jueves, 1 de mayo de 2014

Hasta pronto

Como habrán notado, las historias de Donato quedaron en almanaques pasados.
Los invito a pasar por https://www.facebook.com/safarijirafas donde estoy subiendo cuentos nuevos.
Fue un gusto haber compartido esas historias de madrugada con ustedes.
Espero verlos pronto.


Sebastián.

viernes, 13 de agosto de 2010

Juegos

Todo en ella es incomprensión. Cada gesto, cada movimiento, la manera en la cual está sentada e incluso en la que desliza sus manos sobre la mesa, a veces insinuando aburrimiento y, otras, buscando una caricia.
Pero él no se da cuenta. Su atención está anclada en el celular. Sus dos pulgares se retuercen y encuentran sobre el teclado al igual que ella y él lo harán sobre algún colchón del hotel albergue de acá a la vuelta cuando den las cuatro. En cualquier minuto ya.
Ella gira hacia el reloj. Acomoda su cabello. Permanece mirando a las agujas, como si no las entendiera. Ofrece su cuello y su escote, su perfume. Él sigue con el celular. Inclina ella un hombro apenas hacia atrás y juega con un mechón de su pelo, con fingido aire de despreocupada. Cruza sus piernas y gira en círculos uno de sus pies. El cuero de la bota gime calmo, sosegado por el mimo. Los hombros ahora se mecen en un sutil vals, como si ella estuviera recordando una canción que quiere bailar. Su lengua apenas se asoma para acariciar a su labio superior. Su respiración es ahora profunda y acompasada. Sus pechos buscándolo con cada inspiración.
Él levanta la vista. Ve al reloj. –Uy, las cuatro.- dice- Me colgué con el jueguito.- agrega. Se para. Toma un último trago del café. Lo tira al cesto de basura. Gira hacia ella. –¿Vamos?
Ella permanece un instante en silencio, para que él se percate de ella. Para que él vea esa canción a punto de despuntar que es. Para que se dé cuenta que es primavera. Que vibra. Que juega. Que incita. Para que la bese y abrace y le haga el amor ahí mismo. Pero los ojos de él se posan sobre ella sin mirarla. Ella se da cuenta. Se para. Le sonríe. Y camina a su lado.
Él abre la puerta. Sale. Ella sale detrás. Y se pierden en la noche, a retorcerse como los dedos de él sobre aquel juego. Pero sin jugar. Cuando no se entiende la sutileza, no se entra en el juego. Ahora, ¿por qué ella juega con él? Ahí, todo en mí es incomprensión.

viernes, 4 de junio de 2010

Desfile de máscaras

Ella bosteza. Él bosteza. Ellos bostezan. Nosotros bostezamos.

Las agujas del reloj deambulan morosas. Caminan en círculos, encima. Por lo cual parecen no llegar a ningún lado. Perdidas. Están perdidas. Y lo saben.

Las cuatro de la mañana están ahí, esperando en algún lugar fuera del bosque. Pero mientras tanto las agujas revisan el mapa, se echan culpas la una a la otra, insultan, y continúan trastabillando, frustradas ya, con unas crecientes ganas de sentarse ahí mismo y llorar y llorar.

Los ojos de él se posan, disimulados, sobre el reloj. Los de ella, también. Detrás de esos plomizos párpados hay desgracia, y hay fastidio e incomodidad.

Saben.

Saben que falta una hora y media para ir a pernoctar.

Saben que esa cifra tendrá sabor a eternidad.

Saben que no tienen de qué hablar.

Saben que la rutina los ha despojado de la adrenalina que cualquier beso o caricia podrían tener.

Saben que no hay ni habrá nada que los despierte.

Ni incluso el café que beben de a pequeños sorbos, tal vez porque está caliente o tal vez para tener por más tiempo algo que los mantenga ocupados.

Saben todo esto.

Pero de vez en cuando fingen lo contrario.

Y, entonces, acontece un desfile de máscaras entre ellos dos.

Deslizan sus dedos sobre el brazo del otro. Procuran sostener besos. Chapucean en diálogos somnolientos y breves con la esperanza que devengan en una conversación.

Y nada.

Nada.

Pues sus ojos vuelven, una y otra vez, al reloj. Y a la distancia entre ahora y las cuatro de la mañana.

Sus máscaras no pueden ocultar que detrás de ellas hay bostezos y tedio. Pues el deseo no espera. Si no existe antes de las cuatro de la mañana, no existirá luego. Pero esa es la última de las máscaras de su desfile.

martes, 6 de abril de 2010

Hasta las cuatro de la mañana

Una peste se despereza allá afuera.

Engulle vidas.

Bebe sentidos.

Se quita, tosca, con un escarbadientes al trozo de una mañana que se aferraba a sus encías. Y entonces pasa su lengua, con la morosidad propia de la digestión, por toda su boca hasta chasquearla contra el paladar.

Pero no prende un cigarrillo.

Ni se prepara un café.

Ni siquiera se echa hacia atrás en la silla, satisfecha.

No.

Sus labios pronto se retuercen como lo hace una pareja que no puede quedarse dormida, juntándose, separándose, arqueándose sobre la cama. Con fastidio. Con ansiedad. Hartos del sueño que no llega. Como si fuese su obligación hacerlo.

Es entonces cuando sus ojos circunscriben cuál será su próximo bocado.

Siempre hay un próximo bocado.

Una peste se despereza allá afuera.

No hay murallas.

Ni fronteras.

Esa peste, es el tedio.

Ese mismo tedio que tiempo atrás, poco menos de dos años, me hizo abandonar este diario. Ese mismo tedio del cual se quería aprovechar el Diablo, instándome que les deslice su tarjeta a todos los que frecuentan el barcito de esta YPF. A todos aquellos que bostezan, que miran aburridos a la pareja de al lado, que fastidiados alternan turno entre vampiro y cuello para mantenerse vivos hasta las cuatro de la mañana y entonces ir a pernoctar al telo de la vuelta.

El tedio de postergar el deseo hasta el momento correcto, sean las cuatro de la mañana, el fin de semana, el instante inmediato luego de salir del trabajo o el término de clases.

De ello se alimenta la peste.

Estamos demasiados confiados en la segura y previsible redondez del reloj.

No hay momento más correcto que el ahora.

No hay otro momento, de hecho.

Y la peste lo sabe.

Y da otro mordisco.

No he vuelto a salvar al mundo. No sostengo en mis manos una cura.

No.


Tan sólo me paseo entre las conversaciones de los moribundos. Y de aquellos que no están infectados. Pues hay algunos, sí. Algunos que caminan entre los enfermos. Lo hacen sin máscaras ni barbijos ni guantes ni música para pasar el rato ni pastilla para tener un estallido de azúcar y sabor ni juego en el celular para amputar la distancia entre una estación del subte y la otra ni compras innecesarias ni zarandear las hojas de un diario sin detenerse nunca ni mandar un mensaje de texto sólo para tener algo que hacer ni mirar por la ventana, tanto, que ya no ven más allá del cristal.

No.

Pues ellos ya están siendo devorados por el tedio.

Me refiero a los que andan sin escudos. Entregados. Los que juegan.

Si he vuelto es por ellos, y sus historias.

Aunque, anticipo, también frecuentaré las historias de los moribundos. No sería el melancólico que soy si no lo hiciera.

He vuelto, con una canción bajo mi brazo.

Disfrutá (Es más tarde de lo que pensás).


miércoles, 15 de octubre de 2008

Al menos, por ahora... adiós

Me vi obligado.
Mi principio me obligó a abandonar todo principio.
A hacer lo que él siempre quiso que haga.
Y, después de todo, él siempre tuvo razón. Nada vi. Nada escuché. Nada que valga la pena ser contado. ¿Y cuánto pasaron? Semenas. Meses, quizás. Meses sin algo interesante. Meses sin nada más que bostezos mezclados con mimos mezclados con bostezos mezclados con la obligación del placer. Con la insoportable espera de una libertad que se encuentra tan corrompida, tan podrida, que ya no es sexy ni pasional. Es insufrible. Tiene expectativas, obligaciones y recriminaciones. Tiene angustias, contratos y regateos.
Y las parejas se entregan a eso. Fastidiadas de una vida fastidiada su única recreación es, necesariamente, fastidiosa.
Ya no hay diálogos que sorprendan. Ya no hay situaciones que maravillen.
Todo se ha reducido a un gran bostezo.
Por eso, cuídense. Todos ustedes. Cuídense. Cuiden no ir a una estación de servicio que se encuentra al lado de un telo. Cuiden no ir a esperar el pernocte entre bostezos y miradas somnolientas al reloj. Cuídense. Porque me vi obligado. A hacer lo que él siempre quiso que haga. A deslizarle la tarjeta del Diablo a todos aquellos con almas tan corrompidas por el tedio, por el aburrimiento, que darían todo por tener nada.
Adiós. Al menos, por ahora... adiós.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Darkness my old friend

Escucho unos pasos. Alguien se acerca. El sonido de metal oxidado deslizándose sobre otro metal oxidado irrumpe en el silencio. Una luz apuñala a la oscuridad. Me arrojan un plato con comida en mi celda. Otra vez, ese sonido rápido y desgarrado. Y, de nuevo, estoy entre la oscuridad y el silencio.
Tanteo en el piso y me arrastro hasta ahí. Llego al plato. Empiezo a comer, desesperado. No tengo idea qué es lo que estoy comiendo pero no importa.
Unos pasos. Se acercan. Mierda. Nunca hay unos pasos tan rápido.
–Me vienen a sacar el plato.- gruño. Trago todo lo que puedo. Abren la puerta. La luz me ciega. Cierro los ojos. –¿Qué… qué pasa?
–Quiere hablar con vos.- me dice una voz.
Dos manos me levantan y me arrastran por el pasillo verde por el cual me habían traído. Me dejan sobre una silla. Aún me cuesta abrir los ojos. Pero, así y todo, puedo reconocer quién está delante de mí.
–Donato.- me recibe, fumando. No lo puedo ver pero puedo sentir el olor a tabaco impregnando al aire.
Una esperanza empapa a mi pecho. –¿Me vas a dejar ir?
–Donato, es sencilla mi propuesta.
Niego con la cabeza. –No.
Siento el ruido del fuego consumiendo el tabaco. –¿Todo este tiempo y no la volviste a considerar?
–Por favor, dejame ir.
–Donato, Donato… Es sencillo. Vos mismo lo dijiste una y otra vez. Las parejas que ves en ese barcito son anémicas. No saben de qué hablar. No saben confiarse sus deseos. Creen estar juntos pero están a kilómetros. La mesita de los quinientos kilómetros, ¿te acordás? Van al bar a bostezar antes de entregarse a la pasión, lo cual hacen sólo por el compromiso que eso requiere en una pareja. Porque te aseguro que preferirían terminar de dormirse. No pido mucho, Donato. Sólo te pido que a esos anémicos les dejes mi tarjeta. Les estoy haciendo un favor.
Quizás lo que estoy por decir se traducirá en otra temporada encerrado en esa celda oscura. Pero inflo el pecho. –No voy a volver ese barcito en una franquicia del Infierno, en un lugar donde puedan cambiar almas por pasión. Quiero creer que estamos llegando al fin del gris, al fin del tedio, y todo va a explotar. La gente va a despertar.
Sus labios esbozan una sonrisa. –Donato, Donato… Una lástima.
–¿Vuelvo a la oscuridad?
El Diablo asiente con su cabeza. –Sí, volvés a la oscuridad.
Dos manos me agarran y me arrastran por pasillos y escaleras. Me arrojan en una vereda. Cierran la puerta. Me paro. Sacudo mi ropa. Ahí está el barcito. Veo, a través de la ventana, a una pareja bostezando mientras miran aburridos a sus gaseosas. –Sí, volvi a la oscuridad.

