miércoles, 30 de abril de 2008

La inesperada (II)

Todas las posibilidades se retuercen en tan sólo un instante.
Que esta mujer quiere dinero. Que quiere que deje de escribir. Que quiere acostarse conmigo. Que quiere vengarse porque narré su historia injustamente. Aunque no recuerdo haberlo hecho. Una mujer así es imposible de olvidar. Que quiere destruirme. Que quiere amarme. Que quiere algo que seguramente yo no quiero.
Las posibilidades siguen desplegándose y desplegándose. Pero ella es, lo dije y lo repito, la inesperada.
–¿Chantajearme?- pregunto.
Ella asiente con la cabeza. –Chantajearte.- corea- Tengo impresos tus textos y pienso ir dándoselos pareja por pareja. Si a una no le gusta darse cuenta algunas cosas de su novio, ¿pensás que le gustaría que medio mundo sí lo haga?
Me rasco la nariz. –Bueh, medio mundo… Tanta gente no entra al blog.- comento, para desviar la atención y ganar tiempo.
La mujer no cae en la trampa. –Donato, yo quiero—
–No sé tu nombre.- interrumpo, ingenuo, creyendo que el hecho de conocernos y generar confianza demolería cualquier posibilidad de chantaje.
Ella sonríe. –Nadia.- se presenta- Ahora sí, Donato…- reitera- Lo que quiero es sencillo.
Las posibilidades siguen estrangulándose en mi cerebro.
–¿Sí?
–Sí.- responde- Quiero estar acá.
Quiere estar acá.
Suspiro. –¿Y eso vendría a ser…?
Su rostro adopta cierta timidez. –Quiero que escribas sobre mí.- me confía.
Asiento con la cabeza lentamente para terminar encogiéndome de hombros. –¿Y no te podías aparecer con un novio y sin chantaje de por medio?
–No entendés. Quiero ser tu musa.
–Mi musa.- repito.
Ella sonríe. –Quiero aparecerme en tus relatos. Que escribas sobre mí. Así como escribís sobre esa Cecilia. Que, dicho sea de paso, no me gusta ni un poco.
Golpeo a mi paladar con la lengua. –Mirá, no te puedo prometer nada pero seguro que si venís acá con tu novio…- insisto- Aunque sería como forzar la situación—
–No quiero eso.- retruca.
–Yo tampoco quiero forzar nada.
Nadia ríe. –No. No quiero venir acá con mi novio. Imaginátelo. Seguro podrás hacerlo. Y seguro lo vas a hacer. O todos acá se van a enterar de lo que hacés mientras pretendés limpiar el mostrador. Y yo creo que te van a linchar, Donato. Y que te van a despedir.- increpa, con una dulzura que contradice sus palabras. Levanta sus cejas y esos ojos grandes me devoran. –¿Qué pensás?
–¿Qué pienso…?- balbuceo mientras me rasco el mentón- Pienso que tenés serios problemas.
–¿Problemas?
Asiento con la cabeza. –De vanidad. Y de inseguridad. Pienso que tenés la fantasía de ser la minita de Titanic que posa desnuda ante un hombre que la pinta, que la venera. Querés subirte a un pedestal. Y a un pedestal inmaterial, aparte. Un pedestal cómodo, seguro, distanciado. Sin la posibilidad que te vean, que te toquen. Sin la posibilidad de sentirte vulnerable. Porque lo que querés sentir es ser objeto de deseo pero de un deseo imposible de concretar. Porque lo inconcretable permanece inalterable. Permanece eterno. Lo inconcretable no te descarta, no te rechaza. Tu mundo es meramente masturbatorio. Y ni siquiera sos original en esta estupidez. El mundo está saturado de voyeuristas inversos. Eso pienso.
Ella permanece en silencio. Me pide unas pastillas de frutillas pero no respondo con ningún movimiento. Tan sólo la miro. Da un paso hacia atrás, y luego otro. Y luego otro. Hasta salir del barcito.
Suspiro. –Creo que decir lo que se piensa realmente sirve.- musito.
Y entonces la veo, afuera, en la ventana. Saca una hoja y la pone contra el vidrio. De un tachito le tira encima algo que pareciera engrudo y la presiona fuerte. Las parejas que están adentro giran hacia ella, confundidas. Empiezan a leer. Salgo corriendo, desesperado.

