miércoles, 30 de enero de 2008

Voyeurista histórica.

Una multitud celebraría el hecho, pero no las personas que lo encarnan. Dos mujeres se están besando. Dos mujeres de escasa belleza. Al menos, de esa belleza socialmente aceptable, ese paradigma cruel de cuerpos tersos, breves y lampiños que vomita los medios de comunicación. Quizá mi definición sea peyorativa. Quizá sea una postura no sólo estética sino ética. Y quizás todavía estoy dolido porque una piba me sacó una foto cuando yo iba caminando por la calle y pasé al lado de un afiche de David Beckham. –Son como el Ying y el Yang.- rió ella.
La atención de todo el barcito reposa sobre las lenguas y respiraciones de estas dos mujeres que se entrelazan. –Viste que las lesbianas no son como en los videitos esos que mirás.- codea una piba a su novio.
–No miro videitos.- retruca él, imitándole la voz en la última palabra.
Ella frunce los labios. –Cada vez que en tu compu trato de entrar a Yahoo me aparece abajo YouPorn.- advierte, para llevar el vaso de Coca Cola a sus labios.
Él no responde. Tal vez piensa que, si la realidad es sólo consciencia, con ignorar algo deja de existir. En cambio, viste con su mirada a la pareja de lesbianas. Concilia, como todos los hombres del barcito, la estigmatizada fealdad de esas mujeres con el celebrado ejercicio del lesbianismo. Busca, arriesgo, volverlas únicas y malditas en sus desproporciones y, de esta manera, mantener intacta su fantasía.
–Yo no entiendo porqué los hombres se obsesionan tanto con las lesbianas.- insiste la mujer, dejando su vasito de Coca Cola sobre la mesa.
El hombre se encoje de hombros. –Si te gusta el chocolate, el doble chocolate te va a encantar. Es así.
Ella se acomoda en la silla, clara señal de que no piensa conformarse con la explicación. –Pero las lesbianas son así. No te digo que todas las tortas son feas pero tampoco son esos modelitos que te muestran en The L World o en esos videitos que mirás.
–Bueno, no sé, a mí me gustan.- apura él, para desviar la atención del asunto de los videos.
La mujer agarra el vaso de Coca Cola. –¿Esas dos te gustan?- pregunta, tomando un largo sorbo que le permite ocultar su rostro en el vaso y, desde ahí, espiar la reacción honesta de su pareja.
Él, asqueado, niega con la cabeza. –Muy machonas, muy—
–Claro.- interrumpe ella, dejando el vaso en la mesa- Te calientan mientras sean esas modelitos a las que estás acostumbrado. Te calienta una sexualidad que en verdad no existe, que te la inventan.
Él se encoje de hombros. –Puede ser, no sé.
Ella hace girar el vaso en la mesa, con su mirada perdida en aquellas dos mujeres. –¿Sabés lo que me gustaría?
–¿Encamarte con una mina?- se emociona él.
Ella sonríe. –No. Me gustaría tener una máquina de tiempo.
–Una máquina de tiempo.
–Una máquina de tiempo, sí.
Él resopla. –Con qué cosas salís, ¿eh? Tu cabecita es un misterio.- dice, para acomodarse en la silla- ¿Y cómo es eso de la máquina, a ver…?- curiosea, ya que a esta hora de la madrugada ningún tema de conversación debe ser desaprovechado.
–Me gustaría viajar en el tiempo y ver la primera vez que dos mujeres estuvieron juntas, y que dos hombres. Sin toda la obsesión y la censura que hay hoy en día al respecto. Y también me gustaría ver el primer trío. La primera orgía. La primera relación incestuosa, ¿por qué no? Y la vez que hubo mayor diferencia de edad, o de status social. Ver la primera vez que hubo sexo oral, y anal. La primera vez que una mujer tragó, y que escupió. Eso me gustaría. Ir de almanaque en almanaque, como una voyeurista histórica, observando las primeras veces, viendo a cuerpos sin historia uniéndose por primera vez en la honestidad plena del deseo. Sin pasado en esa unión. Sin prejuicios. Eso me gustaría.
El hombre asiente con la cabeza, lentamente. Mira al reloj. Sin dudas, está deseando tener una máquina del tiempo para avanzar hasta las cuatro de la mañana. –Interesante.- dice apenas.
–Claro que sí.- se ensalza ella- Sin ir más lejos, mirá todo el mambo que tenemos atrás nosotros dos que andamos mirando y espiando y criticando a dos que se dan un beso sólo porque las dos son minas feas. A veces siento como si fuera un pecado que una mujer sea fea. Como si esperaran de nosotras femineidad y delicadeza y belleza siempre en cualquier momento. Algo que si lo pensás es bastante macabro. ¿No?
El hombre pasa una mano por su pelo. –No sé.- musita, para luego bostezar.
–¿Cómo que no?
Él agarra el vaso de Coca Cola de ella y toma un trago. –No sé.- reitera, algo fastidiado- Es más sencillo ver los videitos, sacarse las ganas y listo, antes que andar preguntándose todo esto.
–O sea que preferís calentarte con algo falso, que no existe.- retruca ella, quitándole el vasito- Con una imagen esquizofrénica. No una persona sino un objeto, un objeto ficcional moldeado sólo para—
–Sí, sí.- interrumpe el hombre- Sí.
Ella toma un sorbo de Coca Cola. Lo mira lapidariamente. –Quiero creer que somos iguales. Que hombres y mujeres tenemos las mismas virtudes y defectos, con nuestras particularidades claro está. Pero es inevitable, cuanto más hablo con hombres me doy cuenta. Por más que tenga mi máquina del tiempo voy a encontrar que es así en todas las épocas: el erotismo de la mujer es sutil y delicado como la canción Lady in red y el erotismo del hombre es burdo y accesible como el verdulero diciendo Baratitas las sandias.

lunes, 28 de enero de 2008

Así es la música.