jueves, 28 de agosto de 2008

Diálogo

–¿Yo te gusto?
–¿Cómo?
–Si yo te gusto.
–Claro que me gustás.
–Físicamente digo.
–Claro. ¿Por qué preguntas?
–Quiero que me digas la verdad.
–Te la estoy diciendo.
–Mirá que no me enojo.
–Te digo que te estoy diciendo la verdad.
–¿En serio?
–En serio. ¿Por qué preguntás?
–No, nada. Una tontera.
–No es una tontera eso.
–Sí, dejá.
–Decíme por qué.
–Nada, te vas a enojar.
–No me voy a enojar.
–Es que te vi mirando…
–¿Cómo?
–Te vi mirando.
–¿Cómo que me viste mirando?
–Sabés lo que digo.
–Me viste mirando.
–Y mucho, aparte. No me gusta eso.
–No sé. La verdad que no me di cuenta.
–Por eso, ¿yo te gusto?
–Sí que me gustás.
–¿Y por qué mirás?
–No sé.
–Bueno, está bien.
–No sé, no me di cuenta te digo.
–Bueno, yo si me di cuenta.
–No sé a qué querés llegar.
–No te hagas.
–No me hago.
–Sí, no te hagas la víctima.
–¿A qué querés llegar?
–Que no me gusta que estés conmigo y andes mirando así.
–¿Así cómo?
–Como antes me mirabas.

jueves, 21 de agosto de 2008

Pushing Daisies

A veces me gusta creer que ciertas fantasías se trasladan a la realidad. En especial, las más agradables. Dudo que nos agrade que extraterrestres asesinos nos acechen o gigantes iracundos aterroricen nuestro barrio. Pero, en el fondo, siempre me hubiera gustado encontrar a ciertos personajes. Escuchar esa musiquita de fondo. Esa elegancia en los decorados y la vestimenta. Esa ocurrencia en los diálogos.
Cuidado con lo que deseas, clama un conocido refrán, porque te lo pueden cobrar.
Y ahí están nomás, ellos dos. Me froto los ojos una y otra vez. Pero permanecen en el bar. Finalmente pasó. Finalmente una fantasía agradable se permeó en la realidad.
Se trata del hombre y la mujer de Pushing Daisies. Serie maravillosa si las hay. Aventura fantástica que une a Amelie con Tim Burton, a los cuentos de hadas con las series forenses, al género de policial negro con el género musical.
No está, como en la serie, ese maravilloso narrador con su elección peculiar de palabras, contándonos intimidades de los personajes, a veces en verso y a veces no. No está esa musiquita a lo Amelie de fondo. Pero están ellos dos. Ned y Charlotte.
Ned, es un pastelero que de niño descubrió poseer un extraño don. Si toca a alguien fallecido, lo revive. Si lo toca de nuevo, vuelve a estar muerto. Y esta vez es para siempre.
Un detective de mala muerte descubre su peculiar habilidad y decide usarlo para resolver casos. Sencillo el asunto. Tocan al fallecido, les preguntan quién los mató y los devuelven a la muerte. Si no lo hacen, alguien más morirá en su lugar.
En esta carrera Ned da con el cadáver de Charlotte. Su amor de la infancia. Con una leve caricia en su mejilla la revive y, entonces, revive él todo lo que había sentido por ella tiempo atrás. Se rehúsa a tocarla de nuevo. Charlotte, por ende, permanece con vida.
Y se enamoran, perdidamente, como cuando eran niños. Dos enamorados que no pueden tocarse. Ni un beso. Ni una caricia o abrazo. Pues el más mínimo roce la devolvería a la muerte.
Y ahí están. En el barcito. Pasaron dos horas y media mientras esperan para tener sexo y no se tocaron ni una vez. Ni una caricia o beso.
Dan las cuatro. Se levantan y se van. Ni se sostienen de la mano. A veces la fantasía es necesaria para escapar al mundo. A veces, para cambiarlo. Y, muchas veces, para disculparlo.

jueves, 7 de agosto de 2008

En sus propios silencios

Su rostro entero es una represa. Tensionado cada músculo. Los labios tiemblan. Sus ojos están abiertos para poder ver dónde está, sentada sola en un barcito a las cuatro de la mañana, para poder ver que ese no es un buen lugar donde llorar.
Una lágrima desvirga a su cara. Su caricia es incierta, con la duda propia de una amante primeriza. Pero pronto el candor es eliminado por una mano rápida y fría, una mano que comprende que debe eliminar todo rastro de esa lágrima para no incitar a otras.
La mujer permanece en silencio. Toma un trago de su café. Pierde la mirada en la ventana. Alrededor suyo parejas se besan y acarician y bostezan. Un hombre traza pequeños círculos sobre la mesa con su dedo mayor. Se pasa la lengua entre los dientes hasta chasquearla contra su paladar. –Pobre.- dice.
–¿Quién?- responde su novia.
Él levanta la mirada para señalar a la mujer con la cabeza.
Su pareja gira, sentada. La estudia de arriba a abajo con la mirada. Vuelve hacia su novio. –Pobre.- repite.
–Me da cosita. Siempre me dio cosita ver una mujer llorar.- dice él. Ahora traza círculos con sus uñas, desplegando sus dedos al fin de cada uno. Baja la mirada. Detiene la mano. –Me dan ganas de abrazarla.
–Y a mí me dan ganas de irme.
–No seas tonta.
–No somos pichoncitos con el ala quebrada que sólo podemos remontar vuelo estando en la mano de un hombre.
Él levanta la mirada. –¿Y eso de dónde salió?
Ella se encoje de hombros y mira hacia otro lado.
–No es eso.- insiste él- Sólo, no sé, me da ternura.
–Sí, ternura. Justo eso es lo que te da.
Él se pasa una mano por la cara. –¿De qué hablás?- refunfuña, con esa mezcla de necesidad y odio de quien necesita escuchar lo que supone.
–Nada.
–Nada. Eso es. Me da ternura. Pobre, ahí, sola, a las cuatro de la mañana. A punto de llorar.
La mujer toma un trago de gaseosa. –Dejala ahí.
Él suspira.
Ella levanta sus cejas y en esa mínima acción hay una caravana de reproches. Quiere gritarle que son las cuatro de la mañana, que ella quiere ser la protagonista, que qué anda mirando a otras, que deberían haberse quedado más tiempo bailando en vez de ir a esperar en un barcito al lado de una YPF. –Dejala ahí.- simplemente dice.
Él traza círculos sobre la mesa con su dedo mayor. Se suena el cuello. En esa acción se esconde un desfile de protestas. Quiere retrucarle que es una estupidez que compita con esa mujer, que hay maneras más apropiadas para contestar, y más aún a esa hora de la noche donde del cansancio al odio hay tan sólo un paso. –La dejo ahí.- repite él.
Nadie musita siquiera una palabra. Él traza círculos sobre la mesa con su dedo mayor. Ella toma un trago de gaseosa. Y la mujer, a unas mesas, amputa a su segunda lágrima. Los tres permanecen suspendidos en sus propios silencios.

lunes, 4 de agosto de 2008

Voyeurista introspectivo

Tres y media de la mañana. Y acá están. Dos amigos que comparten una charla entre bostezos y tragos de gaseosa. Son los únicos acá que no se suman a la ridícula espera de quienes aguardan al pernocte. Quizás sea por esa rebeldía adolescente de quedarse despiertos hasta las últimas instancias de la noche. Curiosa manera de contraatacar a la autoridad paterna que delimitaba cuándo correspondía irse a dormir.
Uno de ellos entrecierra los ojos. –¿A quién te gustaría ver haciéndolo?- larga.
El otro asiente con la cabeza, sonriente. Una pregunta interesante es la mejor muletilla para dar un paso fuera del tiempo. –Uy, me encantaría eso.
El pibe golpea con sus palmas a la mesa. –¡Por eso te lo decía, papá!- se jacta.
–No sé. A tantos. Me gustaría ver sus cuerpos. Qué dicen. Cómo actúan. Qué caras ponen. Cómo gritan. Si cambian sus personalidades. Si quien habla mucho se limita en lo que hace o si quien parece mucha timidez es una fiera.
–Sería bueno, ¿no?
Sigue asintiendo con su cabeza. –Vería a todo el mundo casi.
–¿Flacos también?
–Flacos también.
El pibe larga una risa estridente. –No te puedo creer.
–Me gustaría ver como es cada uno en la cama, no sé.- se disculpa el otro- ¿Y vos?- desvía.
El otro agarra el vaso. –¿Y yo qué?
–¿A quién te gustaría ver haciéndolo?
Él toma un trago de gaseosa. Deja el vaso sobre la mesa. Recorre con la mirada a las parejas que pueblan la madrugada de este barcito. Respira profundo. –A mí.

jueves, 24 de julio de 2008

El caballero de la noche

–Sí, pero basta.- interrumpe ella.
El rostro del hombre se tensa por completo. –¿Pero…?- repite, como si escupiera la sangre de quien ha recibido un disparo inesperado.
Ella se echa hacia atrás en la silla. Toma un trago de gaseosa. Lo mira entrecerrando sus ojos. –Habíamos dicho ir a ver Batman para hacer tiempo antes del pernocte. No hablar todo el tiempo de la película.
Él levanta sus cejas. Comprende que la bala entró demasiado profundo y que ningún doctor, por más hábil que sea, podrá salvarlo. No obstante, decide ignorar esta verdad y hunde sus dedos, buscando al proyectil. –¿Pero no te gustó?- pregunta mientras logra, con esfuerzo, remover la bala.
Ella asiente la cabeza. –Tampoco para tanto.
–Tampoco para tanto.- repite él.
La mujer toma un trago. –Tampoco para tanto.- reitera- Estaban todos locos en el cine como si, no sé...
–¿Cómo si qué?- apura él.
–Como si fueran pendejos.- se anima ella.
El hombre mira a la bala que se ha quitado, empapada de sangre, en su mano. Se dice que sobrevivir no es despojarse de lo sufrido sino saber llenar el hueco que esto ha ocasionado. –Te digo cuál es tu problema.- arranca él.
–¿Cuál es?
Se suena el cuello. –Carecés de mito.- lanza el hombre- Ese es tu problema. Te enseñan desde chica que los chicos hacemos bochinche, que somos más burdos, que nos gusta tocar, gritar y tomar. Que ustedes deben ser dulces, delicadas. Te enseñan a comportarte, porque una mujer debe ser más recatada, más controlada. Más reprimida, digamos. Y entonces no podés experimentar esto que nos pasa. Esta devoción. Esta pasión. Porque viviste controlándote. Viviste entre dietas y esperando que el hombre dé el primer paso, ya que darlo vos implica evidenciar tu deseo. Y la mujer no debe desear. Debe aceptar o declinar el deseo del hombre. Por esa estupidez que te embutieron desde chica no podés saber qué sentimos al verlo ahí, en la pantalla...- rememora, con la voz quebrada.
Ella asiente con la cabeza, lentamente. Mira alrededor. Se levanta. –Más reprimida...- repite- Supongo que es cierto, que carezco de mito.- acepta con una voz suave, quizás avergonzada- Pero del mito del superhéroe solitario. Como Batman. Siempre me gustaron más las Ligas.- acota y se va a sentar a la mesa de una pareja.
El hombre se la queda mirando. No logra comprender lo sucedido. Recorre con sus manos a la mesa, indeciso si debe pararse y buscarla. Si ella volverá. O si debe irse. De a poco se da cuenta que la última opción es la que apropiada. Ella, después de todo, sonríe en la otra mesa. Y la pareja, también.
El hombre se para con una lentitud teatral que no logra llamar la atención de la mujer. Camina hacia la puerta y sale a la oscuridad. De esa manera, el caballero de la noche termina siendo un hombre solo más en la ciudad.