domingo, 27 de abril de 2008

La inesperada

Mientras finjo limpiar el mostrador para escucharlos me imagino que ella debe estar asintiendo con la cabeza, quizás no muy convencida. –Está bien.- dice la mujer al fin.
El hombre debe estar refregándose las manos, como un niño en los minutos previos a Navidad. Aunque seguramente su sonrisa es mucho menos inocente.
La mujer, tal vez, se muerde una uña. –¿Y qué le digo?
Él se echa atrás en la silla. –Que estás estudiando, que querés saber cómo le va en el casamiento. No sé, sacale charla.
Me imagino que ella vuelve a asentir. –No sé porqué te calienta tanto que hable por teléfono con mi novio mientras lo hacemos.
El hombre, sin dudas, sonríe de nuevo. –¿Me vas a decir que a vos no te calienta?
–Unas pastillas de frutilla, por favor Donato.- contesta la mujer.
No, no es su voz.
Unas pastillas de frutilla.
Pero tampoco es la voz de ella. De mi amor perdido.
Por favor, Donato.
Sabe mi nombre.
Subo la mirada lentamente, desconfiado. Y, a la vez, queriendo que sea ella.
Pero no lo es.
Es la inesperada.
Una morocha con aire de interminable en la mirada, y en el escote. Una mujer que parece perfumada de noche y de océano. Una mujer que, eufemismos aparte, evoca en nuestro cuerpo el instinto criminal de saltar por encima del mostrador para hacerla nuestra. He generalizado para sentirme menos violador, sepan entender.
–No me acuerdo tu nombre.- balbuceo. Imbécil, como siempre imbécil.
Ella sonríe. –No tendrías porqué. Nunca te lo dije.
–¿Pero vos me conocés…? Me dijiste Donato.
La mujer asiente. –Conozco tu nombre, y tu blog.
Empalidezco. Hay algo en su sonrisa que me hace empalidecer. Algo poco inocente, como en la sonrisa de aquel hombre que se refregaba las manos.
Ella señala al papelito que está pegado en el mostrador. –Un carnaval ignorado no es un carnaval. ¿No?- dice, sonriente. Desde donde está parada no se puede leer. Tan sólo quiso demostrar que sabe de lo que habla.
Yo, apenas, asiento con la cabeza. Un enanito pesimista sobre mi hombro izquierdo me asegura que esta mujer trae intenciones macabras. Un enanito optimista sobre mi hombro derecho me alienta que me buscó, tal vez, por amor.
La mujer levanta sus cejas. –¿Me podés creer que fui de telo en telo buscando cuál tenía una YPF al lado? Supuse igual de qué zona eras...- me confía.
El enanito optimista sonríe, engreído.
–Todo un esfuerzo.- reconozco- ¿Y se puede saber por qué?
Ella se me acerca y me mira con esos ojos grandes. –Porque te quiero chantajear, Donato.
El enanito pesimista prende su diminuta pipa y echa, complaciente, una bocanada de humo al aire.

