jueves, 24 de julio de 2008

El caballero de la noche

–Sí, pero basta.- interrumpe ella.
El rostro del hombre se tensa por completo. –¿Pero…?- repite, como si escupiera la sangre de quien ha recibido un disparo inesperado.
Ella se echa hacia atrás en la silla. Toma un trago de gaseosa. Lo mira entrecerrando sus ojos. –Habíamos dicho ir a ver Batman para hacer tiempo antes del pernocte. No hablar todo el tiempo de la película.
Él levanta sus cejas. Comprende que la bala entró demasiado profundo y que ningún doctor, por más hábil que sea, podrá salvarlo. No obstante, decide ignorar esta verdad y hunde sus dedos, buscando al proyectil. –¿Pero no te gustó?- pregunta mientras logra, con esfuerzo, remover la bala.
Ella asiente la cabeza. –Tampoco para tanto.
–Tampoco para tanto.- repite él.
La mujer toma un trago. –Tampoco para tanto.- reitera- Estaban todos locos en el cine como si, no sé...
–¿Cómo si qué?- apura él.
–Como si fueran pendejos.- se anima ella.
El hombre mira a la bala que se ha quitado, empapada de sangre, en su mano. Se dice que sobrevivir no es despojarse de lo sufrido sino saber llenar el hueco que esto ha ocasionado. –Te digo cuál es tu problema.- arranca él.
–¿Cuál es?
Se suena el cuello. –Carecés de mito.- lanza el hombre- Ese es tu problema. Te enseñan desde chica que los chicos hacemos bochinche, que somos más burdos, que nos gusta tocar, gritar y tomar. Que ustedes deben ser dulces, delicadas. Te enseñan a comportarte, porque una mujer debe ser más recatada, más controlada. Más reprimida, digamos. Y entonces no podés experimentar esto que nos pasa. Esta devoción. Esta pasión. Porque viviste controlándote. Viviste entre dietas y esperando que el hombre dé el primer paso, ya que darlo vos implica evidenciar tu deseo. Y la mujer no debe desear. Debe aceptar o declinar el deseo del hombre. Por esa estupidez que te embutieron desde chica no podés saber qué sentimos al verlo ahí, en la pantalla...- rememora, con la voz quebrada.
Ella asiente con la cabeza, lentamente. Mira alrededor. Se levanta. –Más reprimida...- repite- Supongo que es cierto, que carezco de mito.- acepta con una voz suave, quizás avergonzada- Pero del mito del superhéroe solitario. Como Batman. Siempre me gustaron más las Ligas.- acota y se va a sentar a la mesa de una pareja.
El hombre se la queda mirando. No logra comprender lo sucedido. Recorre con sus manos a la mesa, indeciso si debe pararse y buscarla. Si ella volverá. O si debe irse. De a poco se da cuenta que la última opción es la que apropiada. Ella, después de todo, sonríe en la otra mesa. Y la pareja, también.
El hombre se para con una lentitud teatral que no logra llamar la atención de la mujer. Camina hacia la puerta y sale a la oscuridad. De esa manera, el caballero de la noche termina siendo un hombre solo más en la ciudad.