lunes, 21 de julio de 2008

Despedidas de soltero

–¿Qué te harán los pibes?
Él levanta sus cejas. Se encoge de hombros. –No sé.- responde- Pero, seguro, algo jodido. Vos viste cómo somos. Siempre nos hacemos algo jodido para las despedidas de soltero.
La mujer sonríe. Toma un trago de su gaseosa. Deja el vasito en la mesa. Agarra la mano de él. Muerde su labio inferior con una maldad deliciosa. –Muero por ver qué te harán.
Se le acera. –Te soy sincero, ando medio asustado con eso.- confiesa él.
Ella larga una carcajada. Su rostro, inmediatamente, se inunda de un color rojo. –¿Por?- pregunta, para tratar de pasar desapercibida.
–Ya sabés. Es como una escala de violencia. Primero empezamos con Lela. Se la hicimos buena. José, el negro y yo le dijimos que caíamos tarde a la despedida. Ni bien se lo llevaron sus amigos de la facultad—
–Ni bien se los llevaron a él y a ella.- interrumpe la mujer, corrigiéndolo.
–Si ya sabés que fue conjunta, tontis.- contesta él- Ni bien se los llevaron a él y a ella- repite él, imitándole el tono de voz-, con José y el negro le desarmamos el coche, pieza por pieza, y se lo armamos en el living de su departamento.
Ella larga una carcajada. Más modesta que la anterior. –Esa fue genial.- dice- Imaginate abrir la puerta de tu departamento y encontrar a tu coche adentro.
–Pobre Lela. Lo tuvo que desarmar solito. La mujer se la pasó insultándolo. Y a nosotros también. Pero a mí me gustó más la de José. Porque Lela, obviamente, se la quería mandar a guardar por lo del coche.
–¿Por qué a él? Se les ocurrió a los tres.
–Viste cómo es José.
Ella asiente con la cabeza. –Siempre anda presumiendo.
–Exacto. Entonces con Lela y el negro lo emborrachamos muy emborrachado. José palmó. Mal, ¿eh? Ahí lo llevamos a un médico conocido mío que le enyesó el brazo. Al día siguiente le hicimos creer que se había caído y fracturado. El tipo se tuvo que casar así.
La mujer se muerde el labio mientras mueve su cabeza de un lado al otro. –Pobre Sandra.
–Sandra estaba loca.- se embala él- Tuvieron que recortar el saco. Bueno, lo sabés. Terrible. Cuando volvieron de las vacaciones con Lela y el negro le mostramos las fotos de nosotros jodiendo y demás mientras lo enyesaban y le contamos la verdad. Sandra casi lo deja.
Ella repite la misma mueca. –Igual ustedes se van un poco de mambo. Como lo del negro.
Él adopta una expresión de seriedad. –Pero es que cuando le tuvimos que hacer la despedida de soltero al negro con Lela y José no teníamos más ideas. Estuvimos día tras día diciéndole que se prepare, que se le venía una muy jodida. Y, cuando el negro hizo la despedida junto con su mujer, los pibes estábamos secos. Ni una idea teníamos. No sabíamos qué hacerle. Él estaba ahí con su novia y entonces fuimos a buscarlo. No le íbamos a hacer nada. Tirarle harina. Huevos. Cosas así nomás.
–Pero salió corriendo.
–El negro salió corriendo. Se asustó. Y no volvió. Cayó a la tarde del día siguiente.
–Pobre Laura.- dice la mujer- Debe haberse sentido horrible.
Él levanta sus cejas. Pierde su mirada dentro del vaso de plástico. –Por eso lo dejó.- susurra- Sí, ahí nos fuimos de rosca.
Ella se libra de la seriedad que puebla a su rostro. Sonríe. Se muerde el labio mientras acaricia la mano del hombro. –Muero por ver qué te harán.
–Sep.- acota él.
–¿Y te decidiste?- le pregunta ella mientras le besa la mano- ¿Pensás hacer la despedida junto con tu esposa?
–Creo que solo. No la quiero involucrar en toda esa locura.

lunes, 14 de julio de 2008

Un instante

La cosa es así.
El promedio de nuestra estatura es poco más de metro y medio y poco menos de dos. Comparados con las dimensiones del universo, somos un grano de arena pero no en un desierto sino en un planeta enormemente más grande que la Tierra.
Vivimos entre setenta y noventa años aproximadamente. Lo cual significa que si el tiempo total de la Tierra, desde su creación hasta ahora, fuera un año, nuestra vida entera sería bastante menos que una duodécima parte de un segundo en ese año.
Tener esta idea en la cabeza a las tres y media de la mañana mientras paso un trapo al mostrador de un barcito es una invitación al suicidio. Total, si somos una fracción tan ridícula de tiempo y de espacio, ¿por qué suicidarse sería algo tan grave? Un arma en mi sien. Algo de Bach de fondo. Apretar el gatillo y abandonar la pequeñez para abrazar a la nada.
La contemplación de mi suicidio es interrumpida cuando una pareja me pide Coca Cola. Me pregunto si todos los clientes de barcitos similares pensarán en el universo que se esconde detrás de quien los atiende. O si sólo ven algo con forma humana que les es funcional a lo que desean. Estoy algo lento por mi diálogo interno y el hombre resopla malhumorado. Sonrío. Lo hice desperdiciar una fracción de tiempo enormemente ridícula en el tiempo total de la Tierra. Pero, así y todo, le doy la Coca y le sonrío como mi jefe me obliga.
Él saca la billetera y la mujer, con un resoplo, se apura a pagar. –Seguís con tu machismo.- balbucea ella, mientras me da la plata.
El hombre se encoje de hombros. –Vos también.
Inclino ligeramente la cabeza. Como cuando alguien oye algo interesante. Supongo que husmear en su conversación mientras esperan al pernocte es una interesante eludida al suicidio. De todas formas, no traje nada de Bach. Ni el arma, no teman.
Los puedo oler. Me encanta cuando al barcito vienen estudiantes de Letras. De Filosofía y de Comunicación Social también. Vuelcan tanta pasión al discurso crítico de un objeto que se distancian del objeto en cuestión. Por más que este objeto sea el motivo por el cual están en el barcito a las tres y media de la mañana mientras esperan el pernocte.
–La mujer es, sin dudas, mejor imagen poética que el hombre.- sostiene ella.
Él sonríe, casi prepotente. –No te das cuenta que tu postura pseudo feminista es un eco del machismo, y es tan eco que le es funcional. Decís que la mujer es más poética porque la ves a través de la mirada masculina. Un hombre que no se ve a sí mismo como bello. Como poético. Decís que es así porque es natural, porque mirá el cuerpo del hombre y el cuerpo de la mujer, es sentido común decís, pero hay siglos y siglos detrás de tu sentido común.
–Ahí es donde te equivocás. Leyendo un poco, usando esto…- dice ella, señalando a su cabeza- se puede dar un pasito al costado del tiempo.
Mientras paso un trapo al mostrador me pregunto sobre qué se apoyará un pasito al costado de menos de una duodécima parte de un segundo.
El hombre se echa atrás en la silla. –Das un paso al costado para decir las mismas cosas que se dicen hace siglos. Es como ese concepto de analizar desde un punto ajeno. No hay nada que sea ajeno. Todo se incorpora y todo se proyecta. Todo se—
–Vuelve símbolo.- completa ella- Fuimos al mismo teórico.
Él asiente con la cabeza. –Exacto.
–¿Pero me vas a negar que entre nuestras piernas nosotras no tuvimos guerras, desvelos, poemas, sinfonías, miserias y virtudes?
–No. Pero fue una tragedia para tu postura que digas eso. Porque pusiste a las mujeres como objetos indirectos de sinfonías y guerras y no las subrayaste como sujetos. Es cierto eso. Y árido. Como la musa que inspira pero no crea.
–Pero sin su caricia no—
–Es machismo disfrazado eso. Poético, pero disfrazado. Porque expropia a la mujer de sujeto creador.
Ella mueve su cabeza de costado a costado, aceptando su derrota discursiva. –Cierto. Pero hay cientos de escritoras y—
–Sí, sí. Eso está y nadie te lo niega. Pero acá- dice él, señalando a su cabeza- está la idea de arte de un hombre indagando en una musa, de seducción de un hombre acercándosele a una mujer. Hay una cuestión social de dominio y anatómica de penetración.
–Y económica de dominio.
Él asiente.
–Es bastante trágico. Pero ya será detonado ese sentido común. El tiempo del hombre llegó al fin.
Un par de minutos en un año. El tiempo llegó rápido, me digo.
–¿Te parece?- incita él- Yo creo que esa tragedia está tan metida adentro de nuestra carne que es difícil sacarla. Sin ir más lejos, vos, con todas tus opiniones y posturas feministas, que me parecen correctas, te derretís en la cama cuando te digo que sos mi puta.
Ella abre sus ojos, indignada. Mira alrededor para cerciorarse que nadie escuchó. –Me gusta esa sensación de pertenecerte.- contesta, encogida de hombros.
Nunca pensé que algo así me generaría tanta dulzura.
Se besan. Finalmente. Se besan sin las perezas de aquellas parejas que ya se conocen. Se besan como si fuera la primera vez. O la última. Ahora sí, olvidando el discurso crítico y perdiéndose en el objeto, ahora ellos entendieron. Que si se es fracción de un instante no hay que desperdiciar el tiempo. Hermoso concepto. Pero tengo que pasarle el trapo a un mostrador para pagar un alquiler.

lunes, 7 de julio de 2008

La tensión

No existe tensión entre ellos. Ni su piel está tensa. Años, incluso décadas, los han visto juntos. Conocen sus cuerpos, sus olores y secretos. Y acá están, a las tres de la mañana, compartiendo un café mientras esperan para pernoctar.
Quizás han venido para tener un poco de intimidad. Para sentirse otra vez pareja y no padres que lo hacen a escondidas, entre susurros y bocas tapadas. Quizás recién están empezando a salir. Ella vive con su madre y le da escozor ir en su primer encuentro a la casa de él. Pero no. Reitero. No hay tensión entre ellos. No se trata de una primera vez. Es la calma de dos cuerpos que se conocen, y se quieren.
–Amor.- dice ella mientras revuelve el café.
Él levanta perezosamente las cejas, despertándose del ensueño de las caricias que compartían. –¿Sí, mi vida?- desliza entre sus labios.
–Estuve pensando.- agrega ella, dejando de revolver para llevar la taza a su boca- Creo que hay una chica en el trabajo a la cual le gusto.- comenta, para tomar un sorbo de café.
El hombre tose. Suele suceder de esta forma, después de todo. La tos es la respuesta más previsible para algo imprevisible. –¿Qué?- dice- ¿Cómo? ¿Quién?
–Una chica nueva de veintipico. No la conocés.- agrega ella. Deja la taza sobre la mesa. Le pone un poco más de azúcar. Revuelve. Toma otro sorbo. –Por eso, estaba pensando en una fantasía que tengo…- agrega, inconclusa, completamente consciente del poder que esta oración tiene al dejarse inconclusa.
Él se pasa la mano por el pelo. Se contiene en la mitad de la acción, finge rascarse. Se acomoda en la silla y adopta una expresión de calma. O al menos, eso intenta. –Sí, ¿en qué pensabas?
–Quiero que nos veas.
–Que las vea.
La mujer asiente, algo avergonzada. –¿No es una locura?
El hombre suspira. –No sé si llamarlo así. ¿Pero cómo…? ¿Vos sabrías…?
Ella intuye la pregunta. –No sé cómo proponer algo así. Pero si el deseo está, encontrará su camino.
La sonrisa de él va de oreja a oreja. –¿Y el deseo está?
Ella sonríe de la misma manera. –No. Pero qué pasional que vas a estar hoy.
La tensión ha vuelto. Qué maravilla.

miércoles, 2 de julio de 2008

De vuelta

3 y 4 y 5 y… –Al fin se fueron los putitos.- aplaudió uno del bar ante la sonrisa incómoda de su novia.
Los dos hombres se detuvieron antes de abrir la puerta, como si estuvieran suspendidos. Permanecían tomados de la mano. Uno apretaba la del otro. Y el otro también.
–Les cuesta caminar.- rió el primero- ¿Qué se habrán metido por—
Los dos giraron antes que la pregunta evidenciara su imbecilidad.
–Muchachos…- calmé.
En tan sólo un instante, insultos apuñalaron al aire, rostros de vistieron de puños, manos ostentaron sangre ajena y mi suspensión irrumpió en mi rutina.
Donato, al rincón. A pensar lo que ha hecho. Que no hay que empaparse de este mundo. Simplemente dar un pasito hacia atrás y llamar al de la seguridad. ¿O que usted no ha comprendido, señor Cavallini? ¿Desde atrás del mostrador miró tanto que no vio? ¿No vio que es más seguro existir que vivir?
Quizá no quise verlo, señor. Me equivoqué. Póngame el bonete, pégueme en las uñas con la regla y dígame cuándo acabará mi castigo.
En dos semanas.
Así que aquí estamos.
Aquí estamos, Donato.
Pasaron dos semanas.
Pasaron dos semanas, señor.
¿Piensa a volver empaparse de mundo?
Apuéstelo.

jueves, 19 de junio de 2008

1, 2, 3 y...