miércoles, 23 de abril de 2008

El pacto sexual

–¿Cuál es tu obsesión con eso?- dice ella, echándose atrás en la silla.
Él busca retenerla. Intenta agarrar sus manos pero la mujer se las quita. Entonces las palmas de él recorren la mesa, tal vez para no evidenciar el rechazo que sufrieron. Se detienen en el tarrito con sobres de azúcar. Agarra uno y lo estruja. –¿Y cuál es tu obsesión con lo otro?- increpa.
La mujer sonríe. Lleva una mano a su pecho. –¿Mi obsesión?
El hombre asiente. –Ajá, ajá.- murmura, para darle cuerda al reclamo que espera en su garganta. El sobrecito de azúcar pide como puede auxilio a sus compañeros en el tarrito, que lo miran con una aterrada inmovilidad. El hombre respira profundo. Intenta, tal vez, calmarse. –Porque vos también venís una y otra y otra vez con lo mismo.
El rostro de la mujer se remonta a las geografías demoníacas y asesinas de Johnny Deep en el final de Sweeney Todd. –Pero yo no propuse ese pacto sexual.- dice apenas.
El hombre deja el sobrecito de azúcar a un costado. Sus compañeros del tarrito, cuando creen que la pareja no los está mirando, van a socorrerlo. –¡Una ambulancia!- grita uno.
–¡Una ambulancia!- corea otro.
El sobrecito se percata de la escolta de granitos de azúcar que está dejando atrás. Sabe que no llegarán a tiempo para una transfusión. Sabe que nunca realizará su sueño de endulzar el café de una chica parecida a Amelie. Sabe que no le queda otra más que rendirse ante la noche.
–¿Querés saber algo?- increpa el hombre- Si propuse ese pacto sexual, como vos decís, es porque quiero hacerte feliz.
La mujer asiente. –Hacerme feliz con un pacto sexual así, con un intercambio.- dice. Sus dedos se mueven arrítmicamente. Contiene el impulso de estrangularlo. Los sobrecitos de azúcar, que ahora se echaron sobre la mesa cuando el hombre bajó la mirada, contemplan a esos dedos con un inmóvil terror. La mujer contiene el impulso acariciando su propio cuello. –Una entrega me hace feliz. No una entrega por intercambio. No que lo hagas sólo para poder satisfacer esa obsesión que tenés.
El hombre resopla. –¡Vos también tenés una obsesión, por favor!- se indigna- Que el dedo en la cola, que el dedo en la cola. Y no me gusta que me metas el dedo en la cola.
–Es por un prejuicio machista, que si te relajás—
–No es no.- interrumpe él- No me gusta.
Ella agarra finalmente un sobrecito. Lo recorre con su pulgar de un costado al otro, moviendo el azúcar que tiene adentro. El sobrecito, entre estrujón y estrujón, pide que le digan a Laurita que la ama. La mujer lo pone en la mitad de la palma de su mano y la cierra con toda sus fuerzas. Tal vez imagina que el sobrecito es el testículo de su pareja. –Y vos te pensás que me gusta.- dice, irónica, arrojando el inerte sobrecito a un costado- Pensás que disfruto tragándotela.
Él sonríe. –Es un prejuicio feminista, si te relajás—
–Es un asco.- se adelanta ella, ni un poco divertida por el retruque.
El hombre se encoje de hombros. –Por eso te decía del pacto. Vos hacés eso, yo me dejo lo otro.
La mujer niega con la cabeza. –No me gusta así, preacordado. No me gusta ni un poco.
Las uñas del hombre arañan a la mesa, marcando un ritmo alocado. El terror vuelve a desplegarse entre los sobrecitos. –¡Por favor!- grita uno.
–¡Por favor, escúchense el uno al otro! Reconozcan sus deseos, y sus límites. Y estén dipuestos a dar un pasito más por su pareja. Entréguense a ella. Pero sólo si así lo sienten. Experimenten. No se castren de experiencias. Y den el pasito juntos ya que nada debería ser forzado. ¡Escúchense! ¡Amense! ¡Basta de asesinarnos!- clama otro, de por cierto más elocuente.
Pero el hombre lo agarra y lo destroza sobre la mesa. Sus granitos de azúcar se desparraman por todas partes. La mujer y el hombre se miran en silencio. Sienten que un océano los separa en esa mesita. La dulzura yace asesinada ante ellos.

