miércoles, 19 de marzo de 2008

Qué lástima

Él la mira y la mira y la mira para, luego, mirar a su novia.
–No me estás escuchando.- advierte ella, apretando el sobrecito de azúcar.
Él le saca el sobrecito y le besa la mano. –Sí que te escucho.- le aclara- Me decías que no te gusta pintarte.
La mujer se rasca la nariz, tal vez dudando si creer en su novio o si insistir con que no la escucha, con que él apenas repite lo último que ella dijo, o tal vez se rasca porque le pica la nariz. –Sí, no me gusta pintarme.- concede.
–Es que me gustaría que—
–¿Qué?- interrumpe ella- ¿Que sea una modelito toda pintadita y arregladita? No soy así. No me siento así.
Él le besa la mano mientras escoge las palabras apropiadas. Entre beso y beso mira a la mujer del fondo. La devora con los ojos y envidia al hombre que está con ella para, luego, volver su atención a su novia. –Es que me gustaría que fueras, no sé, un poco más femenina.- confiesa a media voz, para quedarse besando al aire y darse cuenta que las palabras no fueron las apropiadas.
–¿Más femenina?- se indigna la mujer, retirando su mano- ¿Soy más femenina si estoy con las uñas y la cara pintada, si estoy depilada? ¿Soy más femenina o más artificial? ¿O es lo mismo en tu mente retorcida?
El hombre se encoje de hombros. –Es que… no sé…- balbucea, con la cabeza gacha y jugando con los botones de su camisa como un niño que fue retado- Me preguntaste qué me gustaba y ahora me atacás. Vos querés el pan y la torta a la vez.- acusa.
–¿Pensás escaparte de la artificial feminidad de la mujer al decirme que soy histérica?- retruca ella.
Él niega con la cabeza, mira a la mujer del fondo y al reloj que advierte que falta media hora para las cuatro y suspira. –No. Dejá.
Ella suspira también. Frunce los labios. –¿Como quién?
Su novio entrecierra los ojos. –¿Cómo?
–Claro. ¿Como quién te gustaría que fuera? ¿Quién de acá?
Él niega con la cabeza. –No sé.
–Dale, decime. ¿Como quién?
El hombre sigue negando con la cabeza. Se echa hacia atrás en la silla. –No sé. No me gusta esto.
–¿Por?
Él agarra el sobrecito de azúcar, mira a la mujer del fondo y vuelve a negar con la cabeza. –Me incomoda. No sé. No me gusta que te andes comparando con otras. Lo sabés.
Ella se sonríe. –Todas las mujeres nos comparamos con otra. Dale, ¿como quién te gustaría?
–¿Por? ¿Te pintarías así?- se interesa el hombre.
–No siempre. No va conmigo. Lo sabés. Creo que es artificial y, para serte sincera, algo enfermo, hasta pedófilo—
–Bueno, bueno. Aflojá.- interrumpe él.
–Pero alguna vez lo haría por vos.
–¿En serio?
–¿Quién no goza con el goce del otro?
Él mueve la cabeza de un lado para el otro, tal vez tomando coraje. Se acerca a su novia y cierra el puño, desplegando lentamente su dedo índice. –Como ella.- señala al fin.
–¿Ella?- pregunta su novia, girando para ver- ¿Te gusta ella?
Él acepta bajando lentamente los párpados. –Es femenina. Es delicada.
Ella asiente con la cabeza. Sonríe. –Está maquillada. Está arreglada. Tiene las uñas pintadas. Ay, qué lástima.
–¿Qué lástima? ¿Por? ¿Qué pasa?
–Una lástima. Un detalle nomás. Tan cuidadita que parecía.
–Vos siempre buscando lo que no hay, ¿eh?- se indigna él- ¿A ver? ¿Qué no te gusta de ella?
Ella sonríe. –Las manos.
–¿Las manos?
–¿Le ves las manos?
Él entrecierra los ojos. –No puede ser.
–Sí. Es un travesti.