Él le besa la mano. Él también.
Y, en esa intimidad, visten de sombra las miradas de todo el bar.
Los griegos andaban a los besitos mucho antes del supuesto nacimiento de Cristo –ser ateo me hace adjetivar aunque no me impide de venderme al Diablo–. Pero, así y todo, tanto tiempo después, que dos tipos anden a los besitos causa escozor.
Dos mujeres no. Porque está más aceptado. Años de pornografía concebida por hombres y su sutil –a veces no tanto– traslado a la publicidad han hecho que sea socialmente más aceptada la homosexualidad en la mujer. Al punto que la mujer no es homosexual. La palabra homosexual está asociada con los hombres. Las mujeres son lesbianas. Una palabra extra. Ajena. Desligada, etimológicamente, con lo sexual. El homosexual es un hombre con su mismo sexo. La lesbiana, una mujer que juega con otra.
2500 años y sigue causando escozor.
Es ridículo.
Como es ridículo su opuesto, esa higiénica aceptación que nos vende la televisión. Series donde un homosexual confiesa su condición de tal ante su familia y estos lo abrazan, diciéndole que están orgullosos. ¿Los heterosexuales tenemos que hacer eso también?
–Papá, me gustan las mujeres.- largaría, con un nudo en la garganta.
Él me abrazaría. –Está bien, hijo, está bien... Te acompañaremos en esto.- diría, casi en un susurro.
¿Es aceptación o es lástima?
En el caso optimista que se trate de aceptación… ¿por qué? ¿Qué asunto tienen los padres en la sexualidad de sus hijos?
–Ahora, todo bien, ¿no? ¿Pero no pueden guardar los besitos para el telo?
De repente, mis preguntas son sucedidas por el interrogante de un brillante cliente. La tolerancia existe hasta el instante en el cual uno se empapa con aquello que tolera. Es inconcebible lo contrario ya que la tolerancia es insostenible. Implica una represión de la agresión, de la discriminación, que aguardan el momento políticamente correcto para salir –series como Will & Grace, chistes en stands up, conversacíones al lado del dispenser del agua–. O salen, hartas de esperar, explotan en el momento más inesperado.
–¡Hip! ¿Qué sucede o-- ¡hip!--- oficial?
–Señor Mel Gibson, no sé si lo notó, pero pasó un semáforo en rojo.
–La culpa la tienen los malditos judíos.
Ese contexto tan absurdo como real se debió porque la tolerancia no pudo soportar más y el cuerpo la vomitó. Porque la diferencia con los judíos –en este caso– no fue aceptada. Fue tolerada. Y, como cualquier resistencia –sea espiritual o la de una máquina de café– que se mantenga funcionando, eventualmente termina por fundirse.
Los dos homosexuales se levantan y, agarrados de la mano, salen del bar. Me pregunto cuánto pasará hasta que la resistencia colapse. 1, 2, 3 y...

miércoles, 11 de junio de 2008

El abrazo

Los labios de ella se pliegan y, de repente, el mundo tiene sentido tan sólo por su sonrisa. Agarra las manos de él y se las besa. El hombre hace lo mismo con las de ella. Se miran a los ojos sin decir palabra alguna. Tan sólo procuran suspirar al mismo tiempo para que sus alientos se entrelacen. Y, entonces, respiran fuerte para que el aire que estuvo dentro de los pulmones de ella esté ahora en lo más profundo de él, y viceversa. Embriagados por este brindis etéreo, sonríen y entrecierran los párpados, sin nunca dejar de mirarse a los ojos.
En un instante inesperado, ella baja la mirada. Sus dedos recorren a la mesa en pequeños círculos. Él la mira, confundido, y de repente los escasos centímetros que los separaban se han vuelto océanos enteros.
El hombre busca las manos de ella pero ella las desliza por la mesa, escondiéndolas. Permanecen los dos en silencio, como bailarines de un ballet, suspendidos en la oscuridad mientras esperan a que la música continúe para seguir bailando. La orquesta toca dentro del pecho de la mujer y hasta ninguno de los dos, por el momento, trepan las notas.
Ella se echa hacia atrás en la silla. Lenta y pesada cae la guillotina sobre sus respiraciones entrelazadas. Aleteando como un pez fuera del agua saltan los dos extremos de este abrazo etéreo. Pronto terminan por desangrarse y vuelven a ser apenas aire.
Él, confundido pero prudente, desliza sus manos por la mesa, hacia ella. Las deja ahí, expuestas, en ofrecimiento. Ella frunce los labios y demora su mirada afuera, en la estación de servicio. Las manos del hombre continúan en esa ridícula pose, incómodas ya, como un acorde de quinta mayor con séptima que rehúsa a resolverse en tónica.
La mujer arrastra, con dificultad, a su mirada hasta los ojos de él. El hombre levanta sus cejas, invitándola a que hable. Ella suspira. –¿Y cómo vamos a hacer?- dice la mujer.
Él sonríe. Le toma las manos y se las besa. Se encoge de hombros y suspira. Sus alientos se reencuentran en un abrazo invisible, incomprendido y único, como el lazo que une a cualquier pareja.

miércoles, 4 de junio de 2008

La incriticable perversidad del ser

Decido dejar de escuchar al tic-tac del reloj mientras la espero. Y amplío el dragado de mis oídos.
–Pero decíme.- reitera él- ¿A vos no te da cosa que ella sea tu mejor amiga?
La mujer frunce los labios. –No, a menos que a vos te dé cosa que sea tu novia.
El hombre asiente. –Sí, pero lo mío es infidelidad y lo tuyo—
–También lo es.- se apura ella.
Él mueva su cabeza de lado a lado. –Lo es, en cierto sentido. Pero lo que quiero saber es si—
–Sé lo que querés saber.- interrumpe la mujer- Y la respuesta es sí. Me calienta acostarme con el novio de mi mejor amiga.
Paso un trapo por el mostrador. Me desperezo con sutileza. Tal vez para ocultar mis ganas de reír y aplaudir como un niño en Navidad. Sí, estaba en lo cierto. Era una buena opción volver a escuchar los diálogos que pueblan a estas mesas. Al menos, son menos repetitivos que el tic-tac del maldito reloj que denota la ausencia de Cecilia.
El hombre asiente, complacido. La mujer levanta sus cejas, impaciente ante el silencio. –¿Y a vos?
–También.
–También.
–Sí.- dice él- Verlas juntas. Que ella confíe en vos, que se sienta cerca de vos cuando no sabe lo que le estás haciendo, y vos… suspendida en ese delicado equilibrio entre sentirte superior a ella porque mi deseo sos vos e inferior porque mi amor es ella.
La mujer se encoje de hombros. Suspira. –Qué amor que es si la engañás.
–Con su mejor amiga.- acota él, disfrutándolo.
Ella le concede asintiendo con la cabeza. –Digamos que lo que te gusta es verte a vos en mí. Porque te gusta verme hablando con ella, mirándola a los ojos, saludándola, abrazándola, con la misma piel, los mismos dedos y la misma boca que devoraron a su novio. Lo que a vos te gusta es contemplar tu infidelidad desde el anonimato. Como encontrar un salivazo en medio de algo pulcro. Como descubrir miles de huellas en algo que ostentaba ser intocable. Encontrás en verme a mí hablando con ella cierta puja de poderes. Yo el deseo. Ella el amor. Una puja de poderes como hay en toda infidelidad. Sólo que en este caso te desplazás de la puja. Volvés a la culpa en erotización.
El hombre detiene el vuelo del lenguaje apenas frunciendo los labios. –Sí, sí.
–Somos un espiral de perversión.- propone ella.
Él guarda silencio. Recorre con sus manos a la mesa. –Antes disfrutaba de una relación. Después, de una infidelidad. Ahora, de una infidelidad con su mejor amiga. Esta maldita carrera por tener el chiche más nuevo, el último celular, la erotización más moderna. ¿Cuál es el próximo escalón?
La mujer se echa hacia atrás. –Ver cómo ella me da placer mientras yo te miro a los ojos.
Aproximadamente 9282291181938393 palabras corren hacia la boca del hombre. Sólo una logra salir. –¿C-cómo?- balbucea, tartamudeando. Porque encima apenas logra salir, como el héroe que se desliza con su moto debajo de un camión.
Ella sonríe y no dice ni una palabra pues bien sabe que en lo inconcluso está lo erótico. No obstante, estamos en el año 15 de la Era de los Sobreentendidos, donde todo hay que explicarlo sobre el final de la película, por lo cual la mujer prosigue. –Que acaricie su pelo mientras ella está entre mis piernas y te mire, y ella me dé placer y encima te deje vernos sin saber que me acuesto con vos. Que erotice el mismo cuerpo que, en secreto, la hiere.
–¿Se... se podrá?
Ella sonríe. –Todo es posible.
El hombre no se mueve pero, en su quietud, denota lo mismo de quien se frota las manos y se relame mientras contempla un pedazo de carne que está a punto de ser sacado del fuego. –Sin dudas no somos dos criaturitas morales.
–Lo somos, lo somos.- niega la mujer- Pero si tenemos en cuenta que la moralidad es totalmente relativa no hay manera, más allá de relativismos nublados, de criticar nuestra elección.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Una mujer por otra

–Ay, Donato, Donato…
Me encojo de hombros. –Lo sé.
El Diablo le da una pitada a su pipa. –La antesala de la desilusión es, incluso etimológicamente, la ilusión.
Tomo un sorbo de té. Dejo la taza sobre el platito de porcelana. La acomodo. –Supongo que sería emocionalmente más económico no ilusionarme.- acepto, recorriendo con las puntas de mis dedos al borde de la taza.
–Sin dudas lo sería.
Mis dedos se detienen y siento al humo del té desperezándose en la palma de mi mano. –Pero no hay nada económico en esa mujer.
Él asiente con la cabeza. Una sonrisa se dibuja en su rostro, detrás del fatigado ballet que nace de su pipa. –Si no, no hubieras venido dos veces al Infierno por ella.
–Más aún siendo ateo.- agrego.
El Diablo sonríe.
–Pensé que el bar que tiene dibujos de frutillas era el bar donde ella estaría.- confieso- Me dijo que cada vez que venía a verme me dejaba pistas. Siempre pedía pastillas de frutilla. Así que…
–Pero no.
–Pero no.- repito, agarrando la taza de té.
El Diablo le da una pitada a su pipa. Me recorre haraganamente con sus ojos entrecerrados. –Supongo que no viniste acá sólo para contarme este fracaso.
–Cierto.- digo, y tomo un sorbo.
–Ni para una visita social.
Niego con la cabeza. –Soy ateo.- reitero.
–Quien se ve forzado a frecuentar un escenario en el cual no cree, recae en la facilidad de los estereotipos.
–¿Lo cual significaría...?
–Venís a proponerme un trato.
Asiento con la cabeza. Dejo la taza sobre el platito de porcelana. La acomodo. –Quiero volverla a ver. A ella. A Cecilia.
–¿Y a cambio?
–Te doy un alma.
–Tu alma.- corrige.
–No, no. Un alma. El de ella.- digo, y señalo a Nadia- Me viene siguiendo hace un tiempo y eso me resulta francamente molesto.
Nadia deja de sacar fotos al Infierno con su celular y gira hacia mí. –¿Cómo?
El Diablo asiente. Estira su mano entre el humo de su pipa.
–Momento, momento.- frena Nadia- Sólo yo puedo decidir sobre mí.
Él sonríe. –Por favor, no seas ingenua.- retruca, estrechando su mano con la mía.
Nadia nos mira, sin entender lo sucedido.
–Gracias por el té.
El Diablo acomoda su galera, asintiendo con la cabeza.
Me levanto y busco, entre las rocas, los primeros peldaños de la escalera de la línea E del subte que conducen a la ciudad. Nadia, detrás, grita. Cecilia, delante, espera.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Carnaval