lunes, 21 de julio de 2008

Despedidas de soltero

–¿Qué te harán los pibes?
Él levanta sus cejas. Se encoge de hombros. –No sé.- responde- Pero, seguro, algo jodido. Vos viste cómo somos. Siempre nos hacemos algo jodido para las despedidas de soltero.
La mujer sonríe. Toma un trago de su gaseosa. Deja el vasito en la mesa. Agarra la mano de él. Muerde su labio inferior con una maldad deliciosa. –Muero por ver qué te harán.
Se le acera. –Te soy sincero, ando medio asustado con eso.- confiesa él.
Ella larga una carcajada. Su rostro, inmediatamente, se inunda de un color rojo. –¿Por?- pregunta, para tratar de pasar desapercibida.
–Ya sabés. Es como una escala de violencia. Primero empezamos con Lela. Se la hicimos buena. José, el negro y yo le dijimos que caíamos tarde a la despedida. Ni bien se lo llevaron sus amigos de la facultad—
–Ni bien se los llevaron a él y a ella.- interrumpe la mujer, corrigiéndolo.
–Si ya sabés que fue conjunta, tontis.- contesta él- Ni bien se los llevaron a él y a ella- repite él, imitándole el tono de voz-, con José y el negro le desarmamos el coche, pieza por pieza, y se lo armamos en el living de su departamento.
Ella larga una carcajada. Más modesta que la anterior. –Esa fue genial.- dice- Imaginate abrir la puerta de tu departamento y encontrar a tu coche adentro.
–Pobre Lela. Lo tuvo que desarmar solito. La mujer se la pasó insultándolo. Y a nosotros también. Pero a mí me gustó más la de José. Porque Lela, obviamente, se la quería mandar a guardar por lo del coche.
–¿Por qué a él? Se les ocurrió a los tres.
–Viste cómo es José.
Ella asiente con la cabeza. –Siempre anda presumiendo.
–Exacto. Entonces con Lela y el negro lo emborrachamos muy emborrachado. José palmó. Mal, ¿eh? Ahí lo llevamos a un médico conocido mío que le enyesó el brazo. Al día siguiente le hicimos creer que se había caído y fracturado. El tipo se tuvo que casar así.
La mujer se muerde el labio mientras mueve su cabeza de un lado al otro. –Pobre Sandra.
–Sandra estaba loca.- se embala él- Tuvieron que recortar el saco. Bueno, lo sabés. Terrible. Cuando volvieron de las vacaciones con Lela y el negro le mostramos las fotos de nosotros jodiendo y demás mientras lo enyesaban y le contamos la verdad. Sandra casi lo deja.
Ella repite la misma mueca. –Igual ustedes se van un poco de mambo. Como lo del negro.
Él adopta una expresión de seriedad. –Pero es que cuando le tuvimos que hacer la despedida de soltero al negro con Lela y José no teníamos más ideas. Estuvimos día tras día diciéndole que se prepare, que se le venía una muy jodida. Y, cuando el negro hizo la despedida junto con su mujer, los pibes estábamos secos. Ni una idea teníamos. No sabíamos qué hacerle. Él estaba ahí con su novia y entonces fuimos a buscarlo. No le íbamos a hacer nada. Tirarle harina. Huevos. Cosas así nomás.
–Pero salió corriendo.
–El negro salió corriendo. Se asustó. Y no volvió. Cayó a la tarde del día siguiente.
–Pobre Laura.- dice la mujer- Debe haberse sentido horrible.
Él levanta sus cejas. Pierde su mirada dentro del vaso de plástico. –Por eso lo dejó.- susurra- Sí, ahí nos fuimos de rosca.
Ella se libra de la seriedad que puebla a su rostro. Sonríe. Se muerde el labio mientras acaricia la mano del hombro. –Muero por ver qué te harán.
–Sep.- acota él.
–¿Y te decidiste?- le pregunta ella mientras le besa la mano- ¿Pensás hacer la despedida junto con tu esposa?
–Creo que solo. No la quiero involucrar en toda esa locura.