lunes, 10 de marzo de 2008

Burlándose de fantasmas

A veces las metáforas caminan. Y a veces vienen a parar a este barcito.
Él entrelaza sus dedos largos, pálidos y delgados con los de ella, gordos y cortos. Le besa la mano, esa mano hinchada, y le convida una sonrisa desde su rostro breve y huesudo.
Sin dudas, al menos físicamente, se complementan. Él, escuálido. Ella, obesa.
El barcito se puebla de ellos dos. Burlas, miradas curiosas y discriminantes recorren a cada una de las parejas que esperan a las cuatro de la mañana.
–Lo aplasta. Si ella se sube arriba de él, lo aplasta.- bromea una mujer de pelo morocho y enrulado.
–Lo quiebra.- varía un pelado.
–Deben tener problemas glandulares.- teoriza una petisa, a media voz.
–¿Qué habrá visto en esa lechona?- dice el pelado.
–¿Qué habrá visto en ese espantapájaros?- dice la de rulos.
Y así es nomás: la constante de la humanidad es la inconstancia de humanidad.
–Que le pase un par de kilos al flaco.- propone una mujer de treinta años vestida como si tuviera veinte.
–Quizá el tipo la embarazó y ella después engordó y engordó y quedó así… Esas cosas pasan.- amplió la petisa, a media voz.
–El flaquito ese no es ningún gil.- opina un hombre a su pareja- Con lo caro que está la carne se va a hacer una fortuna con esa gorda.- rió, para mirar a la mujer que lo acompaña y diluir su risa en una sonrisa y a esta, de a poco, en la mueca de aquel que se percata de haber quedado mal parado aunque no comprende del todo porqué- Es… grandota.- agrega, con la voz ahogada, replegada y expectante, anticipando la reacción de su pareja. La mujer, en cambio, toma un sorbo de café.
–¿Cómo se puede calentar con esa gorda?- se indigna el pelado.
–¿Qué habrá visto en ese espantapájaros?- reitera la de rulos.
–Quizá son amigos y nada más y vinieron acá porque es más barato que ir a un café o un bar.- desexualiza la petisa, a media voz- No, no. Le besó la mano.- se corrige mientras su pareja bosteza mirando por la ventana.
–Cinco veces. Esa mujer debe ser cinco veces lo que ese pibe.- calcula el pelado.
–¿Qué habrá visto en ese espantapájaros?- insiste la de rulos.
El espantapájaros, en cambio, se levanta y le tiende su mano delgada a su pareja. Ella entrelaza sus dedos redondos con los de él y se van del bar.
–¿Me habrán escuchado?- se pregunta la petisa, casi en un susurro.
El flaquito y la gorda se fueron pero, así y todo, perduran en el barcito. Como fantasmas. Sus presencias siguen recorriendo a cada conversación.
–¿Hubo un terremoto recién o fue la gorda caminando nomás?- bromea un hombre y su pareja toma un sorbo de café.
–Ese pibe no era ningún gil.- dice el pelado.
–¿Por qué?- se interesa su novia.
Él sonríe. –Las gordas, en la cama, compensan su gordura.
La mujer lo mira sin entender.
–Yo creo que se conocieron en un centro de ayuda o contención para personas con problemas glandulares.- sostiene la petisa, volviendo a su primera hipótesis y cruzándose de brazos, satisfecha.
–Aunque esos dos teniendo sexo deben ser más ridículos que un elefante y una iguana cojiendo.- bromea el pelado.
–¿Qué habrá visto en ese espantapájaros?- reitera la de rulos.
Frunzo los labios. No sé qué le habrá visto, me digo. Por lo pronto, ellos fueron los únicos dos que se dieron cuenta que son las cuatro de la mañana. Y se fueron nomás, a entregarse, a complementarse, mientras el resto se queda burlándose de fantasmas.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Los viejitos