El tiempo se estruja, demorándose, como en la surrealista serie Carnivàle donde se necesitan diez horas para que suceda algo.
Lo veo.
Lo puedo ver en sus ojos.
En los ojos de Nadia.
Quiere seducir a Cecilia. Quiere ir con ella a una mesita y sentarse y entrelazar los dedos. Quiere coquetear con ella mientras me mira. Quiere acariciarla sin sacarme los ojos de encima. Quiere irse del barcito a su lado. Y quiere volver, luego de haberla besado, tocado, lamido, mordido y devorado. Quiere volver y ostentarme sus labios, esos labios acabaron de probar lo que siempre deseé. Y, entonces, quiere que la bese. Que sienta al gusto y al perfume de Cecilia en ella. Que la bese, la acaricie, la rasguñe, buscando encontrar a Cecilia debajo de su piel. Y que cuando el deseo me posea completamente no haya rastro alguno de la otra. Sólo exista Nadia. Altiva. Sensual. Superior. Imponiéndose sobre mi amor imposible, al que demuele con cada beso que le doy. Sintiendo que le pertenezco. Que los océanos que Cecilia despertaba en mi pecho son apenas un charquito comparado con lo que Nadia suscita en mí.
Nadia comienza, de a poco, a seducirla adelante mío. Un enanito pajero sobre mi hombro derecho aplaude. Un enanito enamorado sobre mi hombro izquierdo se lamenta.
Lo veo.
Lo puedo ver en sus ojos.
En los ojos de Nadia.
Lo va a hacer.
Pero incluso en el lentísimo ritmo de Carnivàle suceden imprevistos.
–No sé de dónde pensás que nos conocemos.- dice Cecilia- Pero vengo a comprar pastillas de frutilla.
Nadia sonríe. –A mí también me encantan las pastillas de—
Ella niega con la cabeza, interrumpiéndola. –No quiero sonar maleducada pero me importa un pepino.
Me importa un pepino, dijo. La amo.
Pero estoy cansado de empaparme el pecho con ella. Quiero empaparme los labios con ella. Giro hacia mi izquierda. Veo el papelito que había escrito. Un carnaval ignorado no es un carnaval, leo. –No encontré el bar.- escupo, atolondrado, mirándola a los ojos.
Cecilia me acaricia con la mirada. –Lo sé.
Nadia se siente desplazada. En un instante pasó de ser la domadora de océanos a un charquito. Y su vanidad no se lo permite. –Yo sé cuál bar—
–Me importa que él lo sepa.- contesta Cecilia.
–Si me dijeras cuál es…- ruego.
Mi amor imposible niega con la cabeza. –Cada vez que vengo te doy una pista y todavía no te diste cuenta.- confiesa, para retirarse. Camina lentamente hacia la puerta. Más lento aún que un capítulo de Carnivàle.
Carnaval.
Un carnaval de ideas, de momentos y posibilidades corre atolondrado hacia mi garganta. –Ya sé cuál es el bar.- susurro.
Nadia sonríe. –Perfecto, porque pienso seguirte hasta ahí.
En la vida, como cualquier carnaval, uno está persiguiendo horizontes y siendo perseguido por sombras.

miércoles, 7 de mayo de 2008

El cuervo

No existe peor Infierno que dos Cielos coexistiendo.
–Soy la burla de los que te leen. Y no quiero eso. Quiero ser tu musa.- pide la hermosa e insiste Nadia.
–Unas pastillas de frutilla, por favor.- pide ella, mi amor perdido. Lo hace a media voz, metiéndose tímidamente en la conversación.
La miro como quien contempla a un juguete de la infancia, acariciando con los ojos a ese pedacito de plástico que esconde océanos. Giro entonces hacia ella. Hacia la otra. Hacia Nadia. Ella también la está mirando.
Basta.
Quiero detener el tiempo de un grito y alzar murallas chinas y torres de Babel entre las dos mujeres.
–Cecilia.- desliza Nadia.
La otra la mira, confundida. –¿Sí?- dice.
Cecilia. Su nombre es Cecilia.
Basta.
Quiero tomar el interminable y amarillo camino del Mago de Oz y taparle la boca a Nadia con el mismo. Vueltas y vueltas y vueltas daría alrededor de su cabeza con el sendero. Hasta que ni palabra ni grito suyo pueda ser escuchado.
–Cecilia.- insiste Nadia, sonriente. Gira hacia mí y clava su mirada en la mía, como el cuervo de Poe hundía su pico en el corazón del dolido amante.
Sabe.
Nadie sabe.
Sabe que mi felicidad o mi desgracia dependen de su bondad o de su maldad.
Que no hay manera de frenarla.
Que soy suyo.
Le pertenezco.
–¿Nos conocemos?- arriesga Cecilia, dulce, ingenua, ajena a este circo de maldad.
Nadia suspira profundamente. –¿Si nos conocemos?- repite, para ganar tiempo, para que yo sienta su pico hundido hasta profundidades insospechadas de mi corazón.

lunes, 5 de mayo de 2008

Prefiero

El viejito recorre el rostro de ella, unos treinta años menor, con la punta de su índice. Dibuja un círculo en su frente, baja entre sus cejas, baja por la nariz, deslizándose por una de sus mejillas, acaricia sus labios, y luego su mentón, para caer por su cuello, lentamente, caer y caer hasta la insinuación de sus pechos y entonces detenerse en el preciso instante en el cual sabe que nada lo detiene. Ella respira profundo y le sonríe, con sus ojos cerrados. Él no sonríe. No puede hacerlo. Significaría revelar su metafísica.
Él es el último vampiro.
Así es. El último vampiro habita acá, en Buenos Aires.
Quizás vino a parar en Buenos Aires por esas negligencias edilicias que uno fácilmente puede confundirlas con una ciudad melancólica. Pues es el último y se siente nostálgico.
Es un viejo flaquito, canoso, sin mucho pelo pero el que tiene lo tiene largo. De bigotes grises, ojos negros como la noche y una mirada triste y cansada.
Es el fin de su linaje.
Y, si lo es, no se debe a que no ha mordido. Porque son patrañas esas habladurías que uno se puede contagiar de algo tan metafísico como el vampirismo con apenas una mordedura. Hoy hemos desarrollado anticuerpos ante semejantes sensibilidades.
Está solo.
Como tantos de nosotros.
Virus infértiles, incapaces de empapar al mundo con nuestra presencia.
Él, no obstante, persiste seduciendo a señoritas y demorándose en cada beso que les da en el cuello. Siente sus perfumes y despereza sus colmillos, acariciando sus pieles tersas e ignorantes de la noche que se despliega ante ellas.
Apenas las muerde.
Apenas.
Si las muerde es apenas. Sus colmillos tan sólo se posan sobre sus cuellos. Es el pecho de él el que se desgarra con estos mordiscos. Se desgarra con lo que fue, con lo que no es y con lo que no será.
Con la soledad del que no trasciende sus propias fronteras.
Al menos eso me imagino mientras le besa el cuello.
Prefiero pensar que es el último de los vampiros en vez de ser un viejo que le pagó a una mina cualquiera. Que ella se presta a ser penetrada por una noche que jamás la podrá habitar en vez de haber cobrado unos pesitos. Prefiero pensar que vi mal y que Nadia no está entrando.

miércoles, 30 de abril de 2008

La inesperada (II)

Todas las posibilidades se retuercen en tan sólo un instante.
Que esta mujer quiere dinero. Que quiere que deje de escribir. Que quiere acostarse conmigo. Que quiere vengarse porque narré su historia injustamente. Aunque no recuerdo haberlo hecho. Una mujer así es imposible de olvidar. Que quiere destruirme. Que quiere amarme. Que quiere algo que seguramente yo no quiero.
Las posibilidades siguen desplegándose y desplegándose. Pero ella es, lo dije y lo repito, la inesperada.
–¿Chantajearme?- pregunto.
Ella asiente con la cabeza. –Chantajearte.- corea- Tengo impresos tus textos y pienso ir dándoselos pareja por pareja. Si a una no le gusta darse cuenta algunas cosas de su novio, ¿pensás que le gustaría que medio mundo sí lo haga?
Me rasco la nariz. –Bueh, medio mundo… Tanta gente no entra al blog.- comento, para desviar la atención y ganar tiempo.
La mujer no cae en la trampa. –Donato, yo quiero—
–No sé tu nombre.- interrumpo, ingenuo, creyendo que el hecho de conocernos y generar confianza demolería cualquier posibilidad de chantaje.
Ella sonríe. –Nadia.- se presenta- Ahora sí, Donato…- reitera- Lo que quiero es sencillo.
Las posibilidades siguen estrangulándose en mi cerebro.
–¿Sí?
–Sí.- responde- Quiero estar acá.
Quiere estar acá.
Suspiro. –¿Y eso vendría a ser…?
Su rostro adopta cierta timidez. –Quiero que escribas sobre mí.- me confía.
Asiento con la cabeza lentamente para terminar encogiéndome de hombros. –¿Y no te podías aparecer con un novio y sin chantaje de por medio?
–No entendés. Quiero ser tu musa.
–Mi musa.- repito.
Ella sonríe. –Quiero aparecerme en tus relatos. Que escribas sobre mí. Así como escribís sobre esa Cecilia. Que, dicho sea de paso, no me gusta ni un poco.
Golpeo a mi paladar con la lengua. –Mirá, no te puedo prometer nada pero seguro que si venís acá con tu novio…- insisto- Aunque sería como forzar la situación—
–No quiero eso.- retruca.
–Yo tampoco quiero forzar nada.
Nadia ríe. –No. No quiero venir acá con mi novio. Imaginátelo. Seguro podrás hacerlo. Y seguro lo vas a hacer. O todos acá se van a enterar de lo que hacés mientras pretendés limpiar el mostrador. Y yo creo que te van a linchar, Donato. Y que te van a despedir.- increpa, con una dulzura que contradice sus palabras. Levanta sus cejas y esos ojos grandes me devoran. –¿Qué pensás?
–¿Qué pienso…?- balbuceo mientras me rasco el mentón- Pienso que tenés serios problemas.
–¿Problemas?
Asiento con la cabeza. –De vanidad. Y de inseguridad. Pienso que tenés la fantasía de ser la minita de Titanic que posa desnuda ante un hombre que la pinta, que la venera. Querés subirte a un pedestal. Y a un pedestal inmaterial, aparte. Un pedestal cómodo, seguro, distanciado. Sin la posibilidad que te vean, que te toquen. Sin la posibilidad de sentirte vulnerable. Porque lo que querés sentir es ser objeto de deseo pero de un deseo imposible de concretar. Porque lo inconcretable permanece inalterable. Permanece eterno. Lo inconcretable no te descarta, no te rechaza. Tu mundo es meramente masturbatorio. Y ni siquiera sos original en esta estupidez. El mundo está saturado de voyeuristas inversos. Eso pienso.
Ella permanece en silencio. Me pide unas pastillas de frutillas pero no respondo con ningún movimiento. Tan sólo la miro. Da un paso hacia atrás, y luego otro. Y luego otro. Hasta salir del barcito.
Suspiro. –Creo que decir lo que se piensa realmente sirve.- musito.
Y entonces la veo, afuera, en la ventana. Saca una hoja y la pone contra el vidrio. De un tachito le tira encima algo que pareciera engrudo y la presiona fuerte. Las parejas que están adentro giran hacia ella, confundidas. Empiezan a leer. Salgo corriendo, desesperado.

domingo, 27 de abril de 2008

La inesperada

Mientras finjo limpiar el mostrador para escucharlos me imagino que ella debe estar asintiendo con la cabeza, quizás no muy convencida. –Está bien.- dice la mujer al fin.
El hombre debe estar refregándose las manos, como un niño en los minutos previos a Navidad. Aunque seguramente su sonrisa es mucho menos inocente.
La mujer, tal vez, se muerde una uña. –¿Y qué le digo?
Él se echa atrás en la silla. –Que estás estudiando, que querés saber cómo le va en el casamiento. No sé, sacale charla.
Me imagino que ella vuelve a asentir. –No sé porqué te calienta tanto que hable por teléfono con mi novio mientras lo hacemos.
El hombre, sin dudas, sonríe de nuevo. –¿Me vas a decir que a vos no te calienta?
–Unas pastillas de frutilla, por favor Donato.- contesta la mujer.
No, no es su voz.
Unas pastillas de frutilla.
Pero tampoco es la voz de ella. De mi amor perdido.
Por favor, Donato.
Sabe mi nombre.
Subo la mirada lentamente, desconfiado. Y, a la vez, queriendo que sea ella.
Pero no lo es.
Es la inesperada.
Una morocha con aire de interminable en la mirada, y en el escote. Una mujer que parece perfumada de noche y de océano. Una mujer que, eufemismos aparte, evoca en nuestro cuerpo el instinto criminal de saltar por encima del mostrador para hacerla nuestra. He generalizado para sentirme menos violador, sepan entender.
–No me acuerdo tu nombre.- balbuceo. Imbécil, como siempre imbécil.
Ella sonríe. –No tendrías porqué. Nunca te lo dije.
–¿Pero vos me conocés…? Me dijiste Donato.
La mujer asiente. –Conozco tu nombre, y tu blog.
Empalidezco. Hay algo en su sonrisa que me hace empalidecer. Algo poco inocente, como en la sonrisa de aquel hombre que se refregaba las manos.
Ella señala al papelito que está pegado en el mostrador. –Un carnaval ignorado no es un carnaval. ¿No?- dice, sonriente. Desde donde está parada no se puede leer. Tan sólo quiso demostrar que sabe de lo que habla.
Yo, apenas, asiento con la cabeza. Un enanito pesimista sobre mi hombro izquierdo me asegura que esta mujer trae intenciones macabras. Un enanito optimista sobre mi hombro derecho me alienta que me buscó, tal vez, por amor.
La mujer levanta sus cejas. –¿Me podés creer que fui de telo en telo buscando cuál tenía una YPF al lado? Supuse igual de qué zona eras...- me confía.
El enanito optimista sonríe, engreído.
–Todo un esfuerzo.- reconozco- ¿Y se puede saber por qué?
Ella se me acerca y me mira con esos ojos grandes. –Porque te quiero chantajear, Donato.
El enanito pesimista prende su diminuta pipa y echa, complaciente, una bocanada de humo al aire.