miércoles, 16 de abril de 2008

Por qué

Ella abre sus ojos. –Me encontraste.
–Te encontré.
–¿Me podés decir qué carajo estás haciendo acá?
La mujer guarda silencio, con sus ojos aún bien abiertos, como si mentalmente revisara todas las respuestas posibles y ninguna la convenciera, como un pez que, fuera del agua, se ahoga.
El hombre mira al otro hombre y la mira a ella. Resopla. –¿No te sale la palabra?- insiste- Cagándome. Eso estás haciendo. Cagándome.
El otro tose. –Pará, tranquilicémonos un poco.- pide.
–Esto no es con vos, flaco.- retruca el hombre para girar hacia ella- ¿Me podés decir por qué?
La mujer se incorpora en la silla y, como si temiera desatar una tempestad con apenas un puñado de palabras, lo pregunta de todas maneras. –¿Cómo por qué?
–¿Por qué? Porque estamos casados. Porque tenemos un hijo. Porque querés sentirte mujer y no madre y esposa. Porque te aburrís. Porque no la pasás bien conmigo. Porque no te digo las mismas cosas que él. Porque no te hago las mismas cosas que él. No sé. ¿Por qué?
Ella respira profundo. Baja la mirada.
El hombre se rasca el mentón. Quizás en esa acción reprime el impulso de agarrar la mesa y arrojarla por la ventana. Mejor, probablemente perdí al amor de mi vida por lo que no tengo ganas de barrer vidrios rotos.
Él resopla. –¿Venías y me dabas un beso después de no sé qué asquerosidad habrás hecho con él? ¿Y a Facundo también?
–No lo metas en el medio.- pide ella.
–¡Está en el medio!- grita él- ¿Por qué? Decíme por qué.
Ella lo mira. –El cuerpo no tiene porqués. Tiene cómos.
–¿Sí? ¿Sí? A ver cómo se te termina entonces.
En tan sólo un instante, mientras lleva su brazo adentro del saco, me digo que tendré que barrer algo más que vidrios rotos.

lunes, 14 de abril de 2008

En él, ella

Mis ojos vuelven a ella. Mi mirada se arrastra, una y otra vez, hacia esa mujer de sonrisa desgarradoramente dulce. Y, cada vez que lo hace, la noche se despereza entre mis costillas. Ella es como la luna que, al despuntar en el cielo, no sólo ilumina sino que erotiza a la oscuridad. Supongo que lo que siento en el pecho es la angustia de no besarla.
Aunque duele, y tiene el sabor a cuando uno tiene algo en la punta de la lengua. Esa sensación a represa constantemente en el instante previo a estallar.
Se para y viene caminando hacia el mostrador. Mi mundo se vuelve más y más angosto con cada paso que da hacia mí. Ella sonríe y es entonces cuando comprendo lo que es el dolor. Se acomoda un mechón de pelo detrás de la oreja y me pide unas pastillitas de frutilla. Se las doy y me pregunta cuánto están. Finjo buscar en una carpeta tan sólo para demorarme en su perfume. Le balbuceo, al fin, el precio y por dentro me estrangulo, gritándome que a una mujer tan cautivadora no se le dice algo tan anémico como unos simples números. No. Se le asegura que desnudaría al cielo de estrellas para hacerle un collar, que hurgaría en lo más profundo de los océanos para encontrar la más perfecta perla, que haría invariablemente la cucharita con ella haga frío o no.
Y es entonces cuando lo veo. Escrito en un papelito, en mi propia letra. Un carnaval ignorado no es carnaval. Respiro profundo y, cerrando los ojos, dejo que las palabras surjan. Dejo estallar la represa. Sin censura. Sin estrategia. Sin nada. –Podría amarte.- susurro, nervioso.
Ella sonríe. –¿Podrías amarme?- repite, divertida. Mira hacia atrás, hacia su pareja que bosteza aburrido en la mesa del barcito, para girar hacia mí. Me señala las pastillitas de frutilla y sonríe con una sonrisa que podría desterrar la noche más oscura. –¿Te acordás el bar que te dije la otra vez?- desliza, como si fuera un secreto.
Frunzo el ceño, confundido. –No. ¿Otra vez? ¿Cuál…?
–No te hagas.- dice- Te espero mañana ahí. Voy con una amiga, por si le querés decir a alguien.
Después de la represa colapsada otra represa aún más grande me circunscribe. Me siento estallar. –¿Qué bar?- insisto.
–Donato, si una no siente que persiste en el cuerpo, en la mente y en la piel del otro no vale la pena sentir.- postula, para girar hacia su pareja. Mientras camina hacia él agita en el aire las pastillas de frutilla.
Quiero gritar. Y desgarrarme en el grito. Pero respiro profundo y me digo que no va a haber noche a la cual treparse para robar estrellas. Ni océanos que hurgar. Habrá ciudad y, en ella, un bar y, en él, ella.