El hombre debe tener sesenta y tantos años pero ni bosteza ante la proximidad de las cuatro de la mañana. En cambio, revuelve el café, toma un sorbito y mira hacia fuera. –Flor de tormenta se viene, ¿no?
–Flor de tormenta.- repite la vieja, hojeando un diario- Estaba pensando…- continúa, dejando el diario al costado- ¿Qué querés comer? ¿Querés que te prepare fideos o pastel de carne?
–Pastel de carne.- elije el viejo tras otro sorbito de café. La mujer retoma el diario y se lo pone a hojear. El viejo deja la tacita. –¿Qué pasa?
La vieja sigue hojeando. –Nada, nada…
–Te conozco.- insiste el viejo.
–Es que yo quería fideos.
El viejo resopla. –¿Y entonces para qué preguntás?
La viejita da vuelta la página. –Por cortesía.
Las parejas que esperan a que sean las cuatro de la mañana para ir a pernoctar los observan confundidos. –Estos están seniles.- arriesga uno.
–Callate.- censura su novia.
–¿Pero no viste que le preguntó qué quería para comer? Deben pensar que son las tres y media de la tarde y no de la madrugada.
La mujer se encoje de hombros. –Quizá salieron a dar una vuelta.
El hombre niega con la cabeza. –No hay teatro ni cine ni nada por acá más que el telo. Están seniles te digo.
Ella los mira como con miedo. –¿Y qué hacemos?
–Nada.
–¿Cómo que nada?- se indigna ella- Mirá si tienen que tomar una pastilla o no saben cómo volver a su casa.
Su novio frunce los labios. –¿Pero qué querés hacer?
–¿Qué se yo…? Que nos digan el nombre de algún hijo que los venga a buscar o algo.
Él se echa atrás en la silla. –Dejalos tranquilos.
–¿Qué los deje tranquilos o que los ignore? ¿Vos me vas a ignorar cuando yo llegue a esa edad?
El hombre traga saliva, arrinconado e incómodo. Para desviar la atención de su persona, y librarse de responder, gira hacia los viejitos. Su novia hace lo mismo.
–Flor de tormenta se viene.- dice el viejito.
La viejita levanta su mirada por encima del diario. –Está bien. Puedo hacer pastel de papas y fideos si querés.
–Quizá no están seniles.- dice el hombre.
–Lo están.- contradice su novia.
–No hablan como—
–Lo están.- interrumpe ella- No trates de desligarte de esto.- critica, parándose- Yo voy.- anuncia.
–Esperá, esperá, ¿qué vas a hacer?- la intercepta el novio.
–Le voy a preguntar si tienen un hijo que los pueda venir a buscar.- aclara, para dirigirse hacia ellos- Disculpen…- empieza, dubitativa.
–¿Sí?- le ayuda la viejita, sonriente.
–Con mi novio nos preguntábamos si los conocíamos de algún lado.- miente- ¿Puede ser que conozcamos a su hijo?
El viejito infla el pecho. –Puede ser. Salió una nota en La Nación sobre él. Es un científico muy respetado.
–Respetadísimo.- dice la viejita- Le dieron un premio hace poco.- agrega, orgullosa.
–También hicieron hace poco una nota sobre él en el New York Times.- suma el viejito, en un inglés deplorable.
–Respetadíismo.- insiste la viejita.
La mujer se rasca el antebrazo, incómoda. –¿Saben dónde está?- empieza.
El viejito asiente lentamente. –Sí. En nuestra casa.
–Se vino a vivir con nosotros hace un tiempo. Aparentemente ser respetadísimo no alcanza para vivir.
El viejito sonríe picaronamente. –Así que nos vinimos acá a esperar hasta las cuatro para pernoctar y tener un poco de privacidad.- explica y se arrima, como quien va a soltar un secreto- A ella le gusta gritar.
–¡Alberto!- se indigna la viejita.
–¿Ves?- se ríe el viejito.
–Perdón, perdón. Me habré confundido.- dice la mujer, para volver avergonzada a la mesa.
El novio sonríe. –Tenías razón. Tenían que tomar una pastilla: el Viagra.
–Bueno, sí, sí...- acepta la mujer, aún ruborizada- Tenías razón.- concede- No estaban seniles.
–No. Es la realidad la que está senil.

lunes, 3 de marzo de 2008

Equitativos

Son las tres de la mañana y en esta última hora de agonía, una pareja ahorca con sus miradas al reloj.
–Basta.- dice ella- Paguemos un turno más y después el pernocte.
Él se pasa la mano por la cara. –No es barato.- observa.
–No es el telo más caro…- acusa ella.
Él contiene un grito. Gira hacia el reloj, suplicándole en silencio que haga lo inverso que tantos viejos le ruegan. –Es caro.- musita, con su mirada distraída en los hielos que juegan a ser icebergs en el oceanito negro y burbujeante de su vaso de plástico.
–No sé.- insiste ella, esta vez más módica al percatarse de las mandíbulas apretadas de su pareja.
Su respuesta fue mínima. Pero mínima puede ser la grieta que demuela a un dique. –La puta madre, vos trabajás también.- larga el hombre, con esa voz ahogada de quien retuvo algo por demasiado tiempo.
–Sí, ¿y qué—
–Y que vos también tendrías que pagar.- se adelanta él- Los dos vivimos con nuestros viejos. Los dos laburamos. Los dos deberíamos pagar el telo. ¿Porqué yo? ¿Por qué siempre tengo que ser yo el que lo paga? ¿Vos no disfrutás? Porque ni una vez, ni una vez te digo, amagaste a pagar. Y la verdad que no entiendo.- continúa, rápido, acribillando al aire para no permitir una respuesta- La verdad que no entiendo cómo me dejás a mi solo pagando siempre. ¿No te das cuenta que es un vagón de plata coger dos veces por semana en un telo? No, no te das cuenta. ¿Por qué nunca pagás? Si no es que sos una prostituta. Somos los dos. ¿O pensás que es de caballero pagar? Es estúpido eso. Es como si te desligaras de todo esto. Y esto es algo de los dos. De los dos.
La mujer lleva su mano al pecho. El hombre vuelve su mirada a los hielitos que siguen jugando a ser icebergs. –Perdón… lo debía tener desde hace tiempo dando vueltas.- dice él, mientras devora a uno en la mitad de su juego y lo tritura entre los dientes. El hielo grita pidiéndole ayuda a sus compañeritos que, ahora, se mecen en un inquietante silencio en la Coca Cola.
La mujer frunce los labios. –Es cierto…- acepta- Esto es algo de los dos.
–Es lo que te decía.- asiente el hombre- Habría que ser equitativos en los gastos.
Ella sonríe maliciosamente. –Y en los orgasmos.
Él se sume en el mismo silencio inquietante de los hielitos.