Elijo con cuidado las palabras mientras una gota de transpiración me delata. –Siempre fui una persona más bien tímida.- arranco- Siempre atragantándome con lo que quiero decir y, cuando finalmente abro la boca, pasa esto.
El policía me mira.

Cuando el aburrimiento y la desesperación arañaban a las parejas del barcito de la YPF entró un hombre con una piba bastante menor y, de repente, todos tuvieron algo de qué hablar.
–Viejo verde.- sentenció, casi con admiración, un flaco que apuraba unas medialunas entre traguitos de café.
Una mujer negaba con la cabeza. –Podría ser su hija.- se indignó.
La pareja sobre la cual se posaban todas las miradas del barcito vino caminando hacia el mostrador. –¿Se puede fumar acá?- preguntó el hombre.
–Se puede.- contesté.
Él señaló hacia los cigarrillos. –Un Lucky de diez, entonces.- pidió, para girar hacia la piba- Y vos, hija, ¿qué querés?
–Una Fanta, pa.- individualizó ella con una sonrisa.

El policía frunce los labios. –En boca cerrada no entran moscas.- me retruca al fin.
–No hay moscas por acá.- contesto, sin entender bien porqué. Creo que quería decirle que no sucede nada extraño. Que hasta luego y buenas noches.
El policía clava su mirada en mis ojos. –Las moscas revuelan sobre la mierda y acá, pibe, acá hay mierda.

El padre y la hija se fueron a sentar. Él abrió su paquete de Lucky y sacó un cigarrillo. Lo encendió mientras ella tomaba un sorbo de Fanta, con la mirada perdida en la estación de servicio. Se sentaron lejos, por lo que no podía escucharlos. Sólo llegaban a mí las conversaciones de las mesas que los miraban con indignación y envidia.
–Para mí que él es un amigo de su viejo.- se equivocaba un hombre, con ese instinto entre telenovelero y chusma que nos puebla- Y se la trinca a escondidas y en el cumpleaños del viejo ella lo toca por abajo de la mesa. Como en las películas, ¿viste? A alguien esas cosas le tienen que pasar.
La mujer a su lado se indignaba. –¿Vos te acostarías con una mina a la que le llevaras tantos años?
El hombre afiló su mirada pero no su lengua. –Si está tan buena como ella, seguro.
–¿Por qué no los podrán dejar tranquilos?- me dije- ¿Por qué esta obsesión por el morbo? Es el papá con su hija después de haber ido al cine nomás.
Ella puso su mano sobre la de él.

–No hay mierda, no hay mierda.- me apuro a negar, nervioso, pensando que estoy a punto de ser arrestado.
El policía me mira. –¿Cómo que no? Padre e hija, pibe, padre e hija…

Él agarró la mano de la hija y la llevó hasta su boca para besarla. Mientras la recorría con sus labios a mí me envolvía un escalofrío. Desvié mi mirada hacia otro lado, aunque todo mi cuerpo me gritaba que siguiera mirando. Giré. Ella agarraba un dedo del padre y se lo pasaba entre los labios.
–Esto no está bien. Esto no está bien.- me dije- La puta madre, esto no está bien.

Decido arriesgarme y preguntarlo. –¿Me van a llevar…?
–¿A dónde?
Me siento un nene. –A la comisaría.
El policía entrecierra los ojos. –No. Ya te tomé la declaración.
Me siento más nene. Nene y en La familia Ingalls y doblado al español en una voz ñoña. –O sea que no estoy en problemas.
–Los problemas los tienen ellos.

El dedo del hombre pasó la frontera de los labios para entrar a la boca de la hija, que no dejaba de mirarlo a los ojos.
–La puta madre.- repetí- Es la hija… es la hija…- me indigné mientras me rascaba la nuca, nervioso. No sabía qué hacer. Algo en mí me gritaba que tenía que ir ahí y separarlos. Pero algo en mí me recordaba que soy un cobarde. Me sentía incómodo, muy incómodo, más incómodo que cuando vi La secretaria con mis padres y yo, acostado con jogging, intentaba disimular mi erección para no ser considerado un perverso. Los miré. Ella seguía chupándole el dedo. Agarré el teléfono. Disqué el número de la policía. –Hola, sí, no sé si ustedes se encargan de esto…- empecé, con la voz temblorosa.