viernes, 4 de abril de 2008

La puerta del bar que se abre

No he muerto. Tan sólo he ido al Infierno.
En el trabajo dije que me encontraba enfermo ya que dudo me dieran unos días por esta excusa metafísica. Luego de cortar el teléfono con semejante mentira, descendí por las escaleras de la línea E del subte que conducen al Abismo.
Una vez ahí, busqué al Diablo. Él me recibió, cordial, en su oficia. Me senté. Me sonrió. –¿Qué puedo ofrecerte, Donato?
Mi vocecita temió salir. –Hay una mujer.
Sus labios se replegaron. –Siempre la hay.- dijo, apacible. Prendió su pipa y me señaló con ella. –La de pastillitas de frutilla.
–Cecilia.- individualicé.
Él asintió con la cabeza. –Cecilia.
Respiré profundo y me animé a ser cursi ante el Diablo. –Esa mujer carnavalea por todo mi cuerpo, aunque lo ignora.
Abrió la boca sin pronunciar palabra alguna. Tan sólo un ballet gris emergió de la misma, danzando lánguidamente antes de entregarse al olvido. Sonrió. –El mundo está poblado de carnavales ignorados.
–Mi deseo no es original pero es auténtico.
Él aceptó asintiendo con la cabeza. –Y ella, Cecilia, si no me equivoco, hace bastante que no se aparece por el barcito de la estación de servicio.
–Exacto. Me desangro en su ausencia.- confesé, ferviente en mi empresa de ser cursi ante la oscuridad.
El Diablo le dio una pitada a su pipa y me recorrió haraganamente con la mirada. –Donato, tenés en claro que soy Lucifer, la voz de Dios. No puedo poner palabras mías en bocas ajenas. Aunque todos hacen eso conmigo.
Me rasqué la ceja, confundido. –¿Cómo?
Resopló, algo malhumorado. –¿Descendiste hasta acá para contarme que Cecilia no frecuenta el bar o para hacerme un trato?
–Un trato, un trato.- apuré, avergonzado por mi confusión.
Él asintió con la cabeza. –A eso me refería. ¿Por qué no me contás qué querés?
Entrelacé mis dedos. –Bueno… Es que me desangro en su ausencia y, como dije, mi deseo no es original pero es auténtico.- balbuceé, disculpándome de antemano.
–Querés el amor de ella a cambio de tu alma.- se adelantó.
Negué con la cabeza. –No, no. Sería muy facilista y egoísta de mi parte.- retruqué- Quiero que vuelva, al menos, una vez más al bar.
Él le dio una pitada a su pipa y, nuevamente, un ballet gris danzó entre nuestras miradas. –¿Y a cambio qué ofrecés?
–Lo más preciado que tengo: el recuerdo de ella.
El Diablo se echó atrás en su sillón. –Mucha gente escribe poesía. Pocos la entienden. Menos la viven.- observó, con un tono casi paternal.
–¿Es un trato justo?
Sonrió. –Es un trato hermoso.
Estrechamos nuestras manos. Firmé unos papeles. Y subí por las escaleritas de la línea E del subte que conducen a la ciudad.
Ya lo puedo sentir. De a poco me abandona el carnaval. De a poco dejaré de desangrarme en su ausencia. Di todo para verla otra vez. Aunque sea como la vez primera.
Mientras su recuerdo me huye, busco en el mostrador del barcito y agarro un papel y una lapicera. Un carnaval ignorado no es carnaval, escribo. Miro el papel. Un carnaval ignorado no es carnaval, está escrito. Lo debo haber garabateado antes de faltar estos últimos días. Me digo que me gusta la frase. La pego en un costado y giro hacia la puerta del bar que se abre.