito. Pasaron dos horas y media mientras esperan para tener sexo y no se tocaron ni una vez. Ni una caricia o beso.
Dan las cuatro. Se levantan y se van. Ni se sostienen de la mano. A veces la fantasía es necesaria para escapar al mundo. A veces, para cambiarlo. Y, muchas veces, para disculparlo.

jueves, 7 de agosto de 2008

En sus propios silencios

Su rostro entero es una represa. Tensionado cada músculo. Los labios tiemblan. Sus ojos están abiertos para poder ver dónde está, sentada sola en un barcito a las cuatro de la mañana, para poder ver que ese no es un buen lugar donde llorar.
Una lágrima desvirga a su cara. Su caricia es incierta, con la duda propia de una amante primeriza. Pero pronto el candor es eliminado por una mano rápida y fría, una mano que comprende que debe eliminar todo rastro de esa lágrima para no incitar a otras.
La mujer permanece en silencio. Toma un trago de su café. Pierde la mirada en la ventana. Alrededor suyo parejas se besan y acarician y bostezan. Un hombre traza pequeños círculos sobre la mesa con su dedo mayor. Se pasa la lengua entre los dientes hasta chasquearla contra su paladar. –Pobre.- dice.
–¿Quién?- responde su novia.
Él levanta la mirada para señalar a la mujer con la cabeza.
Su pareja gira, sentada. La estudia de arriba a abajo con la mirada. Vuelve hacia su novio. –Pobre.- repite.
–Me da cosita. Siempre me dio cosita ver una mujer llorar.- dice él. Ahora traza círculos con sus uñas, desplegando sus dedos al fin de cada uno. Baja la mirada. Detiene la mano. –Me dan ganas de abrazarla.
–Y a mí me dan ganas de irme.
–No seas tonta.
–No somos pichoncitos con el ala quebrada que sólo podemos remontar vuelo estando en la mano de un hombre.
Él levanta la mirada. –¿Y eso de dónde salió?
Ella se encoje de hombros y mira hacia otro lado.
–No es eso.- insiste él- Sólo, no sé, me da ternura.
–Sí, ternura. Justo eso es lo que te da.
Él se pasa una mano por la cara. –¿De qué hablás?- refunfuña, con esa mezcla de necesidad y odio de quien necesita escuchar lo que supone.
–Nada.
–Nada. Eso es. Me da ternura. Pobre, ahí, sola, a las cuatro de la mañana. A punto de llorar.
La mujer toma un trago de gaseosa. –Dejala ahí.
Él suspira.
Ella levanta sus cejas y en esa mínima acción hay una caravana de reproches. Quiere gritarle que son las cuatro de la mañana, que ella quiere ser la protagonista, que qué anda mirando a otras, que deberían haberse quedado más tiempo bailando en vez de ir a esperar en un barcito al lado de una YPF. –Dejala ahí.- simplemente dice.
Él traza círculos sobre la mesa con su dedo mayor. Se suena el cuello. En esa acción se esconde un desfile de protestas. Quiere retrucarle que es una estupidez que compita con esa mujer, que hay maneras más apropiadas para contestar, y más aún a esa hora de la noche donde del cansancio al odio hay tan sólo un paso. –La dejo ahí.- repite él.
Nadie musita siquiera una palabra. Él traza círculos sobre la mesa con su dedo mayor. Ella toma un trago de gaseosa. Y la mujer, a unas mesas, amputa a su segunda lágrima. Los tres permanecen suspendidos en sus propios silencios.

lunes, 4 de agosto de 2008

Voyeurista introspectivo

Tres y media de la mañana. Y acá están. Dos amigos que comparten una charla entre bostezos y tragos de gaseosa. Son los únicos acá que no se suman a la ridícula espera de quienes aguardan al pernocte. Quizás sea por esa rebeldía adolescente de quedarse despiertos hasta las últimas instancias de la noche. Curiosa manera de contraatacar a la autoridad paterna que delimitaba cuándo correspondía irse a dormir.
Uno de ellos entrecierra los ojos. –¿A quién te gustaría ver haciéndolo?- larga.
El otro asiente con la cabeza, sonriente. Una pregunta interesante es la mejor muletilla para dar un paso fuera del tiempo. –Uy, me encantaría eso.
El pibe golpea con sus palmas a la mesa. –¡Por eso te lo decía, papá!- se jacta.
–No sé. A tantos. Me gustaría ver sus cuerpos. Qué dicen. Cómo actúan. Qué caras ponen. Cómo gritan. Si cambian sus personalidades. Si quien habla mucho se limita en lo que hace o si quien parece mucha timidez es una fiera.
–Sería bueno, ¿no?
Sigue asintiendo con su cabeza. –Vería a todo el mundo casi.
–¿Flacos también?
–Flacos también.
El pibe larga una risa estridente. –No te puedo creer.
–Me gustaría ver como es cada uno en la cama, no sé.- se disculpa el otro- ¿Y vos?- desvía.
El otro agarra el vaso. –¿Y yo qué?
–¿A quién te gustaría ver haciéndolo?
Él toma un trago de gaseosa. Deja el vaso sobre la mesa. Recorre con la mirada a las parejas que pueblan la madrugada de este barcito. Respira profundo. –A mí.