–Los problemas los tienen ellos.- repite el policía, mirándome. O disfruta revolcándose en la suciedad o quiere una disculpa.
–No sé si hice bien en llamarlos, si tenía que llamarlos a ustedes o…- digo al fin, inconcluso.
–Sí, pibe. Hiciste bien. ¿Cómo ibas a saber...? Lo único es que le cagaste un poco la noche a ellos.
Frunzo los labios. –O quizá no.
–O quizá no.- acepta- Ahora, ¿a vos te parece? Encamarte con una pendeja que está tan buena, con las tetas tan paradas y el culo tan duro y andar por ahí jugando que es tu hija. Y ella también. Una cosa es que ande gimiendo papi y otra, papá.
Niego con la cabeza. –Cada loco con su tema, ¿no?
–Pero no lo entiendo, pibe. Los cuerpos encajan así como están para andar con tanta boludez.
Me encojo de hombros. –Y... así es la música.- digo- Doce notas y un infinito de canciones.

miércoles, 23 de enero de 2008

Epa.

–Epa.
Ella entrecierra los ojos. –¿Cómo?- me dice.
Su voz. Su voz intimidaría a un amanecer. –¿Cómo…?- repito. Es la última palabra que escuché y es la única que recuerdo. Mi vocabulario entero ha desaparecido de mi mente. Todo, de hecho, ha desaparecido de mi mente. Tan sólo existe ella; ella, su mirada y su perfume. Y aquella palabra que acaba de pronunciar, desplegándose, solitaria, en mi lengua. –¿Cómo…?- insisto, creyendo que si repito algo que estuvo en su boca podré sentir sus labios en los míos.
Ella, mi amor nunca anunciado, busca en su cartera. –Si tenés pastillas de frutilla.- aclara.
–Te amo.
–No se lo voy a decir.- le retruco, por lo bajo, al diminuto viejo chusma sobre mi hombro.
Él me pega un bastonacito en la nuca. –Te amo, ¡decíselo!
–Pastillas de frutilla.- reitero, mientras las señalo como un cavernícola aún no acostumbrado a nombrar un objeto.
Ella me paga. Nuestros dedos se rozan, apenas. Y en un instante de un centímetro de pieles que llegan a tocarse creo adivinar suavidad, bondad y elegancia. Ella, ajena al descubrimiento que me hacer vibrar enteramente, guarda las pastillas en la cartera y vuelve a la mesita con el pelotudo de turno.
El diminuto viejo chusma sobre mi hombro me da un bastonacito en la nuca. –Quien se atraganta de silencio no llega a ningún lado.- observa.
Lo miro. Lo miro detenidamente. –¿Quién sos vos para dar consejos?- retruco- ¿Cuán lejos llegaste para estar parado sobre el hombro de un cobarde en el barcito de una YPF a las tres de la mañana?
El viejo lleva la punta de su bastoncito a sus labios y los golpea, apenas, como instándolos a pronunciar la respuesta apropiada. Pero pronto lo baja, se apoya sobre el mismo, y me la señala con la mirada. –¿No pensás hablarle?- desvía.
No le contesto. Porque él sabe que sí, que pensé en hablarle. Él sabe que mientras la miro desde el mostrador pensé miles de conversaciones elocuentes, de confesiones y piropos elegantes y entrelazados como si bailaran el tango. Pensé en cómo se sentiría besarla, en cómo se sentiría abrazarla muy fuerte, susurrándole al oído que no se vaya, que se quede a mi lado. Pero estas fantasías se desvanecen con la agonía de aquel que sueña a la mujer ideal y no la encuentra a su lado cuando despierta.
–Nadie construye un puente con sólo imaginárselo.
Miro al viejito chusma sobre mi hombro. –¿Estás leyendo libros de autoayuda?- le pregunto.
Me pega otro bastonacito en la nuca. –Escuchá, maleducado. Para la gentucha como vos es más fácil angustiarte con la lejanía de un beso que con la cercanía de una negativa. Entonces te quedás, cómodo en tu cobardía, añorando un beso por el cual nunca te esforzaste.
–Pero—
–¡Pero nada, señorito!- interrumpe el viejo, tras otro bastonacito en mi nuca- A veces la vida te clava la mano acá, acá adentro- me dice, golpeándome con el bastón en el pecho- y hurga, hurga, como una vieja buscando un tomate bueno.- compara, con una sonrisa en su rostro. Se pasa la lengua por los labios. –El tímido como vos- continúa- se queda con la incomodidad de tener una mano enterrada en el pecho. Y se la pasa así. Por más que le resulte difícil abotonarse una camisa. El tipo se la pasa así. Pero el que se arriesga está dispuesto a apostarlo todo y que la vida saque la mano de su pecho, llevando consigo lo que tenga que llevar. Y, no sé vos, pero para mí esa mujer merece arriesgarse por ella.
Lo miro. –Estás leyendo libros de autoayuda.
El viejo va a pegarme un bastonacito en la nuca cuando se detiene. Sigo su mirada. Y ahí está. Ella. Viene de nuevo al mostrador. –Pastillas de frutilla.- pide.
Una multitud de piropos y chistes y observaciones jocosas corre hacia mi garganta. Atascadas en mi timidez, apenas tres palabras logran salir. –Pastillas de frutilla.- repito.
–Nadie come tantas pastillas de frutilla en tan poco tiempo.- observa el viejito chusma de mi hombro- Es su excusa para hablarte.
Ella me paga. Yo le cobro. Otra vez aquel diminuto roce que despliega un cosquilleo por toda mi espalda. El cosquilleo sube por mi espalda, sube hasta mi cuello para darle, desde adentro, una patada a mi boca. –Eh… disculpá.- balbuceo.
–¿Sí?- dice, delicada, como si su voz bailara ballet en el aire.
Trago saliva. –Siempre te veo acá y no sé tu nombre y—
–Cecilia.- interrumpe.
–Cecilia.
Sonríe. –Cecilia.
–Cecilia.
El viejito me da un bastonacito en la nuca. –Tu nombre, decíle tu—
–Donato.- me adelanto.
–Donato.- repite.
–Donato.- reitero.
Ella levanta las cejas, contrayendo sus labios. Yo paso mi mano por el mostrador, mientras me maldigo por el mutismo que me puebla. Ella encoje sus hombros y, muy de a poco, se da vuelta. Vuelve hasta su mesita.
El viejo me da un bastonacito en la nuca. –¿A eso le llamás una conversación inundada de piropos elegantes y entrelazados, como si bailaran el tango? Eso fue una charlita fugaz nomás.
La miro. Me sonríe. Le devuelvo la sonrisa. –Cuando se desea como deseo no hay nada fugaz.