miércoles, 23 de abril de 2008

El pacto sexual

–¿Cuál es tu obsesión con eso?- dice ella, echándose atrás en la silla.
Él busca retenerla. Intenta agarrar sus manos pero la mujer se las quita. Entonces las palmas de él recorren la mesa, tal vez para no evidenciar el rechazo que sufrieron. Se detienen en el tarrito con sobres de azúcar. Agarra uno y lo estruja. –¿Y cuál es tu obsesión con lo otro?- increpa.
La mujer sonríe. Lleva una mano a su pecho. –¿Mi obsesión?
El hombre asiente. –Ajá, ajá.- murmura, para darle cuerda al reclamo que espera en su garganta. El sobrecito de azúcar pide como puede auxilio a sus compañeros en el tarrito, que lo miran con una aterrada inmovilidad. El hombre respira profundo. Intenta, tal vez, calmarse. –Porque vos también venís una y otra y otra vez con lo mismo.
El rostro de la mujer se remonta a las geografías demoníacas y asesinas de Johnny Deep en el final de Sweeney Todd. –Pero yo no propuse ese pacto sexual.- dice apenas.
El hombre deja el sobrecito de azúcar a un costado. Sus compañeros del tarrito, cuando creen que la pareja no los está mirando, van a socorrerlo. –¡Una ambulancia!- grita uno.
–¡Una ambulancia!- corea otro.
El sobrecito se percata de la escolta de granitos de azúcar que está dejando atrás. Sabe que no llegarán a tiempo para una transfusión. Sabe que nunca realizará su sueño de endulzar el café de una chica parecida a Amelie. Sabe que no le queda otra más que rendirse ante la noche.
–¿Querés saber algo?- increpa el hombre- Si propuse ese pacto sexual, como vos decís, es porque quiero hacerte feliz.
La mujer asiente. –Hacerme feliz con un pacto sexual así, con un intercambio.- dice. Sus dedos se mueven arrítmicamente. Contiene el impulso de estrangularlo. Los sobrecitos de azúcar, que ahora se echaron sobre la mesa cuando el hombre bajó la mirada, contemplan a esos dedos con un inmóvil terror. La mujer contiene el impulso acariciando su propio cuello. –Una entrega me hace feliz. No una entrega por intercambio. No que lo hagas sólo para poder satisfacer esa obsesión que tenés.
El hombre resopla. –¡Vos también tenés una obsesión, por favor!- se indigna- Que el dedo en la cola, que el dedo en la cola. Y no me gusta que me metas el dedo en la cola.
–Es por un prejuicio machista, que si te relajás—
–No es no.- interrumpe él- No me gusta.
Ella agarra finalmente un sobrecito. Lo recorre con su pulgar de un costado al otro, moviendo el azúcar que tiene adentro. El sobrecito, entre estrujón y estrujón, pide que le digan a Laurita que la ama. La mujer lo pone en la mitad de la palma de su mano y la cierra con toda sus fuerzas. Tal vez imagina que el sobrecito es el testículo de su pareja. –Y vos te pensás que me gusta.- dice, irónica, arrojando el inerte sobrecito a un costado- Pensás que disfruto tragándotela.
Él sonríe. –Es un prejuicio feminista, si te relajás—
–Es un asco.- se adelanta ella, ni un poco divertida por el retruque.
El hombre se encoje de hombros. –Por eso te decía del pacto. Vos hacés eso, yo me dejo lo otro.
La mujer niega con la cabeza. –No me gusta así, preacordado. No me gusta ni un poco.
Las uñas del hombre arañan a la mesa, marcando un ritmo alocado. El terror vuelve a desplegarse entre los sobrecitos. –¡Por favor!- grita uno.
–¡Por favor, escúchense el uno al otro! Reconozcan sus deseos, y sus límites. Y estén dipuestos a dar un pasito más por su pareja. Entréguense a ella. Pero sólo si así lo sienten. Experimenten. No se castren de experiencias. Y den el pasito juntos ya que nada debería ser forzado. ¡Escúchense! ¡Amense! ¡Basta de asesinarnos!- clama otro, de por cierto más elocuente.
Pero el hombre lo agarra y lo destroza sobre la mesa. Sus granitos de azúcar se desparraman por todas partes. La mujer y el hombre se miran en silencio. Sienten que un océano los separa en esa mesita. La dulzura yace asesinada ante ellos.

miércoles, 16 de abril de 2008

Por qué

Ella abre sus ojos. –Me encontraste.
–Te encontré.
–¿Me podés decir qué carajo estás haciendo acá?
La mujer guarda silencio, con sus ojos aún bien abiertos, como si mentalmente revisara todas las respuestas posibles y ninguna la convenciera, como un pez que, fuera del agua, se ahoga.
El hombre mira al otro hombre y la mira a ella. Resopla. –¿No te sale la palabra?- insiste- Cagándome. Eso estás haciendo. Cagándome.
El otro tose. –Pará, tranquilicémonos un poco.- pide.
–Esto no es con vos, flaco.- retruca el hombre para girar hacia ella- ¿Me podés decir por qué?
La mujer se incorpora en la silla y, como si temiera desatar una tempestad con apenas un puñado de palabras, lo pregunta de todas maneras. –¿Cómo por qué?
–¿Por qué? Porque estamos casados. Porque tenemos un hijo. Porque querés sentirte mujer y no madre y esposa. Porque te aburrís. Porque no la pasás bien conmigo. Porque no te digo las mismas cosas que él. Porque no te hago las mismas cosas que él. No sé. ¿Por qué?
Ella respira profundo. Baja la mirada.
El hombre se rasca el mentón. Quizás en esa acción reprime el impulso de agarrar la mesa y arrojarla por la ventana. Mejor, probablemente perdí al amor de mi vida por lo que no tengo ganas de barrer vidrios rotos.
Él resopla. –¿Venías y me dabas un beso después de no sé qué asquerosidad habrás hecho con él? ¿Y a Facundo también?
–No lo metas en el medio.- pide ella.
–¡Está en el medio!- grita él- ¿Por qué? Decíme por qué.
Ella lo mira. –El cuerpo no tiene porqués. Tiene cómos.
–¿Sí? ¿Sí? A ver cómo se te termina entonces.
En tan sólo un instante, mientras lleva su brazo adentro del saco, me digo que tendré que barrer algo más que vidrios rotos.

lunes, 14 de abril de 2008

En él, ella

Mis ojos vuelven a ella. Mi mirada se arrastra, una y otra vez, hacia esa mujer de sonrisa desgarradoramente dulce. Y, cada vez que lo hace, la noche se despereza entre mis costillas. Ella es como la luna que, al despuntar en el cielo, no sólo ilumina sino que erotiza a la oscuridad. Supongo que lo que siento en el pecho es la angustia de no besarla.
Aunque duele, y tiene el sabor a cuando uno tiene algo en la punta de la lengua. Esa sensación a represa constantemente en el instante previo a estallar.
Se para y viene caminando hacia el mostrador. Mi mundo se vuelve más y más angosto con cada paso que da hacia mí. Ella sonríe y es entonces cuando comprendo lo que es el dolor. Se acomoda un mechón de pelo detrás de la oreja y me pide unas pastillitas de frutilla. Se las doy y me pregunta cuánto están. Finjo buscar en una carpeta tan sólo para demorarme en su perfume. Le balbuceo, al fin, el precio y por dentro me estrangulo, gritándome que a una mujer tan cautivadora no se le dice algo tan anémico como unos simples números. No. Se le asegura que desnudaría al cielo de estrellas para hacerle un collar, que hurgaría en lo más profundo de los océanos para encontrar la más perfecta perla, que haría invariablemente la cucharita con ella haga frío o no.
Y es entonces cuando lo veo. Escrito en un papelito, en mi propia letra. Un carnaval ignorado no es carnaval. Respiro profundo y, cerrando los ojos, dejo que las palabras surjan. Dejo estallar la represa. Sin censura. Sin estrategia. Sin nada. –Podría amarte.- susurro, nervioso.
Ella sonríe. –¿Podrías amarme?- repite, divertida. Mira hacia atrás, hacia su pareja que bosteza aburrido en la mesa del barcito, para girar hacia mí. Me señala las pastillitas de frutilla y sonríe con una sonrisa que podría desterrar la noche más oscura. –¿Te acordás el bar que te dije la otra vez?- desliza, como si fuera un secreto.
Frunzo el ceño, confundido. –No. ¿Otra vez? ¿Cuál…?
–No te hagas.- dice- Te espero mañana ahí. Voy con una amiga, por si le querés decir a alguien.
Después de la represa colapsada otra represa aún más grande me circunscribe. Me siento estallar. –¿Qué bar?- insisto.
–Donato, si una no siente que persiste en el cuerpo, en la mente y en la piel del otro no vale la pena sentir.- postula, para girar hacia su pareja. Mientras camina hacia él agita en el aire las pastillas de frutilla.
Quiero gritar. Y desgarrarme en el grito. Pero respiro profundo y me digo que no va a haber noche a la cual treparse para robar estrellas. Ni océanos que hurgar. Habrá ciudad y, en ella, un bar y, en él, ella.

viernes, 4 de abril de 2008

La puerta del bar que se abre

No he muerto. Tan sólo he ido al Infierno.
En el trabajo dije que me encontraba enfermo ya que dudo me dieran unos días por esta excusa metafísica. Luego de cortar el teléfono con semejante mentira, descendí por las escaleras de la línea E del subte que conducen al Abismo.
Una vez ahí, busqué al Diablo. Él me recibió, cordial, en su oficia. Me senté. Me sonrió. –¿Qué puedo ofrecerte, Donato?
Mi vocecita temió salir. –Hay una mujer.
Sus labios se replegaron. –Siempre la hay.- dijo, apacible. Prendió su pipa y me señaló con ella. –La de pastillitas de frutilla.
–Cecilia.- individualicé.
Él asintió con la cabeza. –Cecilia.
Respiré profundo y me animé a ser cursi ante el Diablo. –Esa mujer carnavalea por todo mi cuerpo, aunque lo ignora.
Abrió la boca sin pronunciar palabra alguna. Tan sólo un ballet gris emergió de la misma, danzando lánguidamente antes de entregarse al olvido. Sonrió. –El mundo está poblado de carnavales ignorados.
–Mi deseo no es original pero es auténtico.
Él aceptó asintiendo con la cabeza. –Y ella, Cecilia, si no me equivoco, hace bastante que no se aparece por el barcito de la estación de servicio.
–Exacto. Me desangro en su ausencia.- confesé, ferviente en mi empresa de ser cursi ante la oscuridad.
El Diablo le dio una pitada a su pipa y me recorrió haraganamente con la mirada. –Donato, tenés en claro que soy Lucifer, la voz de Dios. No puedo poner palabras mías en bocas ajenas. Aunque todos hacen eso conmigo.
Me rasqué la ceja, confundido. –¿Cómo?
Resopló, algo malhumorado. –¿Descendiste hasta acá para contarme que Cecilia no frecuenta el bar o para hacerme un trato?
–Un trato, un trato.- apuré, avergonzado por mi confusión.
Él asintió con la cabeza. –A eso me refería. ¿Por qué no me contás qué querés?
Entrelacé mis dedos. –Bueno… Es que me desangro en su ausencia y, como dije, mi deseo no es original pero es auténtico.- balbuceé, disculpándome de antemano.
–Querés el amor de ella a cambio de tu alma.- se adelantó.
Negué con la cabeza. –No, no. Sería muy facilista y egoísta de mi parte.- retruqué- Quiero que vuelva, al menos, una vez más al bar.
Él le dio una pitada a su pipa y, nuevamente, un ballet gris danzó entre nuestras miradas. –¿Y a cambio qué ofrecés?
–Lo más preciado que tengo: el recuerdo de ella.
El Diablo se echó atrás en su sillón. –Mucha gente escribe poesía. Pocos la entienden. Menos la viven.- observó, con un tono casi paternal.
–¿Es un trato justo?
Sonrió. –Es un trato hermoso.
Estrechamos nuestras manos. Firmé unos papeles. Y subí por las escaleritas de la línea E del subte que conducen a la ciudad.
Ya lo puedo sentir. De a poco me abandona el carnaval. De a poco dejaré de desangrarme en su ausencia. Di todo para verla otra vez. Aunque sea como la vez primera.
Mientras su recuerdo me huye, busco en el mostrador del barcito y agarro un papel y una lapicera. Un carnaval ignorado no es carnaval, escribo. Miro el papel. Un carnaval ignorado no es carnaval, está escrito. Lo debo haber garabateado antes de faltar estos últimos días. Me digo que me gusta la frase. La pego en un costado y giro hacia la puerta del bar que se abre.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Qué lástima

