miércoles, 28 de mayo de 2008

Una mujer por otra

–Ay, Donato, Donato…
Me encojo de hombros. –Lo sé.
El Diablo le da una pitada a su pipa. –La antesala de la desilusión es, incluso etimológicamente, la ilusión.
Tomo un sorbo de té. Dejo la taza sobre el platito de porcelana. La acomodo. –Supongo que sería emocionalmente más económico no ilusionarme.- acepto, recorriendo con las puntas de mis dedos al borde de la taza.
–Sin dudas lo sería.
Mis dedos se detienen y siento al humo del té desperezándose en la palma de mi mano. –Pero no hay nada económico en esa mujer.
Él asiente con la cabeza. Una sonrisa se dibuja en su rostro, detrás del fatigado ballet que nace de su pipa. –Si no, no hubieras venido dos veces al Infierno por ella.
–Más aún siendo ateo.- agrego.
El Diablo sonríe.
–Pensé que el bar que tiene dibujos de frutillas era el bar donde ella estaría.- confieso- Me dijo que cada vez que venía a verme me dejaba pistas. Siempre pedía pastillas de frutilla. Así que…
–Pero no.
–Pero no.- repito, agarrando la taza de té.
El Diablo le da una pitada a su pipa. Me recorre haraganamente con sus ojos entrecerrados. –Supongo que no viniste acá sólo para contarme este fracaso.
–Cierto.- digo, y tomo un sorbo.
–Ni para una visita social.
Niego con la cabeza. –Soy ateo.- reitero.
–Quien se ve forzado a frecuentar un escenario en el cual no cree, recae en la facilidad de los estereotipos.
–¿Lo cual significaría...?
–Venís a proponerme un trato.
Asiento con la cabeza. Dejo la taza sobre el platito de porcelana. La acomodo. –Quiero volverla a ver. A ella. A Cecilia.
–¿Y a cambio?
–Te doy un alma.
–Tu alma.- corrige.
–No, no. Un alma. El de ella.- digo, y señalo a Nadia- Me viene siguiendo hace un tiempo y eso me resulta francamente molesto.
Nadia deja de sacar fotos al Infierno con su celular y gira hacia mí. –¿Cómo?
El Diablo asiente. Estira su mano entre el humo de su pipa.
–Momento, momento.- frena Nadia- Sólo yo puedo decidir sobre mí.
Él sonríe. –Por favor, no seas ingenua.- retruca, estrechando su mano con la mía.
Nadia nos mira, sin entender lo sucedido.
–Gracias por el té.
El Diablo acomoda su galera, asintiendo con la cabeza.
Me levanto y busco, entre las rocas, los primeros peldaños de la escalera de la línea E del subte que conducen a la ciudad. Nadia, detrás, grita. Cecilia, delante, espera.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Carnaval

El tiempo se estruja, demorándose, como en la surrealista serie Carnivàle donde se necesitan diez horas para que suceda algo.
Lo veo.
Lo puedo ver en sus ojos.
En los ojos de Nadia.
Quiere seducir a Cecilia. Quiere ir con ella a una mesita y sentarse y entrelazar los dedos. Quiere coquetear con ella mientras me mira. Quiere acariciarla sin sacarme los ojos de encima. Quiere irse del barcito a su lado. Y quiere volver, luego de haberla besado, tocado, lamido, mordido y devorado. Quiere volver y ostentarme sus labios, esos labios acabaron de probar lo que siempre deseé. Y, entonces, quiere que la bese. Que sienta al gusto y al perfume de Cecilia en ella. Que la bese, la acaricie, la rasguñe, buscando encontrar a Cecilia debajo de su piel. Y que cuando el deseo me posea completamente no haya rastro alguno de la otra. Sólo exista Nadia. Altiva. Sensual. Superior. Imponiéndose sobre mi amor imposible, al que demuele con cada beso que le doy. Sintiendo que le pertenezco. Que los océanos que Cecilia despertaba en mi pecho son apenas un charquito comparado con lo que Nadia suscita en mí.
Nadia comienza, de a poco, a seducirla adelante mío. Un enanito pajero sobre mi hombro derecho aplaude. Un enanito enamorado sobre mi hombro izquierdo se lamenta.
Lo veo.
Lo puedo ver en sus ojos.
En los ojos de Nadia.
Lo va a hacer.
Pero incluso en el lentísimo ritmo de Carnivàle suceden imprevistos.
–No sé de dónde pensás que nos conocemos.- dice Cecilia- Pero vengo a comprar pastillas de frutilla.
Nadia sonríe. –A mí también me encantan las pastillas de—
Ella niega con la cabeza, interrumpiéndola. –No quiero sonar maleducada pero me importa un pepino.
Me importa un pepino, dijo. La amo.
Pero estoy cansado de empaparme el pecho con ella. Quiero empaparme los labios con ella. Giro hacia mi izquierda. Veo el papelito que había escrito. Un carnaval ignorado no es un carnaval, leo. –No encontré el bar.- escupo, atolondrado, mirándola a los ojos.
Cecilia me acaricia con la mirada. –Lo sé.
Nadia se siente desplazada. En un instante pasó de ser la domadora de océanos a un charquito. Y su vanidad no se lo permite. –Yo sé cuál bar—
–Me importa que él lo sepa.- contesta Cecilia.
–Si me dijeras cuál es…- ruego.
Mi amor imposible niega con la cabeza. –Cada vez que vengo te doy una pista y todavía no te diste cuenta.- confiesa, para retirarse. Camina lentamente hacia la puerta. Más lento aún que un capítulo de Carnivàle.
Carnaval.
Un carnaval de ideas, de momentos y posibilidades corre atolondrado hacia mi garganta. –Ya sé cuál es el bar.- susurro.
Nadia sonríe. –Perfecto, porque pienso seguirte hasta ahí.
En la vida, como cualquier carnaval, uno está persiguiendo horizontes y siendo perseguido por sombras.