lunes, 21 de enero de 2008

La mesita de los quinientos kilómetros.

Él revuelve el café y toma un sorbo breve. Deposita su mirada en la ventana, buscando tal vez desentenderse de su pareja. Pero el paisaje de la estación de servicio vacía con un empleado bostezando no le ofrece excusa alguna para capturar su atención. Entonces el hombre vuelve su mirada a su mujer y suspira. –¿Por qué tenés que insistir con eso?- desliza, fastidiado.
Ella recorre con sus manos, cuidadas y tersas, a la mesa. –Siento que acá, en esta mesita, hay quinientos kilómetros separándonos.
El hombre busca alrededor con la mirada y, al no encontrar ningún cartel que prohíba fumar, saca un cigarrillo. Lo prende, arrojando una pastosa bocanada de humo al aire. –Tengo la cabeza en otras cosas, no es nada.- niega, escueto en explicaciones.
La mujer toma un trago de su Coca Cola y deja el vaso de plástico sobre la mesa con una frialdad ártica. –Esta va a ser la última vez, ¿no?- insiste.
Otra bocanada. Esta vez, más extensa. Como si al prolongar un acto ínfimo pudiera lograr que se acorte el tiempo que los separa de las cuatro de la mañana. Y de esa discusión. –¿Por qué decís eso?
Ella, femenina en sus movimientos, agita su mano delicada en el aire para aguar al humo que se dirige hacia su bello rostro. –Es lo que siento.- sigue ella- Siento que me vas a dejar. Que vamos a hacer el amor por última vez y me vas a decir que esto ya fue mientras te vestís.
Él sonríe. –Esas cosas sólo pasan en los policiales negros.
–La realidad imita al arte.
El hombre mira alrededor, se levanta, agarra el cenicero de otra mesa y vuelve a sentarse. Deja el cigarrillo sobre el mismo. –Son las tres de la mañana de un sábado. Si bien es claro que no tenemos mucho de que conversar, ¿podríamos no hablar de nuestras carreras?
–Te convendría eso, ¿no?- retruca la mujer- Claro, si gracias a estudiar filosofía te puedo decir que mediante el sistema deductivo llegué a la conclusión que te encamás con la minita del corto ese que estás dirigiendo.
Él le da una pitada al cigarrillo, deslizando luego el humo entre sus labios. –No toda distancia se debe a terceros.- replica con el último aliento gris, ahogando el cigarrillo en el cenicero.
La mujer –hermosa, por cierto– se echa hacia atrás en la silla, pasando sus manos por los quinientos kilómetros de aquella mesita. Lo cual puede significar dos cosas: piensa apartarse de la conversación o piensa elevar su voz. –Claro, no se debe a terceros. Claro. ¡Porque en tu caso seguro que hay cuartas y quintas!- agranda, optando sin dudas por la opción de incluir a todos lo concurrentes del barcito en su conversación. Básico instinto ante el rechazo: la víctima, antes de consolidarse como tal, busca volver al victimario en víctima para privarse del dolor.
Él busca en el paquete de cigarrillos pero está vacío. Lo estruja en su mano. –No soy mujeriego.
–No. Sos un hijo de puta. Eso es lo que sos. ¡Un hijo de puta! ¡Más de la mitad de los contactos en tu teléfono son de minas!- grita, señalando al celular que está, vulnerable, en la mesita de los quinientos kilómetros al lado del cenicero aún humeante.
El hombre mira alrededor, recorriendo las miradas que tiene adheridas a su carne. –¿Sabés qué…?- dice, con la respiración agitada- ¿Sabés qué…?- repite, mientras mira alrededor y, de a poco, su respiración se tranquiliza- Sí. Es eso. Eso es lo que soy. Un hijo de puta.
