miércoles, 15 de octubre de 2008

Al menos, por ahora... adiós

Me vi obligado.
Mi principio me obligó a abandonar todo principio.
A hacer lo que él siempre quiso que haga.
Y, después de todo, él siempre tuvo razón. Nada vi. Nada escuché. Nada que valga la pena ser contado. ¿Y cuánto pasaron? Semenas. Meses, quizás. Meses sin algo interesante. Meses sin nada más que bostezos mezclados con mimos mezclados con bostezos mezclados con la obligación del placer. Con la insoportable espera de una libertad que se encuentra tan corrompida, tan podrida, que ya no es sexy ni pasional. Es insufrible. Tiene expectativas, obligaciones y recriminaciones. Tiene angustias, contratos y regateos.
Y las parejas se entregan a eso. Fastidiadas de una vida fastidiada su única recreación es, necesariamente, fastidiosa.
Ya no hay diálogos que sorprendan. Ya no hay situaciones que maravillen.
Todo se ha reducido a un gran bostezo.
Por eso, cuídense. Todos ustedes. Cuídense. Cuiden no ir a una estación de servicio que se encuentra al lado de un telo. Cuiden no ir a esperar el pernocte entre bostezos y miradas somnolientas al reloj. Cuídense. Porque me vi obligado. A hacer lo que él siempre quiso que haga. A deslizarle la tarjeta del Diablo a todos aquellos con almas tan corrompidas por el tedio, por el aburrimiento, que darían todo por tener nada.
Adiós. Al menos, por ahora... adiós.