Él la mira y la mira y la mira para, luego, mirar a su novia.
–No me estás escuchando.- advierte ella, apretando el sobrecito de azúcar.
Él le saca el sobrecito y le besa la mano. –Sí que te escucho.- le aclara- Me decías que no te gusta pintarte.
La mujer se rasca la nariz, tal vez dudando si creer en su novio o si insistir con que no la escucha, con que él apenas repite lo último que ella dijo, o tal vez se rasca porque le pica la nariz. –Sí, no me gusta pintarme.- concede.
–Es que me gustaría que—
–¿Qué?- interrumpe ella- ¿Que sea una modelito toda pintadita y arregladita? No soy así. No me siento así.
Él le besa la mano mientras escoge las palabras apropiadas. Entre beso y beso mira a la mujer del fondo. La devora con los ojos y envidia al hombre que está con ella para, luego, volver su atención a su novia. –Es que me gustaría que fueras, no sé, un poco más femenina.- confiesa a media voz, para quedarse besando al aire y darse cuenta que las palabras no fueron las apropiadas.
–¿Más femenina?- se indigna la mujer, retirando su mano- ¿Soy más femenina si estoy con las uñas y la cara pintada, si estoy depilada? ¿Soy más femenina o más artificial? ¿O es lo mismo en tu mente retorcida?
El hombre se encoje de hombros. –Es que… no sé…- balbucea, con la cabeza gacha y jugando con los botones de su camisa como un niño que fue retado- Me preguntaste qué me gustaba y ahora me atacás. Vos querés el pan y la torta a la vez.- acusa.
–¿Pensás escaparte de la artificial feminidad de la mujer al decirme que soy histérica?- retruca ella.
Él niega con la cabeza, mira a la mujer del fondo y al reloj que advierte que falta media hora para las cuatro y suspira. –No. Dejá.
Ella suspira también. Frunce los labios. –¿Como quién?
Su novio entrecierra los ojos. –¿Cómo?
–Claro. ¿Como quién te gustaría que fuera? ¿Quién de acá?
Él niega con la cabeza. –No sé.
–Dale, decime. ¿Como quién?
El hombre sigue negando con la cabeza. Se echa hacia atrás en la silla. –No sé. No me gusta esto.
–¿Por?
Él agarra el sobrecito de azúcar, mira a la mujer del fondo y vuelve a negar con la cabeza. –Me incomoda. No sé. No me gusta que te andes comparando con otras. Lo sabés.
Ella se sonríe. –Todas las mujeres nos comparamos con otra. Dale, ¿como quién te gustaría?
–¿Por? ¿Te pintarías así?- se interesa el hombre.
–No siempre. No va conmigo. Lo sabés. Creo que es artificial y, para serte sincera, algo enfermo, hasta pedófilo—
–Bueno, bueno. Aflojá.- interrumpe él.
–Pero alguna vez lo haría por vos.
–¿En serio?
–¿Quién no goza con el goce del otro?
Él mueve la cabeza de un lado para el otro, tal vez tomando coraje. Se acerca a su novia y cierra el puño, desplegando lentamente su dedo índice. –Como ella.- señala al fin.
–¿Ella?- pregunta su novia, girando para ver- ¿Te gusta ella?
Él acepta bajando lentamente los párpados. –Es femenina. Es delicada.
Ella asiente con la cabeza. Sonríe. –Está maquillada. Está arreglada. Tiene las uñas pintadas. Ay, qué lástima.
–¿Qué lástima? ¿Por? ¿Qué pasa?
–Una lástima. Un detalle nomás. Tan cuidadita que parecía.
–Vos siempre buscando lo que no hay, ¿eh?- se indigna él- ¿A ver? ¿Qué no te gusta de ella?
Ella sonríe. –Las manos.
–¿Las manos?
–¿Le ves las manos?
Él entrecierra los ojos. –No puede ser.
–Sí. Es un travesti.

lunes, 10 de marzo de 2008

Burlándose de fantasmas

A veces las metáforas caminan. Y a veces vienen a parar a este barcito.
Él entrelaza sus dedos largos, pálidos y delgados con los de ella, gordos y cortos. Le besa la mano, esa mano hinchada, y le convida una sonrisa desde su rostro breve y huesudo.
Sin dudas, al menos físicamente, se complementan. Él, escuálido. Ella, obesa.
El barcito se puebla de ellos dos. Burlas, miradas curiosas y discriminantes recorren a cada una de las parejas que esperan a las cuatro de la mañana.
–Lo aplasta. Si ella se sube arriba de él, lo aplasta.- bromea una mujer de pelo morocho y enrulado.
–Lo quiebra.- varía un pelado.
–Deben tener problemas glandulares.- teoriza una petisa, a media voz.
–¿Qué habrá visto en esa lechona?- dice el pelado.
–¿Qué habrá visto en ese espantapájaros?- dice la de rulos.
Y así es nomás: la constante de la humanidad es la inconstancia de humanidad.
–Que le pase un par de kilos al flaco.- propone una mujer de treinta años vestida como si tuviera veinte.
–Quizá el tipo la embarazó y ella después engordó y engordó y quedó así… Esas cosas pasan.- amplió la petisa, a media voz.
–El flaquito ese no es ningún gil.- opina un hombre a su pareja- Con lo caro que está la carne se va a hacer una fortuna con esa gorda.- rió, para mirar a la mujer que lo acompaña y diluir su risa en una sonrisa y a esta, de a poco, en la mueca de aquel que se percata de haber quedado mal parado aunque no comprende del todo porqué- Es… grandota.- agrega, con la voz ahogada, replegada y expectante, anticipando la reacción de su pareja. La mujer, en cambio, toma un sorbo de café.
–¿Cómo se puede calentar con esa gorda?- se indigna el pelado.
–¿Qué habrá visto en ese espantapájaros?- reitera la de rulos.
–Quizá son amigos y nada más y vinieron acá porque es más barato que ir a un café o un bar.- desexualiza la petisa, a media voz- No, no. Le besó la mano.- se corrige mientras su pareja bosteza mirando por la ventana.
–Cinco veces. Esa mujer debe ser cinco veces lo que ese pibe.- calcula el pelado.
–¿Qué habrá visto en ese espantapájaros?- insiste la de rulos.
El espantapájaros, en cambio, se levanta y le tiende su mano delgada a su pareja. Ella entrelaza sus dedos redondos con los de él y se van del bar.
–¿Me habrán escuchado?- se pregunta la petisa, casi en un susurro.
El flaquito y la gorda se fueron pero, así y todo, perduran en el barcito. Como fantasmas. Sus presencias siguen recorriendo a cada conversación.
–¿Hubo un terremoto recién o fue la gorda caminando nomás?- bromea un hombre y su pareja toma un sorbo de café.
–Ese pibe no era ningún gil.- dice el pelado.
–¿Por qué?- se interesa su novia.
Él sonríe. –Las gordas, en la cama, compensan su gordura.
La mujer lo mira sin entender.
–Yo creo que se conocieron en un centro de ayuda o contención para personas con problemas glandulares.- sostiene la petisa, volviendo a su primera hipótesis y cruzándose de brazos, satisfecha.
–Aunque esos dos teniendo sexo deben ser más ridículos que un elefante y una iguana cojiendo.- bromea el pelado.
–¿Qué habrá visto en ese espantapájaros?- reitera la de rulos.
Frunzo los labios. No sé qué le habrá visto, me digo. Por lo pronto, ellos fueron los únicos dos que se dieron cuenta que son las cuatro de la mañana. Y se fueron nomás, a entregarse, a complementarse, mientras el resto se queda burlándose de fantasmas.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Los viejitos

El hombre debe tener sesenta y tantos años pero ni bosteza ante la proximidad de las cuatro de la mañana. En cambio, revuelve el café, toma un sorbito y mira hacia fuera. –Flor de tormenta se viene, ¿no?
–Flor de tormenta.- repite la vieja, hojeando un diario- Estaba pensando…- continúa, dejando el diario al costado- ¿Qué querés comer? ¿Querés que te prepare fideos o pastel de carne?
–Pastel de carne.- elije el viejo tras otro sorbito de café. La mujer retoma el diario y se lo pone a hojear. El viejo deja la tacita. –¿Qué pasa?
La vieja sigue hojeando. –Nada, nada…
–Te conozco.- insiste el viejo.
–Es que yo quería fideos.
El viejo resopla. –¿Y entonces para qué preguntás?
La viejita da vuelta la página. –Por cortesía.
Las parejas que esperan a que sean las cuatro de la mañana para ir a pernoctar los observan confundidos. –Estos están seniles.- arriesga uno.
–Callate.- censura su novia.
–¿Pero no viste que le preguntó qué quería para comer? Deben pensar que son las tres y media de la tarde y no de la madrugada.
La mujer se encoje de hombros. –Quizá salieron a dar una vuelta.
El hombre niega con la cabeza. –No hay teatro ni cine ni nada por acá más que el telo. Están seniles te digo.
Ella los mira como con miedo. –¿Y qué hacemos?
–Nada.
–¿Cómo que nada?- se indigna ella- Mirá si tienen que tomar una pastilla o no saben cómo volver a su casa.
Su novio frunce los labios. –¿Pero qué querés hacer?
–¿Qué se yo…? Que nos digan el nombre de algún hijo que los venga a buscar o algo.
Él se echa atrás en la silla. –Dejalos tranquilos.
–¿Qué los deje tranquilos o que los ignore? ¿Vos me vas a ignorar cuando yo llegue a esa edad?
El hombre traga saliva, arrinconado e incómodo. Para desviar la atención de su persona, y librarse de responder, gira hacia los viejitos. Su novia hace lo mismo.
–Flor de tormenta se viene.- dice el viejito.
La viejita levanta su mirada por encima del diario. –Está bien. Puedo hacer pastel de papas y fideos si querés.
–Quizá no están seniles.- dice el hombre.
–Lo están.- contradice su novia.
–No hablan como—
–Lo están.- interrumpe ella- No trates de desligarte de esto.- critica, parándose- Yo voy.- anuncia.
–Esperá, esperá, ¿qué vas a hacer?- la intercepta el novio.
–Le voy a preguntar si tienen un hijo que los pueda venir a buscar.- aclara, para dirigirse hacia ellos- Disculpen…- empieza, dubitativa.
–¿Sí?- le ayuda la viejita, sonriente.
–Con mi novio nos preguntábamos si los conocíamos de algún lado.- miente- ¿Puede ser que conozcamos a su hijo?
El viejito infla el pecho. –Puede ser. Salió una nota en La Nación sobre él. Es un científico muy respetado.
–Respetadísimo.- dice la viejita- Le dieron un premio hace poco.- agrega, orgullosa.
–También hicieron hace poco una nota sobre él en el New York Times.- suma el viejito, en un inglés deplorable.
–Respetadíismo.- insiste la viejita.
La mujer se rasca el antebrazo, incómoda. –¿Saben dónde está?- empieza.
El viejito asiente lentamente. –Sí. En nuestra casa.
–Se vino a vivir con nosotros hace un tiempo. Aparentemente ser respetadísimo no alcanza para vivir.
El viejito sonríe picaronamente. –Así que nos vinimos acá a esperar hasta las cuatro para pernoctar y tener un poco de privacidad.- explica y se arrima, como quien va a soltar un secreto- A ella le gusta gritar.
–¡Alberto!- se indigna la viejita.
–¿Ves?- se ríe el viejito.
–Perdón, perdón. Me habré confundido.- dice la mujer, para volver avergonzada a la mesa.
El novio sonríe. –Tenías razón. Tenían que tomar una pastilla: el Viagra.
–Bueno, sí, sí...- acepta la mujer, aún ruborizada- Tenías razón.- concede- No estaban seniles.
–No. Es la realidad la que está senil.

