viernes, 4 de junio de 2010

Desfile de máscaras

Ella bosteza. Él bosteza. Ellos bostezan. Nosotros bostezamos.

Las agujas del reloj deambulan morosas. Caminan en círculos, encima. Por lo cual parecen no llegar a ningún lado. Perdidas. Están perdidas. Y lo saben.

Las cuatro de la mañana están ahí, esperando en algún lugar fuera del bosque. Pero mientras tanto las agujas revisan el mapa, se echan culpas la una a la otra, insultan, y continúan trastabillando, frustradas ya, con unas crecientes ganas de sentarse ahí mismo y llorar y llorar.

Los ojos de él se posan, disimulados, sobre el reloj. Los de ella, también. Detrás de esos plomizos párpados hay desgracia, y hay fastidio e incomodidad.

Saben.

Saben que falta una hora y media para ir a pernoctar.

Saben que esa cifra tendrá sabor a eternidad.

Saben que no tienen de qué hablar.

Saben que la rutina los ha despojado de la adrenalina que cualquier beso o caricia podrían tener.

Saben que no hay ni habrá nada que los despierte.

Ni incluso el café que beben de a pequeños sorbos, tal vez porque está caliente o tal vez para tener por más tiempo algo que los mantenga ocupados.

Saben todo esto.

Pero de vez en cuando fingen lo contrario.

Y, entonces, acontece un desfile de máscaras entre ellos dos.

Deslizan sus dedos sobre el brazo del otro. Procuran sostener besos. Chapucean en diálogos somnolientos y breves con la esperanza que devengan en una conversación.

Y nada.

Nada.

Pues sus ojos vuelven, una y otra vez, al reloj. Y a la distancia entre ahora y las cuatro de la mañana.

Sus máscaras no pueden ocultar que detrás de ellas hay bostezos y tedio. Pues el deseo no espera. Si no existe antes de las cuatro de la mañana, no existirá luego. Pero esa es la última de las máscaras de su desfile.