La mujer se levanta, lentamente, evidenciando su por demás generosa anatomía y su buen gusto para vestirse. Puede defenestrarlo con salvajismo. Pero no. No. Se mantiene quieta, como una dama. Apenas lo demuele con la mirada y se va del barcito, en un silencio asfixiantemente contenido. El hombre camina tras ella. Pero no la sigue. Se detiene en el mostrador y me pide un paquete de cigarrillos.
Siento un pequeño bastonazo en mi nuca. Giro y sobre mi hombro tengo a un diminuto viejo chusma. –Preguntale qué le iba a decir después de ese ¿Sabés qué…?
–No.- contesto, por lo bajo.
Otro bastonacito. –Preguntale. Iba a decir algo más. Vos lo sabés. Él lo sabe.
–Si no abrió la boca es por algo.- insisto, mientras le cobro al hombre.
Otro bastonacito. –Quien contiene algo muere, por dentro, por desembucharlo.
–Gracias.- me dice el hombre.
–Disculpá…- se me escapa, tras otro bastonacito.
–¿Sí?- me pregunta él.
Me le acerco. –Perdón por la indiscreción, pero sentí que detrás de tu ¿Sabés qué…? iba a haber algo más. ¿Puede ser? Porque, y de nuevo perdón por la indiscreción, pero hay que tener mucha necesidad para andar engañando a una mina tan linda con esa.
Él sonríe. No sé si va a contestarme o hundirme su puño en mi cara. Pero sonríe. Sonríe y me la señala. –¿La ves?- me dice, mientras me la indica, aún en la estación ella, llamando a alguien en el celular para que seguramente la pase a buscar- Así como la ves, prolijita, linda y coqueta, tiene una insospechable obsesión por que la mee encima.
–¿Qué?
Él abre el paquete de cigarrillos y lleva uno a su boca. –Eso. Que le haga pis encima. La vuelve loca y me vuelve loco hasta que logro hacerlo.
–¿Y vos…?
–Algo, algo.- apuró él, incierto- Pero me costaba y la verdad que me dejaba medio mal.
La miro. Tan hermosa, tan frágil. Lo miro a él, mientras larga, rústico y sin cortesía, el humo en mi cara. La vuelvo a mirar. –No te lo puedo creer.
Él le da una pitada larga al cigarrillo. –Que ella se quede con la excusa de la mesita de los quinientos kilómetros y que todos acá se queden con que soy un hijo de puta.- distingue, golpeando apenas con sus nudillos al mostrador, para retirarse sin un adiós.
El diminuto viejo chusma en mi hombro se deleita con lo escuchado. –Cosa de no creer, ¿eh?- me dice, dándome un bastonacito en la nuca.
Paso un trapito por el mostrador. –Los cuerpos son surcados por los más insospechados deseos y miserias. Así estamos siempre a una mesita de quinientos kilómetros de distancia de cualquiera.
El viejo levanta su bastón al aire. –El mundo está loco. La dama que es perversa y el hijo de puta que es caballero.
–Así estamos siempre a una mesita de quinientos kilómetros de distancia de cualquiera.- reitero, mientras paso el trapito y la veo entrar al barcito. A ella. Ella. Mi amor imposible que ha vuelto a frecuentar el barcito con otro pelotudo.
El viejo me da un bastonacito en la nuca. –Vos dejá de buscar excusas para no hablarle.
–No. Yo sólo decía—
–Sólo decías que no decís.- interrumpe- El amor distante e ideal es facilismo. Así que cambiá esta mesita de quinientos kilómetros que hay entre ella y vos por un puñado de palabras o me voy a habitar el hombro de alguien que no sea un cobarde.
Ella viene hacia el mostrador, sola. El viejo me da un bastonacito en la nuca. Lo ignoro y la veo venir. Mi alma se atora en mi garganta. Pero sólo escapa una palabra, apenas una palabra, propia de mi niñez. –Epa.

miércoles, 16 de enero de 2008

La viejita.

