viernes, 13 de agosto de 2010

Juegos

Todo en ella es incomprensión. Cada gesto, cada movimiento, la manera en la cual está sentada e incluso en la que desliza sus manos sobre la mesa, a veces insinuando aburrimiento y, otras, buscando una caricia.
Pero él no se da cuenta. Su atención está anclada en el celular. Sus dos pulgares se retuercen y encuentran sobre el teclado al igual que ella y él lo harán sobre algún colchón del hotel albergue de acá a la vuelta cuando den las cuatro. En cualquier minuto ya.
Ella gira hacia el reloj. Acomoda su cabello. Permanece mirando a las agujas, como si no las entendiera. Ofrece su cuello y su escote, su perfume. Él sigue con el celular. Inclina ella un hombro apenas hacia atrás y juega con un mechón de su pelo, con fingido aire de despreocupada. Cruza sus piernas y gira en círculos uno de sus pies. El cuero de la bota gime calmo, sosegado por el mimo. Los hombros ahora se mecen en un sutil vals, como si ella estuviera recordando una canción que quiere bailar. Su lengua apenas se asoma para acariciar a su labio superior. Su respiración es ahora profunda y acompasada. Sus pechos buscándolo con cada inspiración.
Él levanta la vista. Ve al reloj. –Uy, las cuatro.- dice- Me colgué con el jueguito.- agrega. Se para. Toma un último trago del café. Lo tira al cesto de basura. Gira hacia ella. –¿Vamos?
Ella permanece un instante en silencio, para que él se percate de ella. Para que él vea esa canción a punto de despuntar que es. Para que se dé cuenta que es primavera. Que vibra. Que juega. Que incita. Para que la bese y abrace y le haga el amor ahí mismo. Pero los ojos de él se posan sobre ella sin mirarla. Ella se da cuenta. Se para. Le sonríe. Y camina a su lado.
Él abre la puerta. Sale. Ella sale detrás. Y se pierden en la noche, a retorcerse como los dedos de él sobre aquel juego. Pero sin jugar. Cuando no se entiende la sutileza, no se entra en el juego. Ahora, ¿por qué ella juega con él? Ahí, todo en mí es incomprensión.