Él revuelve el café y toma un sorbo breve. Deposita su mirada en la ventana, buscando tal vez desentenderse de su pareja. Pero el paisaje de la estación de servicio vacía con un empleado bostezando no le ofrece excusa alguna para capturar su atención. Entonces el hombre vuelve su mirada a su mujer y suspira. –¿Por qué tenés que insistir con eso?- desliza, fastidiado.
Ella recorre con sus manos, cuidadas y tersas, a la mesa. –Siento que acá, en esta mesita, hay quinientos kilómetros separándonos.
El hombre busca alrededor con la mirada y, al no encontrar ningún cartel que prohíba fumar, saca un cigarrillo. Lo prende, arrojando una pastosa bocanada de humo al aire. –Tengo la cabeza en otras cosas, no es nada.- niega, escueto en explicaciones.
La mujer toma un trago de su Coca Cola y deja el vaso de plástico sobre la mesa con una frialdad ártica. –Esta va a ser la última vez, ¿no?- insiste.
Otra bocanada. Esta vez, más extensa. Como si al prolongar un acto ínfimo pudiera lograr que se acorte el tiempo que los separa de las cuatro de la mañana. Y de esa discusión. –¿Por qué decís eso?
Ella, femenina en sus movimientos, agita su mano delicada en el aire para aguar al humo que se dirige hacia su bello rostro. –Es lo que siento.- sigue ella- Siento que me vas a dejar. Que vamos a hacer el amor por última vez y me vas a decir que esto ya fue mientras te vestís.
Él sonríe. –Esas cosas sólo pasan en los policiales negros.
–La realidad imita al arte.
El hombre mira alrededor, se levanta, agarra el cenicero de otra mesa y vuelve a sentarse. Deja el cigarrillo sobre el mismo. –Son las tres de la mañana de un sábado. Si bien es claro que no tenemos mucho de que conversar, ¿podríamos no hablar de nuestras carreras?
–Te convendría eso, ¿no?- retruca la mujer- Claro, si gracias a estudiar filosofía te puedo decir que mediante el sistema deductivo llegué a la conclusión que te encamás con la minita del corto ese que estás dirigiendo.
Él le da una pitada al cigarrillo, deslizando luego el humo entre sus labios. –No toda distancia se debe a terceros.- replica con el último aliento gris, ahogando el cigarrillo en el cenicero.
La mujer –hermosa, por cierto– se echa hacia atrás en la silla, pasando sus manos por los quinientos kilómetros de aquella mesita. Lo cual puede significar dos cosas: piensa apartarse de la conversación o piensa elevar su voz. –Claro, no se debe a terceros. Claro. ¡Porque en tu caso seguro que hay cuartas y quintas!- agranda, optando sin dudas por la opción de incluir a todos lo concurrentes del barcito en su conversación. Básico instinto ante el rechazo: la víctima, antes de consolidarse como tal, busca volver al victimario en víctima para privarse del dolor.
Él busca en el paquete de cigarrillos pero está vacío. Lo estruja en su mano. –No soy mujeriego.
–No. Sos un hijo de puta. Eso es lo que sos. ¡Un hijo de puta! ¡Más de la mitad de los contactos en tu teléfono son de minas!- grita, señalando al celular que está, vulnerable, en la mesita de los quinientos kilómetros al lado del cenicero aún humeante.
El hombre mira alrededor, recorriendo las miradas que tiene adheridas a su carne. –¿Sabés qué…?- dice, con la respiración agitada- ¿Sabés qué…?- repite, mientras mira alrededor y, de a poco, su respiración se tranquiliza- Sí. Es eso. Eso es lo que soy. Un hijo de puta.
La mujer se levanta, lentamente, evidenciando su por demás generosa anatomía y su buen gusto para vestirse. Puede defenestrarlo con salvajismo. Pero no. No. Se mantiene quieta, como una dama. Apenas lo demuele con la mirada y se va del barcito, en un silencio asfixiantemente contenido. El hombre camina tras ella. Pero no la sigue. Se detiene en el mostrador y me pide un paquete de cigarrillos.
Siento un pequeño bastonazo en mi nuca. Giro y sobre mi hombro tengo a un diminuto viejo chusma. –Preguntale qué le iba a decir después de ese
¿Sabés qué…?–No.- contesto, por lo bajo.
Otro bastonacito. –Preguntale. Iba a decir algo más. Vos lo sabés. Él lo sabe.
–Si no abrió la boca es por algo.- insisto, mientras le cobro al hombre.
Otro bastonacito. –Quien contiene algo muere, por dentro, por desembucharlo.
–Gracias.- me dice el hombre.
–Disculpá…- se me escapa, tras otro bastonacito.
–¿Sí?- me pregunta él.
Me le acerco. –Perdón por la indiscreción, pero sentí que detrás de tu
¿Sabés qué…? iba a haber algo más. ¿Puede ser? Porque, y de nuevo perdón por la indiscreción, pero hay que tener mucha necesidad para andar engañando a una mina tan linda con esa.
Él sonríe. No sé si va a contestarme o hundirme su puño en mi cara. Pero sonríe. Sonríe y me la señala. –¿La ves?- me dice, mientras me la indica, aún en la estación ella, llamando a alguien en el celular para que seguramente la pase a buscar- Así como la ves, prolijita, linda y coqueta, tiene una insospechable obsesión por que la mee encima.
–¿Qué?
Él abre el paquete de cigarrillos y lleva uno a su boca. –Eso. Que le haga pis encima. La vuelve loca y me vuelve loco hasta que logro hacerlo.
–¿Y vos…?
–Algo, algo.- apuró él, incierto- Pero me costaba y la verdad que me dejaba medio mal.
La miro. Tan hermosa, tan frágil. Lo miro a él, mientras larga, rústico y sin cortesía, el humo en mi cara. La vuelvo a mirar. –No te lo puedo creer.
Él le da una pitada larga al cigarrillo. –Que ella se quede con la excusa de la mesita de los quinientos kilómetros y que todos acá se queden con que soy un hijo de puta.- distingue, golpeando apenas con sus nudillos al mostrador, para retirarse sin un adiós.
El diminuto viejo chusma en mi hombro se deleita con lo escuchado. –Cosa de no creer, ¿eh?- me dice, dándome un bastonacito en la nuca.
Paso un trapito por el mostrador. –Los cuerpos son surcados por los más insospechados deseos y miserias. Así estamos siempre a una mesita de quinientos kilómetros de distancia de cualquiera.
El viejo levanta su bastón al aire. –El mundo está loco. La dama que es perversa y el hijo de puta que es caballero.
–Así estamos siempre a una mesita de quinientos kilómetros de distancia de cualquiera.- reitero, mientras paso el trapito y la veo entrar al barcito. A ella. Ella. Mi amor imposible que ha vuelto a frecuentar el barcito con otro pelotudo.
El viejo me da un bastonacito en la nuca. –Vos dejá de buscar excusas para no hablarle.
–No. Yo sólo decía—
–Sólo decías que no decís.- interrumpe- El amor distante e ideal es facilismo. Así que cambiá esta mesita de quinientos kilómetros que hay entre ella y vos por un puñado de palabras o me voy a habitar el hombro de alguien que no sea un cobarde.
Ella viene hacia el mostrador, sola. El viejo me da un bastonacito en la nuca. Lo ignoro y la veo venir. Mi alma se atora en mi garganta. Pero sólo escapa una palabra, apenas una palabra, propia de mi niñez. –Epa.