A veces creo que esa viejita es la reencarnación de una amante despechada. Viene a la noche a acosar a otros que sí pudieron encontrar el amor. Viene a hacerles la vida imposible.
Se la pasa de mesa en mesa, vendiendo florcitas. Insistiendo. Porque la viejita, si logra una venta, es debido a su inhumana capacidad de insistir. No acepta negativas. Permanece, encorvada, con esa sonrisa que se detiene en algún punto entre la maldad y la hijaputez. Quietita, quietita se queda. –¿Una flor para la señorita?- propone, en ese tono de fingida bondad- ¿No…? ¿Una flor?- presiona- ¿Por qué no le compra una florcita, caballero? ¿La señorita no se merece una flor? Dos pesitos. Está dos pesitos nomás. ¿No gastaría dos pesitos en ella…?- desliza, siempre con esa sonrisa que despierta el odio entre los hombres.
Porque no exagero. Un odio interminable y mudo se despereza entre los hombres al verla venir. Contemplan su asesinato, un asesinato lento y cruel, mientras niegan una y otra y otra y otra vez con la cabeza. Algunos ceden, sí. Pero otros, la mayoría, perduran en su rechazo por una cuestión de principios. Creen que quedarán mal en caso de aceptar después de haber negado tantas veces. Creen que sus mujeres opinarán que compraron la flor para evitar la incomodidad y no por deseo de obsequiarles algo bonito. Y que esa flor que le están dando es nada menos que la encarnación de su falta de caballerosidad, de masculinidad. Que ellas sentirán que no le están dando una flor sino, en cambio, sus testículos aún sangrantes.
A veces creo que la viejita trabaja con el Diablo. Recorre las mesas insistiendo hasta el hartazgo. Perdura hasta que un hombre, desesperado, se diga que está dispuesto a dar lo que sea con tal que ella se vaya. Y entonces aparece el Diablo, con un contrato sospechosamente espontáneo pero completo en el cual se detalla que la viejita desaparece a cambio del alma del desgraciado en cuestión.
A veces creo que la viejita es nada menos que el Diablo en persona. El Diablo que recorre las mesas de los bares, como los revolucionarios franceses de antaño. Y que con esa fachada de la viejita que vende flores predica con sutileza la crueldad del mundo donde una flor se compra, y donde las parejas deben esperar hasta el desalmado horario de las cuatro de la mañana para entregarse al deseo y luego al sueño.
A veces creo que la viejita es simplemente una viejita malparida. Pero cuando pasa por el mostrador, por la dudas, busco no cruzar la mirada con ella. La dejo que siga de largo hasta las mesas para que haga lo que sea que hace acá, ya sea vender flores o predicar la miseria de Dios, ya sea ganarse unos pesitos o advertir que incluso en un abrazo en verano puede habitar el silencio y el frío.

lunes, 14 de enero de 2008

La verdad del feo.

No sé cómo hace. La verdad que no lo sé. Se sienta lejos del mostrador, allá, en la esquina. Por lo que nunca pude escuchar las conversaciones que mantiene con las diversas y hermosas mujeres que trae al barcito de la YPF mientras espera el pernocte.
No sé cómo lo hace. La fealdad de su rostro linda con el cubismo. Además el tipo es petiso, gordo, y su vestimenta no es la más elegante. Pero las mujeres que trae son inquietantes. Tan sólo sentir su perfume es comparable con deambular en el Edén o con desempatar en el último minuto jugando de visitante. Y el muy turro no se contenta con sentir su perfume. No. Las hace reír. Las besa. Las mima. Y luego se las lleva para hacerles el amor.
Es la envidia de todos los hombres del barcito. Pero el tipo no parece creérsela. Deja pasar a la belleza de turno mientras le abre la puerta, como un caballero, y con un gesto sutil le indica la mesa de la esquina. No mira a las otras parejas. No draga buscando miradas de codicia. No. El tipo no aparta sus ojos de los de la mujer con la que está. Ni de su sonrisa. Porque no sé qué les dirá pero el turro las hace reír.
–Qué pareja despareja.- comenta, dulcemente, una piba.
El hombre a su lado apura un trago de café. –La verdad.- acota modesto. Pero no hay nada modesto en el carnaval de envidia y deseo que estalla en su pecho. Porque en el fondo desea desesperadamente a la belleza que le está succionando el dedo al feo. Desea y adivina el tacto de su piel, su perfume, sus gemidos, su cuerpo arqueado antes del orgasmo y de ese grito final que deviene en abrazo y en la necesidad de perderse en el cuerpo del otro.
La mujer insiste. –Siempre uno ve parejas desparejas pero esta es…
–Extrema.- completa el hombre.
Ella asiente con la cabeza. –¿La tendrá muy…? Ya sabés…- arriesga, incompleta en su timidez.
El hombre sonríe. –Quizá lo que tiene muy grande es la billetera.
–No. Sino no estaría acá.- observa la mujer.
El hombre bebe un trago de su café para ocultar que se sintió dolido por el comentario. –Fueron amigos. Amigos íntimos.- empieza- Y cuando ella estaba vulnerable- dice, señalándola con el café- porque se le murió el perrito, o alguna boludez, el tipo, ese bagayo- vuelve a señalar- se le acercó con que sentía cosas por ella. Y se la trincó.
La mujer quedó en silencio un momento. –Como vos hiciste conmigo.
Él deja el café sobre la mesa y le agarra las manos para besárselas. –¿Me vas a decir que te arrepentís?
–No, no. Pero dicho así… no sé. No suena bien.
–Siempre buscándole el pelo al huevo.- protesta él.
Mientras tanto, el feo se levanta y viene hacia el mostrador. La mujer en la mesa que está cerca lo recorre con la mirada. Se detiene en su entrepierna. –No parece que la tenga muy…- opina, aún incompleta, susurrándole el hallazgo al novio.
–¿Y vos qué mirás, naba?- retruca este.
El feo, que de cerca es feo como si hubiera chupado un limón, feo como si hubiera visto a Samara, me pide unas pastillas de menta. Se las doy y le cobro. Antes que se vaya tengo que animarme. Tengo que saber la verdad del feo. –Maestro, disculpá.- le digo.
–¿Sí…?- pregunta él, mirando el vuelto, pensando tal vez que hubo una equivocación.
–Prócer…- elevo- ¿Cómo hacés?
–¿Cómo hago con qué?
–Siempre te veo con mujeres hermosas, hermosas. ¿Cuál es tu secreto?
Me sonríe, mostrándome la aleatoria negrura de su sonrisa. Sí, encima le faltan un par de dientes. –Sé hacer algo que muy pocos hombres saben hacer bien.
–¿Qué cosa?
Se me acercó como quien va a revelar un secreto. –Hablar.

miércoles, 9 de enero de 2008

Puchos y preservativos.