lunes, 3 de marzo de 2008

Equitativos

Son las tres de la mañana y en esta última hora de agonía, una pareja ahorca con sus miradas al reloj.
–Basta.- dice ella- Paguemos un turno más y después el pernocte.
Él se pasa la mano por la cara. –No es barato.- observa.
–No es el telo más caro…- acusa ella.
Él contiene un grito. Gira hacia el reloj, suplicándole en silencio que haga lo inverso que tantos viejos le ruegan. –Es caro.- musita, con su mirada distraída en los hielos que juegan a ser icebergs en el oceanito negro y burbujeante de su vaso de plástico.
–No sé.- insiste ella, esta vez más módica al percatarse de las mandíbulas apretadas de su pareja.
Su respuesta fue mínima. Pero mínima puede ser la grieta que demuela a un dique. –La puta madre, vos trabajás también.- larga el hombre, con esa voz ahogada de quien retuvo algo por demasiado tiempo.
–Sí, ¿y qué—
–Y que vos también tendrías que pagar.- se adelanta él- Los dos vivimos con nuestros viejos. Los dos laburamos. Los dos deberíamos pagar el telo. ¿Porqué yo? ¿Por qué siempre tengo que ser yo el que lo paga? ¿Vos no disfrutás? Porque ni una vez, ni una vez te digo, amagaste a pagar. Y la verdad que no entiendo.- continúa, rápido, acribillando al aire para no permitir una respuesta- La verdad que no entiendo cómo me dejás a mi solo pagando siempre. ¿No te das cuenta que es un vagón de plata coger dos veces por semana en un telo? No, no te das cuenta. ¿Por qué nunca pagás? Si no es que sos una prostituta. Somos los dos. ¿O pensás que es de caballero pagar? Es estúpido eso. Es como si te desligaras de todo esto. Y esto es algo de los dos. De los dos.
La mujer lleva su mano al pecho. El hombre vuelve su mirada a los hielitos que siguen jugando a ser icebergs. –Perdón… lo debía tener desde hace tiempo dando vueltas.- dice él, mientras devora a uno en la mitad de su juego y lo tritura entre los dientes. El hielo grita pidiéndole ayuda a sus compañeritos que, ahora, se mecen en un inquietante silencio en la Coca Cola.
La mujer frunce los labios. –Es cierto…- acepta- Esto es algo de los dos.
–Es lo que te decía.- asiente el hombre- Habría que ser equitativos en los gastos.
Ella sonríe maliciosamente. –Y en los orgasmos.
Él se sume en el mismo silencio inquietante de los hielitos.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Iré a un lugar donde el cielo no esté arañado por cables y por bocinas. Donde el viento no esté poblado por pasitos de oficinistas, y por las motos de los deliverys perdiéndose en la noche.
Iré a un lugar donde la tierra sea acariciada por ríos y arroyos y no por subtes y colectivos. Donde las estrellas no sean castradas por la oscuridad de la ciudad.
Iré a este lugar y volveré. Nos leemos en 15 días y monedas.

lunes, 11 de febrero de 2008

Atrapado en un espiral de ecos

Redefinir el mar implica, sin dudas, redefinirse. Siempre dije que acá se despliegan las crónicas de aquellos desdichados que esperan hasta las cuatro de la mañana para irse a pernoctar al albergue transitorio vecino. Pero son casi las cinco menos diez y ella entra al barcito de la YPF. Ella, mi amor imposible. Cecilia. Y entra sola.
De repente, mi corazón es demasiado grande para las modestas dimensiones de mi pecho y, con cada latido, me empuja las costillas para afuera. Con cada paso que ella da hacia el mostrador, sola, por primera vez sola, aparece un amigo dándome ánimos.
–¡Vamos, viejo!- alienta el primero.
–Está bárbara, tenías razón. ¡Vamos Donato, viejo y peludo! ¡Vamos que vos podés!- apoya el segundo.
–Suerte.- anima el tercero. El tercero es Facundo, un pibe de pocas palabras pero buen pibe.
–¡Póngale huevo mi querido Donato, porque si no la agarrás yo te mato!- tararea el cuarto.
El quinto se le suma y levanta la mano mientras canta. –Olé olé, olé olá, Donato hoy va a ganar. Olé, olé, olé olá, Donato hoy—
Pero mi corazón da otro burdo latido y le pego sin querer un costillazo. Cae desmayado al suelo. Y ella no deja de venir hacia mí mientras el mundo de la música se conmociona al enterarse que los míticos Simon & Garfunkel se reconcilian en un barcito de una YPF en la Argentina a las cinco de la mañana de un domingo, nada menos que con la hermosa canción Cecilia. En medio de este desconcierto, ella me dice algo pero no logro escucharla. Después de todo, el barcito está lleno de amigos míos cantando canciones de cancha, de científicos perplejos por mi corazón gigantesco, por paramédicos atendiendo a mi amigo desmayado, por Simon & Garfunkel que ahora pasaron a tocar Mrs. Robinson entre los flashes de los fotógrafos y las preguntas ansiosas de los periodistas que no tienen el decoro de esperar a que termine el recital y algún que otro gritito histérico de unas señoras de cincuenta y tantos años y, finalmente, los de Guiness que quieren medir mi corazón para incuirlo en su lista de récords.
–Pastillas de frutilla.- repite ella, con esa voz tan dulce que podría derrumbar a una ciudad entera.
Sonrío. –¿Te gustan?
Ella me mira. Yo quiero tomar veneno, quitarle el seguro a quince granadas y ponerlas en mis bolsillos para acostarme debajo de una guillotina. Cecilia, en cambio, frunce la nariz. –Sí, me gustan. Ese el fin de comprar algo, ¿no?
–Es que no puedo… Es que siempre comprás…- balbuceo- Pero nunca...
–¿Nunca qué?- ayuda ella, y creo amarla por eso.
–Nunca viniste sola.- completo.
Cecilia sonríe y señala a un coche en la estación de servicio. –Hoy salí con las chicas.
Individualizo el coche y asiento con la cabeza. –Ah, bien, muy bien. ¿Por dónde?- pregunto. Ella me dice el nombre del bar y la mitad de mi cerebro me sugiere contarle que no sé dónde queda y la otra mitad me recomienda decirle que sé cuál es, porque para una mujer como ella un hombre sin experiencia, sin noche, no es hombre. Como siempre me pasa cuando estoy nervioso, escucho al lado más imbécil. –Ah, lo conozco. Está bueno.- miento.
–Ah, ¿sí?
–Sí. ¿Y la pasaron lindo?- desvío.
–Sí, pero había que cargar gas y, bueno, pastillitas de frutilla.
–Pastillitas de frutilla.- repito, sonriente, con todo mi instinto, desde adentro, pateándome la boca para adelante, para besarla.
Ella gira hacia la estación de servicio. –Creo que ya terminaron.
–Ya terminaron, sí…- confirmo. Por dentro me estrangulo gritándome que soy un imbécil, que como no sé qué decir me limito a ser el eco de sus palabras.
Cecilia guarda las pastillas en su cartera. –Bueno, nos vemos.
–Nos vemos.- digo, atrapado en un espiral de ecos.
–Nos vemos, Donato.- agrega, hermosa.
–Cecilia…- me apuro a despedir.
Y se va, llevando por los hombros a mi alma. Paso el trapito por el mostrador cuando la certeza me llega tarde, traicionera y dolida. El bar al cual había ido ella queda a treinta cuadras. Hay seis estaciones de servicio entre ahí y acá. Simon & Garfunkel tocan ahora The sound of silence. Apropiado.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Redefino al mar.

Mi padre decía que a nadie le gusta el mar. Lo que nos atrae, sostenía él, es el sonido de las olas rompiendo, la arena escurriéndose entre los dedos, el olor, ese olor mordaz y calmo, los vaivenes de las tonalidades, el sol, a veces pícaro y a veces jazzero, y las gaviotas, aquella pareja abrazada sin decirse una palabra, y el niño haciendo un castillo, el sentimiento de que una ola estalle un metro arriba de uno, que nos arrastre, y la espuma abandonada en la costa como si fuera los restos frágiles de un ser inacabable.
Mi padre decía que no podemos lidiar con lo inmenso. Nos involucramos, de esta manera, a través de las particularidades de lo que nos resulta descomunal. Fragmentamos para poder tolerarlo, para poder aprehenderlo. A nadie le gusta el mar, insistía él; nos gustan estas pequeñeces que paren en nuestro pecho al mar.
Uno fragmenta para entender, para delimitar. No por nada las cosas tienen nombres y no andamos señalando acá y allá. Si llamo a la roca como roca tengo cierto dominio sobre ella. Es parte de mi lenguaje y deja de ser algo ajeno a mí. Uno fragmenta para entender y para dominar, dos términos que pueden ser tanto sinónimos como antónimos.
Y eso es lo que me paso haciendo acá, atrás del mostrador. Fragmentando a la miseria, al deseo y la angustia humana mientras las parejitas esperan a las cuatro de la mañana. Los veo y fragmento, como acto reflejo. Gays, lesbianas, heterosexuales, aburridos, de trampa, insípidos, un viejo con una pendeja, un trío, sadomasoquistas, hippies, oficinistas. Lo que sea. Los veo, prejuzgo por dos o tres elementos, y los ato a estas denominaciones. Es el acto reflejo surgido por estar toda la vida llamando roca a la roca.
Pero mi padre también decía que, de vez en cuando, un fragmento –ya sean las gaviotas o la espuma abandonada en la costa– puede contener al mar entero dentro de sí mismo. Y al contemplar a este fragmento uno redefine al mar.
Hoy redefino al mar.
Esperan en la mesa del fondo una mujer y un hombre sin brazos. A mi mente no le queda otra para lidiar con la inmensidad de esta imagen más que ponerse a fragmentar.
Lo primero que me surge hacer es preguntarme quiénes son. Me digo que ella es una prostituta. Después se me ocurre que eran novios desde hacía bastante y él sufrió un accidente en el cual perdió los brazos. Pero creo que estas posibilidades son nefastas. Son las primeras que se me ocurrieron. Son sentido común. Pero el sentido común es una construcción y mi arquitecto debe ser un desalmado. Debe serlo. Ambas posibilidades postulan que el hombre sin brazos no puede ser amado, ya que até a la mujer primero a la prostitución y, luego, al pasado de ese hombre.
Me pregunto, entonces, no quiénes son sino qué pasará por sus cabezas cuando son. Qué pensarán cuando ella lo abraza y él cierra los ojos. Cuando él se encorva y gira y se repliega para explorar el cuerpo de ella con su boca.
Pero algo en mí me advierte que sigo llamando roca a la roca. Que me detengo en la particularidad. Y que este hombre fragmentado no puede ser fragmentado. Que en el abrazo de ellos dos pueden existir todos los abrazos juntos. De la misma manera que no. De la misma manera que puede ser un tipo y una mina más. Así como el océano puede invocar un sentimiento de hogar, de poesía y de noche, o puede ser mucho agua junta nomás. A veces, creo, la roca se ve limitada porque la llamamos roca y a veces la roca es porque la llamamos roca.