miércoles, 7 de mayo de 2008

El cuervo

No existe peor Infierno que dos Cielos coexistiendo.
–Soy la burla de los que te leen. Y no quiero eso. Quiero ser tu musa.- pide la hermosa e insiste Nadia.
–Unas pastillas de frutilla, por favor.- pide ella, mi amor perdido. Lo hace a media voz, metiéndose tímidamente en la conversación.
La miro como quien contempla a un juguete de la infancia, acariciando con los ojos a ese pedacito de plástico que esconde océanos. Giro entonces hacia ella. Hacia la otra. Hacia Nadia. Ella también la está mirando.
Basta.
Quiero detener el tiempo de un grito y alzar murallas chinas y torres de Babel entre las dos mujeres.
–Cecilia.- desliza Nadia.
La otra la mira, confundida. –¿Sí?- dice.
Cecilia. Su nombre es Cecilia.
Basta.
Quiero tomar el interminable y amarillo camino del Mago de Oz y taparle la boca a Nadia con el mismo. Vueltas y vueltas y vueltas daría alrededor de su cabeza con el sendero. Hasta que ni palabra ni grito suyo pueda ser escuchado.
–Cecilia.- insiste Nadia, sonriente. Gira hacia mí y clava su mirada en la mía, como el cuervo de Poe hundía su pico en el corazón del dolido amante.
Sabe.
Nadie sabe.
Sabe que mi felicidad o mi desgracia dependen de su bondad o de su maldad.
Que no hay manera de frenarla.
Que soy suyo.
Le pertenezco.
–¿Nos conocemos?- arriesga Cecilia, dulce, ingenua, ajena a este circo de maldad.
Nadia suspira profundamente. –¿Si nos conocemos?- repite, para ganar tiempo, para que yo sienta su pico hundido hasta profundidades insospechadas de mi corazón.

lunes, 5 de mayo de 2008

Prefiero

El viejito recorre el rostro de ella, unos treinta años menor, con la punta de su índice. Dibuja un círculo en su frente, baja entre sus cejas, baja por la nariz, deslizándose por una de sus mejillas, acaricia sus labios, y luego su mentón, para caer por su cuello, lentamente, caer y caer hasta la insinuación de sus pechos y entonces detenerse en el preciso instante en el cual sabe que nada lo detiene. Ella respira profundo y le sonríe, con sus ojos cerrados. Él no sonríe. No puede hacerlo. Significaría revelar su metafísica.
Él es el último vampiro.
Así es. El último vampiro habita acá, en Buenos Aires.
Quizás vino a parar en Buenos Aires por esas negligencias edilicias que uno fácilmente puede confundirlas con una ciudad melancólica. Pues es el último y se siente nostálgico.
Es un viejo flaquito, canoso, sin mucho pelo pero el que tiene lo tiene largo. De bigotes grises, ojos negros como la noche y una mirada triste y cansada.
Es el fin de su linaje.
Y, si lo es, no se debe a que no ha mordido. Porque son patrañas esas habladurías que uno se puede contagiar de algo tan metafísico como el vampirismo con apenas una mordedura. Hoy hemos desarrollado anticuerpos ante semejantes sensibilidades.
Está solo.
Como tantos de nosotros.
Virus infértiles, incapaces de empapar al mundo con nuestra presencia.
Él, no obstante, persiste seduciendo a señoritas y demorándose en cada beso que les da en el cuello. Siente sus perfumes y despereza sus colmillos, acariciando sus pieles tersas e ignorantes de la noche que se despliega ante ellas.
Apenas las muerde.
Apenas.
Si las muerde es apenas. Sus colmillos tan sólo se posan sobre sus cuellos. Es el pecho de él el que se desgarra con estos mordiscos. Se desgarra con lo que fue, con lo que no es y con lo que no será.
Con la soledad del que no trasciende sus propias fronteras.
Al menos eso me imagino mientras le besa el cuello.
Prefiero pensar que es el último de los vampiros en vez de ser un viejo que le pagó a una mina cualquiera. Que ella se presta a ser penetrada por una noche que jamás la podrá habitar en vez de haber cobrado unos pesitos. Prefiero pensar que vi mal y que Nadia no está entrando.