Lo dije y lo repito. He visto todo.
He contemplado a cualquier variación de cuerpos que puedan unirse en el acto sexual. Cuerpos viejos. Cuerpos tersos, gordos, embarazados. Cuerpos aparentemente incompatibles, de edades y anatomías distantes. Cuerpos de un mismo sexo. Cuerpos ansiosos y cuerpos aburridos de sus parejas. Cuerpos que se unían en la espera del pernocte, entrelazando los dedos. La mano de uno con un anillo de casamiento. La del otro, no.
Pero nunca he visto esto.
Un cuerpo. Uno sólo. Una chica que toma su segundo café mientras mira por la ventana. Son las tres de la mañana de un sábado y esta chica, una linda piba, de veinte años, está en el barcito de una YPF. Sola.
Vendo puchos y preservativos mientras la observo. Me digo que la acaba de dejar su novio y que ella está acá, escudando la angustia antes de volver a acostarse sola.
Pero no. No. Doy el vuelto y me doy cuenta que no. Su lenguaje corporal no expresa pena. Recorre a su piel cierta tensión reprimida, propia del momento antes de dar el primer beso o de que se abran las puertas del subte en Constitución.
Esta piba, sin dudas, está inquieta. Estoy seguro. Así como estoy seguro que con el hambre que había en la depresión de New York en los años 30 se mandaron una interminable parrillada con el cadáver de King Kong.
Ella mira por la ventana. Aprieta el sobrecito de azúcar. Lo deja con los otros. Golpea con sus nudillos a la mesa y vuelve su mirada a la ventana. Vendo puchos y preservativos y me digo que está embarazada y no sabe cómo decírselo al padre. Quizá ni sepa quién es el padre.
Pero no.
No.
Algo no cierra. Su mirada no sopesa posibilidades. Sus labios no se fruncen en incertidumbre. La totalidad de su lenguaje corporal es la de la espera. Me digo que de tanto vender puchos y preservativos busco atar a esta mujer en algún contexto sexual. Y no es así. Ella está sola en este barcito ordenando en su cabeza una novela que quiere escribir. O tal vez está decidiendo si deja la facultad. Quizás analiza la oportunidad de irse a vivir afuera por unos años para juntar plata y volver y comprarse una casa recién cuando sea demasiado grande como para poblarla con una familia.
Una pareja viene de la calle y me piden puchos y preservativos. La chica se levanta y viene hasta ellos. Agarra al hombre del brazo. –Lo sabía. ¿Qué mierda hacés acá?- protesta.
El hombre empalidece. –Esperá, hija…- balbucea.
La chica sale del barcito y el hombre tras ella. La mujer me mira. La miro. Frunzo los labios, alzando las cejas. –¿Los querés igual?- le pregunto, señalando a los puchos y preservativos.
Ella paga sin decirme nada y se sienta en una mesa. Abre el paquete de puchos y empieza a fumar.
Ahora sí, lo dije y lo repito. He visto todo.

domingo, 6 de enero de 2008

Las macanas del hablar.

Es complicado ser gótico con 36 de sensación térmica.
Wilfredo Rosas.