lunes, 14 de julio de 2008

Un instante

La cosa es así.
El promedio de nuestra estatura es poco más de metro y medio y poco menos de dos. Comparados con las dimensiones del universo, somos un grano de arena pero no en un desierto sino en un planeta enormemente más grande que la Tierra.
Vivimos entre setenta y noventa años aproximadamente. Lo cual significa que si el tiempo total de la Tierra, desde su creación hasta ahora, fuera un año, nuestra vida entera sería bastante menos que una duodécima parte de un segundo en ese año.
Tener esta idea en la cabeza a las tres y media de la mañana mientras paso un trapo al mostrador de un barcito es una invitación al suicidio. Total, si somos una fracción tan ridícula de tiempo y de espacio, ¿por qué suicidarse sería algo tan grave? Un arma en mi sien. Algo de Bach de fondo. Apretar el gatillo y abandonar la pequeñez para abrazar a la nada.
La contemplación de mi suicidio es interrumpida cuando una pareja me pide Coca Cola. Me pregunto si todos los clientes de barcitos similares pensarán en el universo que se esconde detrás de quien los atiende. O si sólo ven algo con forma humana que les es funcional a lo que desean. Estoy algo lento por mi diálogo interno y el hombre resopla malhumorado. Sonrío. Lo hice desperdiciar una fracción de tiempo enormemente ridícula en el tiempo total de la Tierra. Pero, así y todo, le doy la Coca y le sonrío como mi jefe me obliga.
Él saca la billetera y la mujer, con un resoplo, se apura a pagar. –Seguís con tu machismo.- balbucea ella, mientras me da la plata.
El hombre se encoje de hombros. –Vos también.
Inclino ligeramente la cabeza. Como cuando alguien oye algo interesante. Supongo que husmear en su conversación mientras esperan al pernocte es una interesante eludida al suicidio. De todas formas, no traje nada de Bach. Ni el arma, no teman.
Los puedo oler. Me encanta cuando al barcito vienen estudiantes de Letras. De Filosofía y de Comunicación Social también. Vuelcan tanta pasión al discurso crítico de un objeto que se distancian del objeto en cuestión. Por más que este objeto sea el motivo por el cual están en el barcito a las tres y media de la mañana mientras esperan el pernocte.
–La mujer es, sin dudas, mejor imagen poética que el hombre.- sostiene ella.
Él sonríe, casi prepotente. –No te das cuenta que tu postura pseudo feminista es un eco del machismo, y es tan eco que le es funcional. Decís que la mujer es más poética porque la ves a través de la mirada masculina. Un hombre que no se ve a sí mismo como bello. Como poético. Decís que es así porque es natural, porque mirá el cuerpo del hombre y el cuerpo de la mujer, es sentido común decís, pero hay siglos y siglos detrás de tu sentido común.
–Ahí es donde te equivocás. Leyendo un poco, usando esto…- dice ella, señalando a su cabeza- se puede dar un pasito al costado del tiempo.
Mientras paso un trapo al mostrador me pregunto sobre qué se apoyará un pasito al costado de menos de una duodécima parte de un segundo.
El hombre se echa atrás en la silla. –Das un paso al costado para decir las mismas cosas que se dicen hace siglos. Es como ese concepto de analizar desde un punto ajeno. No hay nada que sea ajeno. Todo se incorpora y todo se proyecta. Todo se—
–Vuelve símbolo.- completa ella- Fuimos al mismo teórico.
Él asiente con la cabeza. –Exacto.
–¿Pero me vas a negar que entre nuestras piernas nosotras no tuvimos guerras, desvelos, poemas, sinfonías, miserias y virtudes?
–No. Pero fue una tragedia para tu postura que digas eso. Porque pusiste a las mujeres como objetos indirectos de sinfonías y guerras y no las subrayaste como sujetos. Es cierto eso. Y árido. Como la musa que inspira pero no crea.
–Pero sin su caricia no—
–Es machismo disfrazado eso. Poético, pero disfrazado. Porque expropia a la mujer de sujeto creador.
Ella mueve su cabeza de costado a costado, aceptando su derrota discursiva. –Cierto. Pero hay cientos de escritoras y—
–Sí, sí. Eso está y nadie te lo niega. Pero acá- dice él, señalando a su cabeza- está la idea de arte de un hombre indagando en una musa, de seducción de un hombre acercándosele a una mujer. Hay una cuestión social de dominio y anatómica de penetración.
–Y económica de dominio.
Él asiente.
–Es bastante trágico. Pero ya será detonado ese sentido común. El tiempo del hombre llegó al fin.
Un par de minutos en un año. El tiempo llegó rápido, me digo.
–¿Te parece?- incita él- Yo creo que esa tragedia está tan metida adentro de nuestra carne que es difícil sacarla. Sin ir más lejos, vos, con todas tus opiniones y posturas feministas, que me parecen correctas, te derretís en la cama cuando te digo que sos mi puta.
Ella abre sus ojos, indignada. Mira alrededor para cerciorarse que nadie escuchó. –Me gusta esa sensación de pertenecerte.- contesta, encogida de hombros.
Nunca pensé que algo así me generaría tanta dulzura.
Se besan. Finalmente. Se besan sin las perezas de aquellas parejas que ya se conocen. Se besan como si fuera la primera vez. O la última. Ahora sí, olvidando el discurso crítico y perdiéndose en el objeto, ahora ellos entendieron. Que si se es fracción de un instante no hay que desperdiciar el tiempo. Hermoso concepto. Pero tengo que pasarle el trapo a un mostrador para pagar un alquiler.