Por primera vez todas las miradas del barcito no están monopolizadas por el reloj que demora insoportablemente el momento en el cual sus agujas den las cuatro de la mañana.
Hay una parejita de góticos.
Toman Coca Cola. Ella se seca el sudor con un kleenex, apenas, para no alterar la base blanca y las líneas negras a lo Dave McKean que pueblan su rostro. Él contempla, compenetrado, a la gaseosa en su vasito de plástico. Quizás está poetizando que entre sus manos tiene a una noche burbujeante. Tal vez lamenta no haber pedido Fanta. Lo concreto es que gira el vaso como si se tratara de un whisky y toma un trago rápido y decidido. Desvía su mirada a la ventana. Lo está mirando un grupo de amigos, en la estación de servicio, mientras esperan afuera del coche a que cargue el gas. Uno de ellos ríe. Otro se agarra un mechón de pelo y lo lleva hacia arriba, intentando burlar el peinado del gótico que desafía a la gravedad. El hombre del peinado a lo Burton frunce los labios y vuelve a contemplar el vasito de plástico.
Un pibe, en el barcito, ve a los de afuera y esboza una sonrisa. Mira a la parejita gótica como si fueran de otro mundo, como si se tratara de una pareja de lombrices en una multitud de pulpos. Su novia bosteza a su lado mientras juega con el celular. Pero el pibe sigue mirándolos. Complacido, quizás, de que están ahí. De que haya alguien tan diferente, tan ajeno. Y que en esa distancia él pueda imprimir cierta tranquilidad. La tranquilidad de sentir que él pertenece y ellos no.
Aunque algo me dice que ellos también deben transpirar ese alejamiento. Que ellos también deben sentir que no pertenecen. Que su mundo es noche y océano y no es el calor y el asfalto. Pero insisten, más allá de la injusta circunscripción de geografías y almanaques que les tocó vivir. Insisten. Se ponen sus borceguíes negros, sus pantalones de cuero, sus camisas, maquillajes y piercings y salen a darle el pecho a lo que a nosotros nos es tan cotidiano y a ellos, tan distante.
Se levantan. Caminan hacia mí. Un escalofrío me recorre. Es la estupidez del instinto que, luego de tantas películas de vampiros, me advierte que vienen a tomar mi sangre.
–Un Prime. Los Warming, esos.- me pide el hombre.
Los miro. Él ya busca en su billetera mientras la mujer está parada un paso atrás suyo, acariciándole la espalda con esa hermosa timidez que tienen algunas mujeres cuando su pareja compra preservativos. Por más que sé de memoria dónde están, me cuesta encontrar a los Prime Warming. Sin dudas estoy confundido. Todo esto me resulta extraño. Digo, que estén a unos metros, pidiéndome los últimos preservativos del mercado. Es casi como imaginarse un delivery de pizza en un castillo la Suecia medieval. Pero se los doy. Él me los paga.
Están apunto de irse cuando se los digo. No sé porqué ni para qué pero se los digo. Quizás es porque les agarré simpatía mirándolos. Tal vez sea la complicidad del que alguna vez también se sintió ajeno. Y porque, justamente, quiero arrimarles de alguna manera mi afinidad. –Disculpá.- arranco, respetuoso- Te lo pregunto de curiosidad nomás.- agrego, para evitar malentendidos- ¿Abrieron algún bar gótico por acá o algo por el—
–No, no.- me interrumpe el hombre, con una sonrisa.
La mujer se acerca al mostrador. –Venimos de una fiesta de disfraces.- me explica.
No sé qué decir. Por lo que simplemente asiento con la cabeza. Ellos se van, abrazados. Ya son las cuatro de la mañana, después de todo. Lástima, me gustaban más cuando eran góticos. Son las macanas que, a veces, tiene el hablar.

jueves, 3 de enero de 2008

El síndrome.

Tengo el síndrome. El síndrome del documentarista que quiere impedir que el león se zampe a la cebra. Lo tengo. Es esa necia vanidad de creerse Dios. Como si el hecho de estar observándolos detrás del mostrador me diera autoridad sobre ellos.
Tengo el síndrome, les digo. Más de una vez quise ir en puntitas de pie hasta aquella mujer y susurrarle al oído que no se conforme con él. O acercarle una servilleta a ese pibe con cara de tan poco vivido para que, cuando la abra, lea que la mina con la que está no lo ama, que lo está usando y que por unos instantes de placer pagará desvelos de dolor.
Pero sirvo café, vendo puchos y preservativos y contengo esta necia vanidad de creerme Dios. Aunque, seamos honestos, a veces el síndrome se encarna en algo más próximo y a la vez más cercano que Dios. Ella.
Ella.
Ella. No conozco su nombre. Apenas conozco su voz, y la sonrisa que las mortecinas luces de este barcito tienen el descaro de besar. Es petisa, de pelo largo, lacio y morocho, con unos ojos inquebrantablemente negros. Una piel tersa, firme, vestida por un enormemente apetecible, sutil y casi imperceptible vello dorado. La clase de mujer por la que vendería mi alma si ya no la hubiera vendido la última vez que le ganamos a los de Nacional.
Vino unas siete veces acá. Cuatro con el mismo tipo. Y tres flacos distintos luego. Todos pelotudos. Porque te das cuenta cuando alguien es un pelotudo. Por más que no lo escuches hablar. Te das cuenta. Cómo se sienta, cómo gesticula. Cómo sonríe. Cómo revuelve el café. Es más, cómo le pone azúcar al café. Mirá lo que te digo. Pero es así. Pelotudos todos.
Y ahí está ella ahora, revolviendo su cafecito, con una sonrisa a medias, como para mostrar algún interés en las pelotudeces que le está diciendo el pelotudo de turno, mientras ella pierde su mirada en la calle. Y yo quiero dejar de vender puchos y preservativos e ir hasta ella, tomarla de la mano y decirle que la amo.
Pero no. No. Se levantan los dos y mi atención se individualiza en mirarla. En recorrer su cuerpo entero. Esta puede ser, me digo, la última vez que la vea.
Vienen hacia mí. Mi corazón late, por más que ella no me mire. El pelotudo me dice algo. No lo entiendo. Mis sentidos están aturdidos por la belleza de esa mujer. Incluso siento su perfume. La puta madre. Quiero gritarle que la amo. De a poco se recuperan mis sentidos y siento el eco de lo que me pidió el pelotudo de turno.
–¿Texturados dijiste?- pregunto, por las dudas.
–Texturados, sí.
Agarro el paquete. Le doy los prservativos. Él me paga. Se van del barcito. Finjo pasar un trapito por el mostrador pero sólo cierro los ojos y busco desentenderme de la angustia de haberle vendido preservativos y me pierdo en el perfume de ella.