lunes, 7 de julio de 2008

La tensión

No existe tensión entre ellos. Ni su piel está tensa. Años, incluso décadas, los han visto juntos. Conocen sus cuerpos, sus olores y secretos. Y acá están, a las tres de la mañana, compartiendo un café mientras esperan para pernoctar.
Quizás han venido para tener un poco de intimidad. Para sentirse otra vez pareja y no padres que lo hacen a escondidas, entre susurros y bocas tapadas. Quizás recién están empezando a salir. Ella vive con su madre y le da escozor ir en su primer encuentro a la casa de él. Pero no. Reitero. No hay tensión entre ellos. No se trata de una primera vez. Es la calma de dos cuerpos que se conocen, y se quieren.
–Amor.- dice ella mientras revuelve el café.
Él levanta perezosamente las cejas, despertándose del ensueño de las caricias que compartían. –¿Sí, mi vida?- desliza entre sus labios.
–Estuve pensando.- agrega ella, dejando de revolver para llevar la taza a su boca- Creo que hay una chica en el trabajo a la cual le gusto.- comenta, para tomar un sorbo de café.
El hombre tose. Suele suceder de esta forma, después de todo. La tos es la respuesta más previsible para algo imprevisible. –¿Qué?- dice- ¿Cómo? ¿Quién?
–Una chica nueva de veintipico. No la conocés.- agrega ella. Deja la taza sobre la mesa. Le pone un poco más de azúcar. Revuelve. Toma otro sorbo. –Por eso, estaba pensando en una fantasía que tengo…- agrega, inconclusa, completamente consciente del poder que esta oración tiene al dejarse inconclusa.
Él se pasa la mano por el pelo. Se contiene en la mitad de la acción, finge rascarse. Se acomoda en la silla y adopta una expresión de calma. O al menos, eso intenta. –Sí, ¿en qué pensabas?
–Quiero que nos veas.
–Que las vea.
La mujer asiente, algo avergonzada. –¿No es una locura?
El hombre suspira. –No sé si llamarlo así. ¿Pero cómo…? ¿Vos sabrías…?
Ella intuye la pregunta. –No sé cómo proponer algo así. Pero si el deseo está, encontrará su camino.
La sonrisa de él va de oreja a oreja. –¿Y el deseo está?
Ella sonríe de la misma manera. –No. Pero qué pasional que vas a estar hoy.
La tensión ha vuelto. Qué maravilla.

miércoles, 2 de julio de 2008

De vuelta

3 y 4 y 5 y… –Al fin se fueron los putitos.- aplaudió uno del bar ante la sonrisa incómoda de su novia.
Los dos hombres se detuvieron antes de abrir la puerta, como si estuvieran suspendidos. Permanecían tomados de la mano. Uno apretaba la del otro. Y el otro también.
–Les cuesta caminar.- rió el primero- ¿Qué se habrán metido por—
Los dos giraron antes que la pregunta evidenciara su imbecilidad.
–Muchachos…- calmé.
En tan sólo un instante, insultos apuñalaron al aire, rostros de vistieron de puños, manos ostentaron sangre ajena y mi suspensión irrumpió en mi rutina.
Donato, al rincón. A pensar lo que ha hecho. Que no hay que empaparse de este mundo. Simplemente dar un pasito hacia atrás y llamar al de la seguridad. ¿O que usted no ha comprendido, señor Cavallini? ¿Desde atrás del mostrador miró tanto que no vio? ¿No vio que es más seguro existir que vivir?
Quizá no quise verlo, señor. Me equivoqué. Póngame el bonete, pégueme en las uñas con la regla y dígame cuándo acabará mi castigo.
En dos semanas.
Así que aquí estamos.
Aquí estamos, Donato.
Pasaron dos semanas.
Pasaron dos semanas, señor.
¿Piensa a volver empaparse de mundo?
Apuéstelo.